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La memoria de un escritor

 

Esta semana ha muerto mi amigo Eduardo González Ascanio, que fue colega en la profesión docente y en la literatura, y amigo por encima de aulas y manuscritos.  En esta tierra en la que la cultura suele estar eternamente castigada con el silencio, que se haya ido uno de nuestros mejores autores de cuentos no hace pestañear a una sociedad que entra en pánico cuando le duele la rodilla al delantero estrella de la UD Las Palmas.  Eduardo fue y es una gran figura literaria porque era un maestro del relato breve, un orfebre de la palabra y un ciudadano inquieto por el devenir de esta tierra, que se ignora e ignora que se ignora, como sentenció Juan Manuel Trujillo (culpable, “en compañía de otros”, de que la inteligencia, el conocimiento y la literatura no fuese borrada del mapa en estas islas durante los años más oscuros del siglo XX).

 

 

Se ha muerto un escritor, y no sé si es una profecía, un anuncio o un deseo de justicia, pero creo que en el futuro la pequeña por tamaño y concentración pero gran obra de este maestro del cuento estará con letras muy grandes en la memoria colectiva. No me ciega el cariño grande que le tenía y le tengo, ni el dolor inmenso de su partida silenciosa mientras a su alrededor el polvo sahariano venía a despedirlo, pero creo que estoy en condiciones de afirmar que su aportación a la cultura y a la literatura en especial es un mojón en el camino que debemos seguir.

 

Demasiadas muertes en tan poco tiempo, pero así es el ciclo de la vida. La muerte a menudo se burla de nosotros, y es posible que acabe siendo supersticioso porque mi relación con las necrológicas es curiosa. He escrito muchas, casi siempre de ilustres y renombradas figuras del mundo de la cultura, pero debo tener cuidado con las muertes anunciadas porque la verdadera fecha nadie la sabe. Hace unos años salí de viaje y Rafael Alberti estaba muy enfermo, decían que moribundo en un hospital de Puerto de Santa María. Me pidieron que dejase escrita su necrológica y así lo hice. Pero esa nota se perdió en el tiempo porque Alberti no murió entonces. Lo mismo me sucedió con Torrente Ballester, y cuando finalmente fallecieron, los artículos cuidados que había escrito para ellos ya no existían, se habían perdido en la memoria del ordenador o entre cientos de papeles amarillentos.

 

De modo que he llegado a la conclusión de que mis artículos necrológicos anticipados son un seguro de vida, porque sus destinatarios siguen vivos hasta que mi artículo se pierde, y luego tengo que hacer uno a toda prisa cuando sucede de verdad. Alguna vez me han dicho que prepare un texto sobre este o aquel porque suena para un premio, y pasa lo mismo, pero al revés, no se lo conceden. La lección es que las cosas ocurren, y a menudo lo que parece obvio no sucede. Cuando le conté esto, alguien me dijo que tal vez debiera escribir una necrológica de las personas que me importan, de los amigos y hasta de los enemigos, porque la muerte no se la deseo a nadie; así seguirían vivos. No deja de ser un argumento para un cuento literario, pero sería de terror, porque siempre podría perderse y entonces… También sé que da igual lo que yo haga, la muerte tiene su propio calendario.

 

Contaba Juan Rulfo en una de sus escasas entrevistas que Pedro Páramo al principio era una novela muy larga, que él fue podando «hasta dejarla en los puros huesos». No quedó en ella una sola palabra sobrante y así alcanza a duras penas el centenar de páginas. Tengo la impresión de que Eduardo González Ascanio funcionaba así, porque a sus historias ya no se les puede quitar una palabra, son la máxima expresión de que menos es más. Relojes suizos. Lo hizo en “Para después de colgar”, o en su ya clásico “Cuentos de Bárbara Bar”. Fue menos estricto en la publicación digital que hizo en ATTK Editores del volumen de relatos “Desajuste de cuentas”, donde se relaja un poco y deja que la prosa se salga del carril que él suele trazarle.

