Publicado el

El concurso continúa

Todavía queda mucho concurso por delante, para desgracia de nuestra sociedad, en esta alocada carrera que sostienen nuestros políticos, para sorprendernos con la idea más estrambótica, el decreto más dictatorialmente ineficaz o la operativa para derrochar los recursos que no tenemos, de la forma más estúpida posible. El concurso es imparable, frenético y cada día más horripilantemente original.

La mayoría de los gobiernos se están quitando la careta, no invierten mucho es disimular su carencia de ideas, junto con su creciente talante totalitario. Esta gente está obsesionada con arrancar hasta el último aliento de vida de los contribuyentes, de los sumisos ciudadanos, para mantener el estado más ineficaz, superfluamente burocratizado y clientelar desde el siglo XIX.

En el caso español, en aquello que incomprensiblemente añoramos como “normalidad” pasamos de un gobierno de tecnócratas carentes de coraje, y con indudable complejo de inferioridad, a un histriónico combinado de vividores de la política. Todo ello aderezado con demagogos académicos, indisimulados siervos del IBEX-35 disfrazados de socialdemócratas y una ristra de indocumentados, sin formación, ni experiencia, a los que se les regalaron varios ministerios para su entretenimiento. Para liderar, cual supremo timonel, un tipo carente de escrúpulos y de ideas, que arroja el país en manos de terroristas y golpistas, con tal de ganar más días en la Moncloa.

 Su sanchidad, Trudeau o Macron son los modelos que el sistema ha fabricado para estos tiempos. Son calcos y presentan el mismo discurso aburrido, repetitivo y vacío. Desprecian el mundo de las ideas y de las señas de identidad, pero desprecian todavía más a sus votantes de clase media, a los que intentan sustituir por ciudadanos importados del tercer mundo, mucho más obedientes y agradecidos. Su absoluta carencia de programa y proyección de futuro les hace subyugar la soberanía nacional en poderes transnacionales con sede en Bruselas o en New York.

Da lo mismo que indicador económico quiera analizar el lector interesado, pero España ocupa las peores posiciones de toda Europa con relación a recursos y población. Da lo mismo si es producción, paro, deuda externa, déficit estatal, precio de los recursos energéticos…lo que quiera. Siempre estamos en puestos destacados, pero destacados por su pésimo posicionamiento. The Economist, al igual que la mayoría de las agencias y medios especializados, sitúan a nuestra nación al final del barranco, lo que contrasta con los discursos grandilocuentes que,  sin reírse,  lanzan los miembros del Gobierno. Día sí, y otro también, nos insultan manifestando que el “resurgimiento” de la economía española es un referente en Europa y en el Mundo. También lo podemos resumir en la última frase de la ministra de Trabajo, donde indicó que “hacemos cosas chulísimas, pero no sabemos comunicarlas bien”.

Recordemos algunas de esas “cosas chulísimas”. Para el pasado ejercicio 2021, de los fondos europeos NEXT GENERATION teníamos asignados 24.000 millones de euros, que el gobierno solo ha conseguido aplicar once mil. Eso sí, el Ministerio de Igualdad se cepillo una buena pasta para sensibilizar a la población sobre los estereotipos de belleza femenina.

Otra cosa “chulísima” es que tenemos el doble de desempleo que la media europea, y para paliar este enorme problema nos encontramos con que, el Instituto de Empleo de la Generalitat, es decir, la República Catalana se ha despachado 4 millones de € en un programa de empleo para personas transexuales. Teniendo en cuenta que han declarado 32 personas, podríamos pensar que estos 32 transexuales han recibido 125.000 euros en ayudas, pero posiblemente no ha sido así. Serán 200 euros para cada uno de los inscritos en el programa, y 3.993.600 euros para los chiringuitos que continuamente están creando estos escandalosos cotarros.

Para pagar toda esta fiesta el Gobierno anuncia que quiere trincar de las indemnizaciones que perciban los desgraciados ciudadanos que cobren una indemnización por un accidente, o que van a alterar el marco tributario para las criptomonedas, pero indudablemente la palma se la llevan los autónomos. Este colectivo tiene ganado el cielo, el verdadero y auténtico paraíso. Como no están muy unidos, o no muy bien representados, no les hacen falta a los políticos. Así que ahora otra brutal mordida a todos aquellos que fruto de su trabajo, se les ocurra tener ingresos superiores a mil euros. 

