San José, padre putativo
Vaya por delante mi felicitación a todos los Josés, Josefas y demás diminutivos salidos del P.P. (padre putativo de Jesús) que desemboca en el Pepe de toda la vida. También es Día del Padre, que es más bien una fecha comercial, pero que en el fondo tiene su aquel, porque el padre es una figura que habría que reivindicar, y más en estos tiempos en que tanto se habla de igualdad.
Siempre se ha dicho que madre no hay más que una, y no seré yo quien ponga eso en entredicho, porque la madre es algo sublime. Pero el padre también tiene su papel, y ahora está muy desprestigiado por el machismo histórico que dejaba la educación de los hijos en manos exclusivas de la madre, y sólo servía como amenaza última («Ya verás cuando se lo diga a tu padre»).
De unas décadas a esta parte, después del aldabonazo de los años sesenta en cuanto a la igualdad de la mujer, los hombre han ido asumiendo su papel, y son legión los padres que cuidan a sus hijos, cambian pañales, hacen biberones y esperan en la antesala del pediatra. Más tarde, también se involucran en el desarrollo de la familia, y aunque todavía hay un sector muy amplio que sigue con los viejos esquemas, también es verdad que hay muchos padres-padres, incluso que hacen de padres aunque los niños no sean de su sangre (padres putativos como San José). A esos padres quiero felicitar también hoy. Y por supuesto, a mis padres, que tengo dos, mi padre-padre y mi padre putativo, pues no faltaba más.
Sobre el conservadurismo de la RAE ha escrito mucho el poeta José Infante (Málaga 1946), y convendría recordar, por ejemplo, que en el Diccionario esencial de 2006 se sigue relacionando la palabra bisexual con hermafrodita, y que, para entonces ya aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo, el diccionario mantiene a rajatabla que el matrimonio es la unión del hombre y la mujer. Y es que se trata de una institución muy conservadora, donde, por ejemplo, hay muy pocas mujeres; se suele decir que la primera fue Carmen Conde en 1978, pero en realidad es la segunda, porque a finales del siglo XVIII, al calor urgente y pasajero de la Revolución Francesa, hubo una mujer académica, doña María Isidra de Guzmán y de la Cerda, y luego dos siglos sin una sola mujer en la Academia.