 

No sé si gana o pierde, porque a mí su literatura me resulta muy atractiva en cualquier caso, por esa capacidad para reducir a un trazo lo que podría ser una historia rimbombante, o para armar un lío de mil demonios con la simple idea de que a un soldado le gusta la herboristería y el teniente imagina conspiraciones terribles. Esa soltura con la que equipara las andanzas de los soldados con las de los escolares, la equivalencia de los oficiales de un ejército con los cargos directivos de un colegio, consigue que veamos las cosas como realmente son, combates guerreros en el aula y juegos de patio de recreo en una expedición militar. Es la mezcla de la ironía y la certeza de que los seres humanos nunca dejan de comportarse como niños caprichosos.

 

En “Historias de amor y crueldad”, Eduardo González Ascanio, recoge relatos de nueva creación y otros que deambulaban por blogs, revistas literarias y libros colectivos. Le podemos atribuir cualquier herencia porque es un lector riguroso, nuestro Borges cotidiano, y cualquier cosa que en la técnica del cuento hayamos aprendido de Poe, Chéjov, Nabokov, Raymond Carver o Cortázar está en los cuidados armazones de sus historias, con unos finales que cortan la respiración. Sobra decir que este y los demás libros de González Ascanio son como cofres con joyas esmeradamente talladas.

 

Pensar en la muerte debiera hacernos más vitalista y generosos, y por muy buena prosa y fino razonamiento que tengan los filósofos que lanzan sus proclamas en latín, al final no saben más sobre la muerte que el campesino. No hay que darle más vueltas, recordemos a quienes se han ido, es una forma de alargar sus vidas. Eduardo arrastraba la sabiduría del trabajo y el talento para transmitir. Su obra será de las que perduren, hecha desde casi el silencio, pero con una contundencia estilística y una voluntad de rigor indiscutibles. Para eso hay que mantenerla viva, y ese es el trabajo de quienes entendemos que se trata de un valioso legado. Por ello no me juego nada al recomendar la lectura y el estudio de su obra. Ganaré, seguro. En ese futuro imaginado, se verá que yo lo dije. Buen viaje, amigo.

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Ilustres ignorantes

 

Se está extendiendo la idea de que cualquier asunto, por alambicado que parezca, tiene solución y explicación. Se piensa que cualquier especialidad de la ciencia de la que hablemos ha llegado a conclusiones definitivas sobre lo que sea. Curiosamente, vivimos una época en la que se está produciendo el empoderamiento de la ignorancia; muchos «enciclopedistas» de documentales, Youtubers o Wikipedia creen estar en la sabiduría máxima de casi todo (confunden sabiduría con conocimiento, y ni la una ni lo otro), y nadie controla la veracidad de lo que se publica ni de lo que se dice en los medios o las redes.

 

 

En esta orgía de conocimiento subrogado, hacen su agosto los libros de autoayuda, las llamadas pseudociencias y las teorías más peregrinas, que son seguidas por muchas personas porque, en el desentrenamiento general por el rigor en lo que se hace, creen cualquier cosa que aparezca en un medio o en la pantallita de su móvil. A esto se une la paranoia colectiva, que funciona sin aspavientos pero que propicia un sobresalto permanente que no se nota, porque cada día nos llegan por muchas vías advertencias sobre peligros informáticos, alimenticios, medicamentosos o medioambientales.

 

Y esa paranoia es el río revuelto en el que se forran -o al menos sobreviven- los charlatanes de feria, que a veces hasta tienen títulos universitarios, pero venden humo. Lo último es la moda del lenguaje no verbal; si ya todo el mundo cree que hay por ahí espías que nos leen los labios, ahora también saben si mentimos, estamos deprimidos con cara de risa o contentos con aspecto triste, si estamos decididos o dubitativos, si somos proclives o contrarios a lo que sea. Y lo deducen porque pestañeamos mucho o poco, apretamos el labio superior, bajamos los hombros, cruzamos o descruzamos las piernas o tenemos las manos extendidas o cerradas. Y se quedan tan anchos. Viene a ser casi como echar las cartas, nuestro cuerpo es como un siete de bastos, un libro abierto.