Pongamos cifras a este asalto a mano armada. Si un profesional percibe unos 40.000 €/año, debe liquidar por cuota de autónomo 15.192 € por ese ejercicio lo que le deja un neto algo superior a los 24.000 €. De esa cantidad la agencia tributaria se asigna cerca de 5.000 €.  Resumiendo, corriendo con los desbordantes niveles de trabajo de los autónomos, con su responsabilidad y nivel de incertidumbre, un autónomo cualquiera debe pagar la mitad de lo que produce al estado. Esto me hace recordar la mil veces repetida cantinela de que nunca le subirían los impuestos a las clases medias, ni a la clase trabajadora. Qué flaca memoria tenemos…

Claro que hay que pagar, el estado del bienestar hay que mantenerlo. Pero todo este despilfarro, esta falta de organización y estrategia, esta obsesión por el rédito electoral acaba con nuestro futuro. Hace unos artículos comentábamos que, a estos, a los del concurso, solo les importa mantenerse. Miren ahora los cursos de jardinería y bricolaje que va a sacar el Gobierno Vasco, para que todos los terroristas de ETA puedan disfrutar de régimen abierto, con el pretexto de que están plantando orquídeas. Las mismas orquídeas que estarán en las tumbas de cerca del millar de personas que asesinaron, y no hace muchos años.

Este alocado concurso, esta apuesta por la nada, no tiene nada que ver con el poético discurso de la posverdad. Hay que empezar a pensar en la postmentira de una postpandemia. Quieren extender la pandemia, que ya catalogan como epidemia, para fomentar el miedo. Tanta mentira, tanta desinformación solo fomenta el temor. Una sociedad atemorizada toma decisiones de forma compulsiva, se deja arrastrar fácilmente, y tiende a esconderse debajo de la cama, en vez de afrontar la toma de decisiones que conlleva aceptar nuestras realidades y sus engaños. El poder político no solo no lucha contra ello, sino que, al contrario, se enroca para mantenerse sin obstáculos. No permitamos un sistema político basado en un propagandístico marketing, en el que la soberanía está pervertida de base por el miedo y la irracionalidad.

Luis Nantón Díaz

Publicado el

Vasallos

Empezamos el año 2022 con el incesante y peligroso concurso de qué mandatario destaca más por su último exabrupto, descalificación o desvarío totalitario. El problema, y estimo es un problema extremadamente real, es que poco a poco nos van acostumbrando a idioteces con rango de ley, cuyo único fundamento es el recorte de libertades. Rápidamente nos hemos habituado a que, para tomarnos un café, o poder ir al cine, tengamos que presentar un certificado que no sirve absolutamente para nada, salvo para generar enfrentamientos entre la ciudadanía, segregaciones inútiles, y costes y responsabilidades gratuitas para el tejido empresarial. Esto es un aperitivo, una burda aclimatación, para que un día, para comprar lechugas en el mercado, tengan que verificar que hemos liquidado el 3º trimestre del enésimo impuesto, o que para poder disfrutar del transporte público puedan chequear que “libremente” utilizaste la papeleta adecuada en las últimas elecciones.

Empezamos el año 2022 con las declaraciones de todo un presidente de la República Francesa determinando que quiere “joder” a unos cuantos millones de franceses que libremente han decidido  optar por no vacunarse. Millones de franceses, que como en muchos países, son personas que no afectan en nada, absolutamente en nada, las decisiones que han adoptado otras personas. El maremágnum se ha centrado en las palabras utilizadas por el mandatario, lo cual no es lo realmente importante. Lo peligroso es cuando Macron determina que estas personas no son ciudadanos, no tienen el derecho a la ciudadanía, en base a que él lo determina, y es el macho de las cañadas… En cualquier estado democrático que se precie, no se le quita la condición de ciudadano a nadie, porque es lo que te infiere estatus jurídico. Siquiera a los más peligrosos, confesos y violentos delincuentes. ¡Y este pollo, que hace bueno hasta a su “Sanchidad!, de golpe y porrazo nos convierte en vasallos, en súbditos. Bueno, ahora que lo pienso, hasta se trata de un alarde de sinceridad que es de agradecer, dado que es así como nos ven y consideran los políticos…, como tristes, serviles y patéticos vasallos.

Por favor, no se crean nada de lo que aquí leen, mucho menos de lo que se vierte por la televisión. Vayan a las fuentes, discriminen datos, comparen estadísticas, ejerzan el maravilloso derecho a pensar libremente, a tener criterio propio. Merece la pena intentarlo. Tendremos errores, pero serán nuestros errores, y de ellos podremos continuar aprendiendo, comparando, deliberando. Este circo se ha convertido en un auténtico aquelarre, en una cuestión de devoción de bajo nivel. Los códigos de la pandemia y de las restricciones ya no operan en el terreno del pensamiento lógico sino en el de lo místico. Y por ello ni es algo racional ni se puede resolver desde lo racional. Les da lo mismo, por ejemplo, que se haya demostrado por enésima vez la inutilidad de la mascarilla en exteriores. Esto supera la frontera de lo científico para adentrarse en el terreno de lo político. El bozal es algo cuya imposición, cuya normativa, ofrece la falsa apariencia de que los que mandan hacen algo útil, y que por otro lado, nos recuerda minuto a minuto que estamos inmersos en una situación de terror y tenemos que tener cuidado. Curiosamente hay ciudadanos que creen que sufrir protege, que la tristeza redime y que ponerse una mascarilla, de algún modo, implica un compromiso activo, una lucha del hombre frente a la adversidad que nos ha tocado. O que nos han impuesto.

