Pobre África, siempre expuesta al sol
Dicen los arqueólogos que África es la cuna de la Humanidad, donde una aventajada subespecie de chimpancé se puso de pie hace 190.000 años. Por eso, cuando se habla de la vieja Europa, me entra la risa, porque si de vejez histórica y prehistórica hablamos tenemos que referirnos a África, que en latín africano significa «expuesta al sol». Y tan expuesta sigue, que las noticias que nos llegan son casi siempre malas, cuando no es un golpe de estado en Mali es el endurecimiento de la dictadura militar de Guinea-Bissau, una hambruna en Somalia o una sequía en el Sahel.
Europa y el mundo Occidental se limitan a expoliar materias primas, a crear guerras civiles de las que sacan provecho, y siguiendo la estela del terrible Leopoldo de Bélgica, los dirigentes europeos se relacionan con África para recibir diamantes valiosos (Giscard D’ Estaing), para hacerse los machitos yendo a buscar rehenes liberados o para ordenar bombardeos (Sarkozy) o para ir a escondidas a cazar elefantes, con lo que significa el comercio del marfil de un animal en peligro de extinción. Con semejante apoyo, se han creado monstruos del tamaño de Bokassa, Idi Amín Dadá y demasiados coronelitos enchatarrados que manejan como suya la ayuda internacional. Cuando aparece alguien que intenta actuar con algo de lógica, se le quita de en medio de la forma que sea (Patricio Lumumba, Moise Tshombe, Ben Bella…) Y ahí sigue África, expuesta al sol de los traficantes de armas, de marfil, de coltán, de personas, consumida por la guerra, el hambre y el sida, y al Papa, cada vez que va de visita, lo único que se le ocurre es decir que no usen condón.