 

Pues siento decirles que no es así. El lenguaje no verbal efectivamente expresa de manera inconsciente sentimientos, estados mentales, aptitudes o actitudes. No es solo lo que se dice, sino el tono, la manera de alargar o truncar los sonidos, los gestos de nuestro rostro, las posiciones de nuestro cuerpo. Esto es objeto de profundas investigaciones, y llegar a tener un cierto dominio de la materia lleva mucho tiempo y esfuerzo en formación. Aun así, las garantías de que esos especialistas muy experimentados acierten como si fueran mensajeros de otra dimensión son a su vez motivo de debate. Es cierto que se están conformando disciplinas que sirven de apoyo en diversos campos. Pero son una herramienta más. Si a menudo un médico muy formado y bregado en el día a día ve cómo un paciente no responde a un tratamiento que ha usado con éxito otras veces, entrar en este territorio en el que se mezclan muchos componentes inasibles resulta todavía más azaroso.

 

Pero aparece alguien en televisión, que no se sabe muy bien qué formación acredita, y asevera toda una serie de cosas mirando un vídeo de 15 segundos de una persona; sin arrugarse, sentencia que oculta algo porque se ha tocado cierto lugar del rostro, ha mirado hacia un lado concreto o ha movido el torso de una determinada manera. Lo peor es que luego, en la vida real, esa paranoia colectiva hace que alguien que ha visto ese programa crea que le mienten cada vez que cree ver las miradas, los gestos o los movimientos de los que hablaban en televisión. Como si fuera una ciencia exacta y las personas se comportasen como mecanos.

 

Nadie pone coto a esta serie de disparates, y empieza a estar uno hasta el gorro de tanto experto cotidiano en alimentación sana, en inteligencia emocional o en lo milagroso contra el despiste que es tomar infusiones de tomillo los jueves por la tarde. El colmo es lo de la autoestima; llega alguien, te lanza dos gritos o te insulta sin más y la explicación es que es muy auténtico. Como decimos por aquí, efectivamente, es auténtico, pero un auténtico malcriado (lo siento profesor Rojas Marcos, se me subió la autoestima).

 

Ya metido a Nostradamus de medianías isleñas remojadas por la lluvia, tampoco estoy libre de pecado, seguramente porque no tengo ese riguroso archivo que se les supone a las grandes mentes preclaras que nos rodean (oye, sí, es que estamos rodeados). Ni siquiera suelo llevar esa libreta que el mito asigna a los escritores, molesquines creo que las llaman, tan bonitas, y algunas hasta con elástico.

 

Esta semana he tenido algunas visiones, todas ellas con vocación de artículo trabajado y tomando partido, pero es que me da pereza darle más vueltas a la noria de lo obvio. Por ello desisto de formular textos secuenciados y razonados. Me limito a reproducir esas visiones:

 

  • Atacar hospitales, escuelas, ambulancias y periodistas es un crimen de guerra. ¿Si hay crímenes de guerra es que hay crímenes de paz? ¿Debo deducir que no es un crimen lanzar una bomba y matar a una señora de mediana edad, que no lleva niños de la mano, no empuja una silla de ruedas con una persona enferma y simplemente va a su casa, a ver a su prima o a dar un paseo? Es que tenía entendido que matar es un crimen, a quien sea, haya guerra o paz.
  • He visto que ya se hacen entrenamientos para estar a la altura durante la visita del Papa. Por lo pronto, este Domingo de Ramos la misa de El Señor de la Burrita se ha celebrado el aire libre, en el parque de San Telmo.
  • Estados Unidos e Israel atacaron unas instalaciones iraníes en las que por lo visto se investigaba sobre usos de la energía nuclear. Decía el comunicado que fue destruido un complejo de «túneles subterráneos» (por lo visto los túneles aéreos no sufrieron daños).
  • El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria obliga a distintos locales a cerrar las terrazas porque pasan las procesiones por la calle que está a muchos metros. Es que las terrazas, ya se sabe…
  • El presidente de Corea del Norte lanzó una bomba nuclear de prueba para celebrar el que sería el cumpleaños de su abuelo.  Digo yo que tal vez habría sido suficiente con media docena de voladores… Vale, una docena, tampoco hay que ser tan rata, que era su abuelo.

Conclusión: como dijo el tío-bisabuelo Albert Einstein, ignorantes somos todos, lo que pasa es que no todos ignoramos las mismas cosas.