Política cultural ¿errática o deliberada?
Cuando llegan tiempos de crisis, donde primero se cierra el grifo es en el área de cultura, y nadie se rasga las vestiduras porque generalmente se entiende que la cultura es un lujo del que se puede prescindir. Y esto habría que mirarlo con detenimiento, porque has diversos aspectos que habría que analizar. En primer lugar, habría que establecer lo que cada una de las instituciones públicas que inciden en el área entiende por cultura (casi un centenar en Canarias entre ayuntamientos, cabildos, gobiernos de Canarias y Central), además de entidades privadas que se mueven cerca de este campo. Porque en los presupuestos de cultura entran desde las fiestas tradicionales, con sus fuegos artificiales, y bandas de música, hasta lo cultura más elitista, desde la música clásica a la poesía, sin olvidar que en medio hay un gran espacio ocupado por manifestaciones multitudinarias como la música «pop». Y cuando se niega una subvención cultural, a nadie le importa (más bien se aplaude), todo el mundo piensa que con ello se le quita el chocolate del loro a un paniaguado y ya está. Si esa ayuda se le niega a una actividad económica no cultural, siempre se critica entre la gente, porque eso al final se traduce en paro, y se olvida que la cultura también genera trabajo, más del que se piensa. Por ejemplo, en España el cine genera el doble de empleo que determinada marca puntera de automóviles, a la que se le dan 300 millones de ayuda, mientras que este año el cine recibe la sexta parte de esa cantidad y encima hay choteo desde el gobierno. Eso nos indica que de lo que se trata es de hacer política que embrutezcan a la gente, porque los argumentos esgrimidos no resisten el menos análisis económico.
Lo que está sucediendo en este país no es preocupante, es alarmante. La única diferencia con la ola de fundamentalismo que arrasa Irán, Afganistán, Irak, Arabia Saudí, Rusia o Estados Unidos es que aquí todavía queda un resquicio para denunciarlo, aunque al paso que vamos no sé por cuanto tiempo. De repente, las fuerzas conservadoras (es una tibieza llamarlas así, mejor sería decir, reaccionarias) se han echado la camisa por fuera y atacan en tromba, como los equipos de fútbol que intentan impedir que el otro arme juego, y lo hacen de forma marrullera, dando leña, tirando en fuera de juego y con el árbitro a favor. No voy a describir con detalle el panorama social, laboral, educativo y de toda índole que se ha ido generando paso a paso en los últimos años. Pero es desolador, y el que no quiera verlo es porque está ciego o enganchado a la teta dominante. Y eso es lo que quieren, que nos bajemos los pantalones. Todos los avances que habíamos ido arañando en tres décadas muy duras pero muy esperanzadoras se están yendo al traste. Sólo falta que, por decreto, se vuelva a instaurar el Santo Oficio, si es que de alguna forma no existe ya. Al lado de estos, el Cid Campeador y el Capitán Trueno era unos liberales.