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Reyes, políticos y obispos

zEscudo_de_Espana[1].jpgMenuda carajera se ha montado a causa de los contactos que el Rey ha mantenido con distintos agentes económicos. En resumidas cuentas, se ha venido a decir por unos y por otros que lo mejor es que se esté quieto. Repaso el artículo 56 de La Constitución y encuentro que se le atribuyen las funciones de arbitrar y moderar, pero nadie sabe qué demonios significan estos verbos en tal contexto, pues por lo visto no quieren decir que el Rey sea un árbitro y un moderador. Por lo oído en estos días, son verbos retóricos que finalmente no tienen significado jurídico alguno.
Y en una situación complicada como la actual, los políticos están dando una talla lamentable. Al Rey lo único que le permite la Constitución es irse a comer con Obama, y los políticos se arrogan esa función porque les ha sido otorgada por las urnas. Y curiosamente, no ejercen esa capacidad porque no les da la gana. La tienen pero no la usan, pensando siempre en los votos, y mientras tanto el país se está yendo al carajo. Sabíamos que eran ineptos e incapaces, que no han acredito espíritu de sacrificio y que lo del interés general es un cuento chino. Lo que yo ignoraba es que fuesen capaces de arrancarse un ojo con tal de que el adversario (no sé si llamarlo enemigo) quedase ciego. Y encima sale Rouco Varela haciendo los coros. Viendo semejante contumacia y cerrazón, yo no me atrevería, pero Shakespeare los acusaría de traición a la patria (actualizando el lenguaje, cambiaría patria por pueblo o democracia).

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El mito de Madrid

zmateo.JPGCanarias es una tierra curiosa que ignora lo propio a pesar de ese pseudonaciolismo que se da golpes de pecho una y otra vez. Está claro que para que reconozcan a alguien de aquí tiene que hacerse notar fuera, y si no siempre se quedará en la trastienda de lo que pudo haber sido y no fue.
La última muestra ha sido el grancanario Mateo Gil, estupendo cineasta que este año ha sido galardonado con dos Goyas, uno por su cortometraje y otro por su participación en el guión de Ágora. Rápidamente, todos se han apresurado a indicar que es grancanario, porque eso engorda el espíritu de tribu, pero mientras andaba por aquí no le hacía caso ni el pito del sereno, escondido siempre en la neblina del ninguneo. Yo me alegro muchísimo de que las cosas le vayan tan bien a Mateo Gil, pero habría que mirar también un poco hacia adentro. Ha pasado cien veces y me temo que seguirá pasando, porque por lo visto el mito de la conquista de Madrid sigue funcionando igual que siempre.

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El Carnaval

z851[1].jpgHubo un grupo grande de personas, entre los que me cuento, que vivimos el renacimiento del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria apenas este bajó de La Isleta de la mano de Manolo García. Fueron unos años memorables en los que la ciudad se disparataba en La Plaza de Santa Ana, en Schamann, en Guanarteme y en todas partes. Se generaron tradiciones como la verbena de la sábana o la noche dedicada al cine (recuerdo a Juan Rodríguez Doreste disfrazado de Greta Garbo o de Fred Astaire bailando claqué como es debido).
Pero llegó un momento en el que desterraron el Carnaval al Parque de Santa Catalina, y nació aquello del Mogollón, y las casetas y el gentío. Y ya empezó a no gustarme porque se fue despersonalizando, haciéndose por y para la televisión, y creando tal vez un nuevo Carnaval, que no era el que nosotros demandábamos. Y encima se reviste de rivalidad con el de Santa Cruz de Tenerife, cuando se trata de una fiesta, y nada más. Y como hoy es Martes de Carnaval, quiero vivir esa fiesta, pero la verdad es que en ella me siento como un yanqui en la corte del rey Arturo, porque no la entiendo. Siento que el Carnaval se ha degradado.