Qué tiempos más raros
Durante toda la vida, un cree que hay determinadas cosas que son inmutables, que siempre han sido así y siempre lo serán. Y no es que lo piense, es que lo da por hecho como que el sol sale por el este o que nunca llueve hacia arriba. Pero resulta que en los útimos años todo se ha puesto patas arriba, unas cosas para bien, otras para mal y otras ni se sabe, porque desconocemos hacia dónde nos conducirán. Hace tan solo un par de décadas dábamos inconscientemente por imposible que en Estados Unidos hubiese un presidente afroamericano, que España ganase un Mundial o que se hablara tranquilamente y sin tapujos en los medios de comunicación de las amigas íntimas del rey. Que ETA dejase de matar era solo un horizonte lejanísimo y, desde luego, que fuerzas conservadoras como CIU planteasen a las claras la separación de Cataluña era impensable. Nos habríamos partido de risa si el amiguete gracioso de la reunión soltase un chiste hablando de la dimisión del Papa. Y resulta que todo eso ya es una realidad, y seguramente el problema que tenemos es que no sabemos cómo administrar estas nuevas situaciones, porque incluso el tiempo meteorológico hace cosas que antes no hacía. En definitiva, vivimos tiempos raros, y cuando todo se asuma como normal y nuevamente inmutable, la gente volverá a creer que siempre será así, hasta que vuelva a cambiar.
La secuencia del proceso contra Bárcenas es muy parecido a la quiniela primitiva, la bonoloto y, en este caso, por lo del dinero en Suiza, a la del euromillón. Primero eran diez millones, luego se convirtieron en veintidós, ahora va por treinta y ocho y no podemos estar seguros de que el bote no siga acumulándose. En cada paso, en cada declaración, en cada exclusiva mediática aparecen nuevos millones y la cifra se va hinchando como la del sorteo del gordo de la primitiva. De vez en cuando, en la lotería real, hay un elegido de la fortuna y se lleva toda la recaudación de semanas e incluso meses, y vuelta a empezar, poniendo botes uno encima de otro; en el caso Bárcenas, uno tiene miedo de que un papel a destiempo, cualquier actuación que contraviene una ley de la que ya nadie se acordaba o un error estúpido hagan que ese dinero se volatilice y todo quede en nada, y así ni bote ni premio, ni millones. Con lo de Urdangarín ocurre algo parecido, e incluso con la trama Gürtel, van y vienen cifras, cobros ilegales, facturas extrañas y al final puede ocurrir que sea la palabra de uno contra la de otro, y nadie cobrará el premio (en este caso el castigo) porque no está claro que el boleto sea correcto. Y en este momento de crisis económica, resulta que vivimos la fanfarria indecente de esa lotería corrupta que no sabemos si finalmente se cobrará.