De Taburiente a Tamaimo

 

En estos días anduve por Tamaimo, uno de los muchos pueblos y parajes con un toque mágico que se reparten por todo el Archipiélago Canario. No sé si es el componente volcánico del suelo y la impresionante historia geológica de estas islas, lo cierto es que, siendo toda la superficie insular un ensueño que deja corta a la imaginación, hay unos lugares concretos que generan algo muy especial, y que ya califiqué como mágico, y lo seguirá siendo hasta que alguien pueda dar una explicación científica a ese aire que se respira y a esa sensación de bienestar y a la vez de energía que nos envuelve en lugares como el barranco de Los Molinos en Fuerteventura, La Geria lanzaroteña, el Valle de Agaete en Gran Canaria, Aridane en La Palma, la fortaleza de Chipude en La Gomera o la playa de Las Conchas en la isla de Lobos (el listado es gozosamente enorme).

 

 

El Hierro y La Graciosa también han sido bendecidas con esos espacios que han acumulado memoria de que siempre fue así, lugares de donde nunca quieres irte. Y Tenerife es, como las otras islas, un festival geológico, y no acabaría de enumerar los espacios donde se refugia el tiempo. Siendo la isla más extensa, los puntos mágicos están en proporción, y me contradigo porque tengo casi memoria física de lugares como Garachico o el volcán de Arafo. Sobra hablar del inclasificable Valle de Ucanca, donde el tiempo no es una magnitud tangible porque vive allí. Ucanca es el kilómetro cero del tiempo.

 

Tamaimo es otro de esos espacios tinerfeños que cautivan al instante. A medio camino entre la magnificencia de Las Cañadas y el entorno del Teide y el repentino Atlántico que es asaltado por los acantilados de Los Gigantes, Tamaimo es como una joya guardada en un cofre de lava tapizado de verodes, tabaibas y especialmente de retamas blancas. Tamaimo huele intensamente a retama. Llegas, y se te olvida todo lo demás, simplemente estás. Lo curioso es que estos lugares, en vez de empujar al goce y la pasividad, inoculan fuerza en quienes los habitan. Me llevaría mucho explicar a qué sabe el pan que hacen en Tamaimo, cómo tejen mariposas de croché, moldean su cerámica o se burlan de la calima que difuminaba, pero no impedía el abrazo de las crestas volcánicas que rodean el valle. Y todo el océano Atlántico a sus pies. Si les hablo del crujiente salado de las arepas podría entrarles envidia a los venezolanos. Y no es el momento.

 

Y allí estuve, con esta manía que tengo de escribir libros y esperar que haya alguien que los lea. Pues en Tamaimo los leen, y no solo eso, sino que hacen encajar las lecturas en el cultivo de la imaginación. Es otra manera de leer, pues el taller de lectura que fundó y capitanea Guacimara Hernández no es un taller al uso, es otra cosa; la lectura de un libro es solo el inicio de un camino que implica a otros factores de lo cotidiano. Incluso puedes encontrarte con un amigo, que se hace llamar de una manera, pero en realidad es un tal Sinclair, a su vez íntimo de un alemán que también escribe, otro tal Hermann Hesse. Ya digo, Tamaimo es mágico. Con muchos años de docencia y de peregrinaje literario, tengo que confesar que estoy realmente impresionado con la gramática mental de ese pueblecito que pertenece al municipio de Santiago del Teide pero que tiene un pálpito propio e inconfundible.

 

Este planeta es muy grande y diverso, y desde luego hay maravillas naturales en toda su esfericidad (sigo empeñado en que la tierra es redonda). Nada tengo que objetar a esas exclamaciones de asombro cuando nos hablan de cómo el medio natural es el mayor espectáculo del mundo. Sería de necios hacerlo. Lo que sí digo es que a menudo los canarios somos miopes con lo que tenemos en nuestras islas, sea esas umbrías casi imposibles en el barranco del Cernícalo con sus aguas continuas, la inmensidad de los Llanos de Antigua o el silencio de Guayedra. No cerremos los ojos al privilegio de vivir donde vivimos. Les aseguro que el asombro de los que viene de fuera es más que justificado.

 

Otra cosa es que en las últimas décadas hemos perdido el control de la brújula. Toda esa potencia geológica, esa belleza insólita que a veces se concentra en un espacio muy pequeño, esa magia, es tan excepcional como frágil. Acostumbrados durante siglos a convivir con algo tan especial, llegó a parecernos normal y eterno. Pero la mano humana a menudo usa la fuerza para destruir lo que nadie puede construir. ¿Qué macro compañía internacional de lo que sea puede fabricar el Tamaduste o las dunas de Maspalomas? El ser humano ha conseguido los mecanismos para alcanzar la cara oculta de la Luna, pero nunca podrá construir la caldera de Taburiente.

 

Tamaimo es solo un botón de muestra de lo que nos da la Naturaleza con mayúsculas. Y estoy convencido que esos espacios hacen que los humanos que los habitan también sean mejores. Tenemos que enriquecer lo que se nos ha dado, y sin embargo a veces nos vendemos al mejor postor y suele ser pan para hoy y hambre para mañana. Y no solo eso, sino que nunca podremos devolver al planeta lo que le hemos quitado. Ya sé que todo esto suena a discurso muy repetido, pero, qué quieren, parece que por mucho que se diga no se entiende. Es más, estamos perdiendo la capacidad para apreciar todo lo que nos da la Naturaleza.

 

Creo que nuestra obligación es entregar a las generaciones venideras lo que hemos recibido al menos en el mismo estado que nos lo legaron. Si no lo hacemos, estaremos condenando a la Humanidad al desastre. Porque los humanos no tienen capacidad para destruir este planeta, pero sí para generar un estado en el que no sea posible la vida. El planeta seguirá, y aunque tarde millones de años, creará nueva vida, tal vez distinta a esta que conocemos. Mientras no entiendan que lo que está en peligro es la vida y no el planeta, seguiremos caminando hacia nuestra propia destrucción. Eso lo sabe hasta Hermann Hesse.

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