Aplíquense el cuento
Es innoble hurtar a Roma los tributos del pueblo y asesinar a los más pobres en nombre del Imperio. Los denarios son para sanar a los plebeyos que esperan en la escalinata del foro; con esos sestercios se habría evitado mucho sufrimiento; esa plata con la efigie del César estaba destinada a levantar acueductos, construir calzadas y enseñar a los jóvenes la ciencia de Ptolomeo, el derecho de Ulpiano y los versos de Horacio. Lo que hacéis es asesinar en nombre de Roma, y es el más grave crimen; lo es también robar los tributos del pueblo o utilizarlos en los fastos del «circus maximus» mientras haya miseria. ¡Ay de Cicerón, cuando llegue al nuevo al Senado, si predica el silencio, también será cómplice! Nada han de temer los honestos tribunos y procónsules de otras otras diócesis, Roma se salva cuando prevalece la justicia, caiga quien caiga, sea un soldado, un decurión, un patricio o el César. Y si llegare Cicerón a practicar el silencio cómplice, también pagará, aunque sea en otra moneda.
Pues aplíquense el cuento.