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Del miedo al odio

zzzzzzzzcm.JPGAsustan los resultados obtenidos por la ultraderecha francesa en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Si leemos matemáticamente esas cifras, podríamos deducir que casi la quinta parte de los franceses es ultraderechista. No es así, pero votan ese cartel porque han creído su discurso del miedo, que se polariza siempre en el distinto. El miedo es la materia con la que se construye el odio, y aunque toda esa gente no tenga esa ideología, la apoya por miedo, y acabará odiando. Ya pasó en la Alemania de los años treinta del siglo pasado, y la escalera es esta: mentira, miedo, odio.
Y esto sucede en la Europa de las libertades, que es muy justa y equitativa cuando las cosas van bien, pero que se transforma en un monstruo desde que hay problemas. Ya lo dijo Albert Camus en una entrevista en 1947:
«El siglo XX no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando a esta vergonzosa Europa».
Ese es el peligro ahora.

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¿Juega el destino con las cartas marcadas?

Quienes no sigan el fútbol, por favor no se vayan, porque no voy a hablar de fútbol pero sí que lo voy a tomar como espejo de la vida, ya que, salvo que alguien se haya retirado a una gruta como los anacoretas, quien viva en este mundo intercomunicado, le guste el fútbol o no, sabe de la existencia de Cristiano Ronaldo, Messi y todo lo demás. Aunque no soy especialmente futbolero anoche vi el Barça-Chelsea. Y ocurrió lo imprevisto, lo inesperado, lo impensable: David se comió a Goliath. El Barça lo tuvo todo en su mano, dos goles en su casillero, la expulsión de un adversario y un penalti a favor. Ni así pudo clasificarse, cuando no eran los postes era la fotuna, de manera que, según los comentaristas, el Chelsea, que tiró tres veces durante los dos partidos de la eliminatoria, marcó tres goles, y el Barça marcó dos habiendo tirado más de treinta. Pero parecía estar escrito que no había manera, ya estaba decidido.
En cierta ocasión estaba junto a un amigo anciano viendo en un bar un partido de un equipo español contra un equipo extranjero, y el primer tiempo acabó 0-0, aunque «los nuestros» habían barrido al rival, pero el balón se había estrellado tres veces en los postes y media docena de veces el otro equipo se salvó de milagro. En esas, el anciano se levantó y dijo que se iba. Le recordé que aún faltaba el segundo tiempo. Y él sentenció: «No, este partido está perdido, los nuestros han tenido ocasiones para ir ganando por goleada y no han entrado. Ya está, la pelota no quiere entrar, ahora le toca a los otros». Y ganaron los otros.
zDios%20dados[1].jpgY ahora vienen las preguntas: ¿Decide el destino de antemano quién gana y quién pierde? ¿Da el destino oportunidades que se pueden aprovechar o él mismo las deshace? Schiller decía que no existe la casualidad, que lo que entendemos por azar proviene de causas muy profundas, y Anatole France creía firmemente en la casualidad y la suerte. Y uno no sabe qué pensar porque, si crees al poeta Virgilio, hagas lo que hagas, lo que ha de suceder sucederá, mientras que, si escuchas a Einstein, resulta que Dios no juega a los dados con el Universo. En resumen: ¿realmente tenemos la capacidad de intervenir en nuestro destino o ya nos viene con una ruta que no se puede modificar? ¿Juega el destino con las cartas marcadas?

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La civilización del espectáculo

Así se llama el nuevo libro -un ensayo- de Vargas Llosa, que pone en la picota la manera en que se ha ido banalizando la cultura en los útimos años, hasta el punto de que hoy sería prácticamente imposible -por ruinoso- estrenar una obra de teatro del corte de las de Bertol Brecht, Strindberg, Chéjov, O´Neil o Buero Vallejo. Ahora, cuando se va al teatro es a reírse, y así zzzDSCN4081[1].JPGvenden como monólogo dramático a un tipo que durante una hora se sube a un escenario a contar chistes inconexos. Se han olvidado adrede de que para que hay teatro debe existir conflicto, tensión dramática y una historia aunque sea muy leve. Es verdad que el humor es un vehículo muy poderoso para decir cosas entre líneas, y lo sabemos desde los clásicos, y gracias a él se ha ironizado sobre casi todo por parte de muchos autores, especialmente los de teatro: Bernard Shaw, Ionesco, Darío Fó, Edward Albee, Willy Russell… Y es que hasta el humor se ha transformado porque se entiende por tal lo grosero y se desprecia lo sutil. Hasta los humoristas han bajado el nivel, porque cuentas el chiste de siempre y la gente no se ríe, pero es un clamor si el mismo chiste lo envuelves en sexo grueso y a menudo discriminatorio (van dos mariquitas…) Se puede prescindir del humor, pero eso no parece posible en esta sociedad ya definitivamente banalizada, tanto, que hasta el humor ha perdido su genuino valor satírico. Eso es la banalización de la cultura, que no es otra cosa que el dictado de los mercados que determinan casi a priori qué va a ser un bombazo discográfico, editorial o televisivo (La Macarena, Ruiz Zafón, Gran Hermano) y qué debe quedar aparcado porque genera el peligro de hacer pensar a la gente. Han contrapuesto lo superficial a lo aburrido, y Hamlet transmite de todo menos aburrimiento.