Está claro, se veía venir lo de Guinea, como se vislumbra un estampido en cualquier país africano en el que el hambre, la miseria y el abuso contrastan con las enormes riquezas naturales que poseen. Unos pocos se hacen con todo, compinchados con las grandes multinacionales de Occidente, y se alimentan guerras civiles que dan ganancias adicionales a los fabricantes y traficantes de armas. Lo hemos visto en películas como Diamantes de sangre o El jardinero fiel. Pero nadie quiere escuchar. Ya escucharán.
Dicen que el ataque al palacio presidencial de Malabo no es un golpe de estado. Da igual, la paciencia tiene un límite, y el saqueo al que Obiang ha sometido a su propio pueblo es impresentable, mientras es recibido con todos los honores en las instituciones democráticas europeas.
Guinea, como Nigeria, Liberia, Zambia, Zaire y otros estados africanos, están en manos de sátrapas que se quedan con inmensos beneficios que generan los diamantes, el petróleo, el gas natural o el coltán. La población mientras tanto, se muere de hambre y maquina subirse en un cayuco cuando logre llegar a las costas de Senegal. Algunas caminatas duran años, y luego el desafío del mar.
Y Europa, cruzada de brazos, pero algo tendrá que hacer, porque una rebelión puntual en cualquiera de esos países es sólo una anécdota para lo que sin duda ocurrirá tarde o temprano. El que avisa no es traidor.
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