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La profesora de la Unión Soviética

xmurgaa.JPGAl escuchar el discurso del Estado de la Nacionalidad del Presidente canario, me pareció volver a los chistes críticos sobre la Unión Soviética, que circulaban durante la Guerra Fría. Había libros completos que afirmaban que aquellas chanzas procedían de la URSS. Es decir, que los rusos tenían sentido del humor, negro en este caso. Uno de los más populares en los años setenta era el que contaba que un maestra rusa de Primaria glosaba a su alumnado las maravillas de aquel sistema. «En la URSS», decía la maestra, «todos los niños están escolarizados, la gente come tres veces al día, tiene vivienda y abrigo para el invierno, hay acceso a la cultura en todas sus manifestaciones, todo el mundo tiene derecho a unas relejantes vacaciones, a ser atendido en los hospitales cuando está enfermo y a vivir su ancianidad sin problemas, protegido por el Estado; y lo que es más importante, en la URSS hay libertad y no la opresión de la sociedad capitalista». Una niña de la primera fila levantó la mano y exclamó: «¡Señorita, Señorita, yo quiero irme a vivir a la Unión Soviética!» Pues eso, después de haber escuchado el discurso de Paulino Rivero, no puedo menos que gritar: «Presidente, Presidente, yo quiero irme a vivir a Canarias!»

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El Día de la vergüenza

Hoy escribo este post como una rebelión interna hacia el morbo del pasado. Y es que hay regodeo morboso con el 23-F, y a estas alturas sabemos del asunto todo lo que podemos saber, deducimos lo evidente sumando dos y dos e ignoramos lo que seguramente ignoraremos siempre, que no debe ser mucho. El 23 de febrero de 1981 fue un día muy triste, pero más triste fue el 24, porque para sofocar aquella salida de madre se pactaron cosas que aún coletean. La democracia entonces en pañales ya nunca creció como debía, porque entre acuerdos inconfesables, olvidos calculados y maniobras de despiste, descafeinaron un momento precioso de nuestra historia.
urrrrna[1].jpgEntiendo que una democracia tranquila y sosegada es menos espectacular que una dictadura estridente, y que una jornada normal de una sociedad democrática da menos titulares que un golpe de estado. La prueba la tenemos en las mil y una películas que se han hecho sobre el nazismo, con su parafernalia imperial y su gandilocuencia plástica. Desfiles que hubiera cantado Rubén Darío, uniformes resplandecientes, símbolos y saludos que para sí hubiera querido Georges Lucas en La guerra de las galaxias. Pero detrás de toda esa fascinación icónica hay una espantosa miseria moral que degrada y destruye al ser humano, incluso a quienes ejecutan ese enorme poder. Por eso se vuelve una y otra vez sobre el 23-F, como en el reestreno de una película, de la que no sólo ignoramos el guión verdadero, sino el nombre de los productores asociados y gran parte de los protagonistas, que fueron eliminados en el montaje posterior. Nos queda un tricornio como emblema del diseño de vestuario, un bigote como trabajo de maquillaje, unos disparos al techo del Congreso como efectos especiales y poco más. El 23 de febrero debería designarse como Día de la vergüenza.
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(Podría haber puesto como ilustración un desfile nazi grandioso en Nüremberg, con águilas y columnas romanas, una foto de Salvador Allende con casco defendiendo la democracia en el palacio de La Moneda, o al propio Tejero pistola en mano en la tribuna de oradores. Pero he optado por una sencilla urna; nada hay más brillante que el ejercicio mismo de la democracia)

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Carmelo Artiles hacia el Sur

Como tantos otros grancanarios nacidos en las medianías que reciben al alisio del nordeste, respiraste desde niño la sequedad del Sur, ese aire filtrado por los encañados de los tomateros, esa brisa mezclada del salitre del mar cercano, ese viento oliendo a azufre, potasa y caparrosa sobre el que planean los alcaravanes a contraluz del atardecer. Y quien respira ese aire siempre será del Sur, que es mirar a los demás de frente, sin arrastrarse ante los que parecen más altos ni envanecerse sobre los que se ven desde arriba.
arrrtik.JPGTodos los hombres son iguales, leerías más tarde en Thomas Jefferson, pero entonces el cura de El Pajar, don Efraín, ¿te acuerdas? repetía aquella cita evangélica: «El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado». El mensaje caló en ti, pero seguiste leyendo aquel libro y de él aprendiste que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Cuando estuviste arriba seguías mirando de frente, como el hombre bueno machadiano que fuiste. Querido Carmelo, cuando hablamos hace unos meses en la calle Canalejas, seguías siendo el muchacho de piel cobriza y pelo ensortijado que siempre miraba hacia el Sur. Hoy vuelves a ese Sur infinito desde el que parte la barca sin retorno. No hay Sur más grande que Arguineguín. Ojalá a la vuelta del horizonte encuentres al Dios que te mostró don Efraín. Buen viaje, amigo.