Un cruce de la Historia
Siempre se ha dicho que la Historia es cíclica, y que funciona a sobresaltos. Hay períodos en los que se mantiene un status quo (el latín está ahora de moda) y, de repente, lo que no ha sucedido en décadas ocurre en semanas, a veces en días. Creo que estamos viviendo una época en que ese vértigo se hace visible, y el problema que tienen los medios de comunicación es determinar qué acontecimiento de los muchos que suceden va a ser destacado sobre otros. Me contaba un viejo periodista que, cuando fue elegido Juan XXIII (1958), al periódico llegó un escueto télex que decía más o menos: «El cónclave reunido en Roma ha elegido como nuevo Papa al cardenal Roncalli, que llevará el nombre de Juan XXIII». En ese momento había que confeccionar el periódico del día siguiente, ir a los archivos a ver qué se sabía del tal Roncalli, encontrar (con mucha suerte) una foto suya, encargar a un sacerdote amigo una semblanza del nuevo pontífice y tratar de conseguir algunas declaraciones del obispado o de algún cargo eclesiástico de la diócesis. Era una proeza llenar un par de páginas. Ahora hay tanta información que resulta difícil escoger, y finalmente casi todos los medios se encomiendan a las agencias y vienen a decir casi lo mismo. Y es tal el vértigo de nuevas noticias, que hay días en los que uno desea que no pase nada. Pero ese día no llega porque estamos en un cruce de la Historia. ¿El nuevo papa? Hombre, siguiendo la línea de Gardel, Evita y Maradona, es una tentación humorística inestimable para parodiar hasta el infinito el tópico del argentino con ser superior. Habrá que preguntar a Valdano (¿lo ven? ya he caído).
que permiten imponer cualquier nombre siempre que no se atente contra la dignidad (se puede imponer a un bebé nombres como Próculo, Canuto o Kevin Kostner de Jesús, pero no puede llamarse Lenin). El argumento para prohibir este nombre en concreto es que no lo es en realidad, puesto que el dirigente de la revolución rusa se llamaba Vladimir Illich Ulianov, y lo de Lenin era un apodo que parece ser le impusieron por algún episodio de su vida relacionado con el río Lena, si bien él procedía de la cuenca del Volga. Decir Lenin, es como decir Gallego, Valenciano, Castellano, Navarro o cualquier apellido que denote lugar de procedencia, puesto que en su origen seguramente estas denominaciones fueron apodos que indicaban de dónde venía esa persona y luego apuntaron a sus hijos con esa palabra, que sustituía a la original, casi siempre un apellido judío en tiempos de persecuciones y expulsiones. Hay apellidos que provienen del aspecto físico (Rubio, Moreno, Castaño, Delgado, Gordo), de profesiones (Molinero, Panadero, Trapero), de lugares (Toledo, Zamora, Sevilla), pero esa procedencia no crea la misma confusión que la de asociarse con el río Lena. Dice el Gobierno que Lenin da lugar a confusión porque no se sabe si es nombre o apellido; con ese argumento, habría que prohibir docenas de palabras que funcionan indistintamente como nombre y apellido: Felipe, Alonso, Borja, Luis, Gonzalo, Miguel, Gabriel y un larguísimo etcétera. Como se les ve el plumero y hasta el penacho, lo próximo será impedir que los niños se llamen Fidel, Hugo, León, Emiliano o Ernesto, no vaya ser que el nombre imprima carácter y se nos llene esto de Trostkis, Zapatas y Che Guevaras.