Hace tiempo que vienen dándonos la murga con lo de la competitividad. Políticos, analistas, empresarios y periodistas especializados erre que erre con lo mismo. Siempre nos han venido a decir con mayor o menor delicadeza que en España somos unos gandules, y que los cojonudos son los alemanes y los noruegos. Para empezar, acabamos de enterarnos de que en Alemania se trabajan menos horas y menos días que en España, y es bien patente que en Noruega tienen un nivel de vida altísimo, porque son cuatro gatos y controlan millones de toneladas de salmón y otras tantas de petróleo. Son ricos, directamente, y no se rompen la espalda trabajando, que para los trabajos más duros vienen los vecinos suecos y daneses. Tienen de bueno que la riqueza del país se reparte y todos viven bien, mejor que en ningún otro país del planeta, son líderes en nivel de vida. Pero trabajar, lo que se dice trabajar, no mucho. Si otros estados ricos en materias primas siguieran la política noruega, también serían ricos todos y no multimillonarios unos pocos. Por eso, cuando me hablan de competitividad me lleno de preguntas: ¿cómo se mide la competitividad de un policía, de un taxista o de una enfermera? Me da que esa palabrita es otro cuento chino para colarnos otra forma de capitalismo, pues ahora dicen que ya no hay crisis propiamente dicha, ahora lo que hay es una «nueva situación». Y tan nueva, mientras los que la propiciaron siguen tan panchos y tan forrados sin que ningún juez les pida responsabilidades. Y luego, la culpa es del currante porque dicen que no es competitivo. Vaya cara más dura.
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