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Aplíquense el cuento

imagenr56.JPGEs innoble hurtar a Roma los tributos del pueblo y asesinar a los más pobres en nombre del Imperio. Los denarios son para sanar a los plebeyos que esperan en la escalinata del foro; con esos sestercios se habría evitado mucho sufrimiento; esa plata con la efigie del César estaba destinada a levantar acueductos, construir calzadas y enseñar a los jóvenes la ciencia de Ptolomeo, el derecho de Ulpiano y los versos de Horacio. Lo que hacéis es asesinar en nombre de Roma, y es el más grave crimen; lo es también robar los tributos del pueblo o utilizarlos en los fastos del «circus maximus» mientras haya miseria. ¡Ay de Cicerón, cuando llegue al nuevo al Senado, si predica el silencio, también será cómplice! Nada han de temer los honestos tribunos y procónsules de otras otras diócesis, Roma se salva cuando prevalece la justicia, caiga quien caiga, sea un soldado, un decurión, un patricio o el César. Y si llegare Cicerón a practicar el silencio cómplice, también pagará, aunque sea en otra moneda.

Rajoy, Sánchez, Iglesias, Mas, Clavijo… ¿Oyeron chiquillos?
Pues aplíquense el cuento.

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Los maquinistas del tren del futuro

El profesorado tiene en sus manos, después de los padres, las primeras orientaciones que recibe el ser humano sobre el mundo en la que luego tendrá que sobrevivir. Tan sólo por eso, la sociedad debiera preocuparse de que estas personas que tanta responsabilidad soportan estuvieran en condiciones laborales, sociales, humanas, técnicas y psíquicas óptimas, pues de ello depende en gran medida el éxito de la educación. Esa es la exigencia irrenunciable de cualquier sociedad, y es por ello que el profesorado recibe e todos los estamentos presiones que a menudo resultan zzzztrennnnx.JPGinsoportables, puesto que se le exige responder a situaciones cuyas soluciones están fuera de su alcance, y siempre está a la espera del próximo boletín oficial o la siguiente circular. Al profesorado se le dan hechos consumados, y junto a la complejidad de las sucesivas reformas, se le carga con la responsabilidad de lo que tienen que hacer (o dejar de hacer) otros. Dicen en África que para educar a un niños es necesaria toda la tribu, pero aquí el resto se inhibe (o estorba) y por ello a veces la presión puede sobrepasarle. Los cambios se hacen por razones ideológicas y siempre de arriba hacia abajo, sin contar con el profesorado. Los docentes se sienten amenazados por todas partes, sin respaldo social e institucional y sin autoridad moral porque cualquier soplagaitas se permite juzgarlos cuando aparecen estadísticas referidas la educación. Así, es imposible que la educación en su conjunto funcione. Y sin educación de calidad no hay futuro. Los profesores y profesoras son los maquinistas del tren, los agentes más imprescindibles en este cambio, pero cada vez les aprietan más los nudos con que los atan. La tribu se desentiende pero exige. Los políticos practican el electoralismo con la enseñanza, y se empeñan en hacer de ella un escudo de su ineptitud. En el tren de la educación -el del futuro- no tratan bien a los maquinistas.

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Las lecciones de un triste día en Chile

No conviene olvidar las lecciones que nos da la historia, y el 11 de septiembre de 1973 las personas de buena voluntad recibimos varias del golpe de estado que asesinó la democracia en el Chile experimental de la Unidad Popular que incomodaba tanto a Richard Nixon. Aparte de comprobar una vez más que un traidor vale por mil valientes, como dijo el poeta y cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa, la gran lección la recibimos de un pueblo que nunca perdió la esperanza, a pesar del terror implantado por los sátrapas y acallar voces tan poderosas como las de Pablo Neruda y Víctor Jara, de un pueblo que se hizo hombre y que es un monumento eterno a la coherencia política y vital: Salvador Allende. Su último discurso a las 09:10 de la mañana desde el Palacio de la Moneda en pleno asalto de los golpistas y a través de la luego silenciada Radio Magallanes llama al valor, anuncia el sufrimiento y predica la esperanza:
zDSCN4308.JPG«Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».
Y lo más aleccionador de este discurso es que Salvador Allende lo firmó con su vida como aval para la historia. Y esa lección es la que hoy trato de recordar en tiempos en los que, en política, escasean los espíritus grandes, luminosos, coherentes, leales y generosos.