Los que mandan, los de siempre, tienen como objetivo el separarnos. Si la población adquiere criterio y se actúa de forma unitaria, se acaba el negocio. Por ello nos quieren separados, desunidos, enfrentados. Y esto es como las islas Malvinas para la Junta Militar, hay que crear enemigos externos que disimulen su incapacidad para resolver problemas, para tapar  su responsabilidad en la nefasta gestión que los poderes públicos están desarrollando. Con los no vacunados disimulan sus habituales incoherencias, 17 navidades y veranos distintos, horarios alocados, semáforos multicolores en variopintas fases a determinar semanalmente, a veces la mascarilla ayuda y otras no, antes no convenía vacunar niños y ahora son el objetivo.

Frente a todo esto, solo podemos oponer el coraje de una sociedad con conciencia de sí misma y de su destino. Aceptamos resignadamente ir con mascarilla por la calle y quitárnosla al acceder al bar, como quien besa una estampita de San Judas Tadeo. Vendimos nuestro futuro a unos expertos que no existen solo porque preferimos mantener una fe irracional en unas medidas que no funcionan antes que tener el arrojo de afrontar la situación, de abandonar la dinámica del miedo, y de aportar soluciones. Si riegas de millones a los medios para que lancen constantes e irracionales mensajes de miedo, tendremos miedo. Esta es una ola de positivos, con menor incidencia hospitalaria que no se expone como merece. Queremos generar terror, para que nuestros vasallos se muestren sumisos, pues para eso realizamos compulsivamente miles y miles de pruebas. Si aumentamos la frecuencia, tenemos más positivos. Que estén enfermos de algo, o que tengan una simple gripe es otra cosa, pero eso no importa. Solo nos hace falta publicar incesantemente los miles y miles de positivos. Nos interesa el pavor para que nuestros lacayos no nos molesten, y agradecidos en sus sofás, sigan aguantando una situación que lo miremos, como lo miremos, es a todas luces insostenible.

Todos mantenemos nuestra perspectiva, un relato que mezcla conocimiento, información, rumores y experiencia. Prueba de que no nos basamos en hechos objetivos sino en opiniones. Por supuesto, hay que respetar las creencias de la gente y sus dudas y miedos. Al fin y al cabo, también hay gente que cree en el horóscopo o, mucho peor, en los parabienes de la globalización. Pero esto va subiendo el nivel, y resulta inconcebible que se permita limitar y suspender derechos fundamentales solo porque un político lo pide sin ninguna base legal ni científica. Si nadie lo para, esto va a terminar mal. Estamos llegando a puntos muy peligrosos y lo que está en juego no es solo la integridad mental del personal. Debemos esperar un invierno calentito, porque lo que esta en juego es la libertad, los irrenunciables derechos de la ciudadanía. Para nada quiero que me impongan ninguna nueva esclavitud, por muy presuntamente segura, calentita y confortable que resulte. Recordemos nuevamente a Seneca: “No hacemos las cosas porque son difíciles; son difíciles porque no nos atrevemos”.

Publicado el

Coraje

Decía Mark Twain que el coraje es la resistencia al miedo, el control del miedo, no la ausencia de miedo. Pero resulta evidente que no se puede vivir con pánico. Posiblemente no éramos la mejor sociedad en el 2019, en eso que anodinamente, y sin creerlo, recordamos como “normalidad”. De hecho, y es lo peor, sufrimos a los mismos políticos, mandan los de siempre, y sus recetas son las de siempre. Resulta ilusorio pretender más.

No nos damos cuenta de cuántas cosas existen en el cielo y en la tierra, en nuestras vidas y cuerpos, en nuestras almas y mentes que son sacrificadas. Vivir inmersos en un irracional terror, tan enorme como disparatado ahoga la vida. Próximos a estrenar un nuevo año resulta inaceptable vivir así durante más tiempo. Y no podemos, “gracias” a los espectáculos que durante las 24 horas del día muestran los virólogos-estrella y las huestes televisivas que los azuzan para imponer un imaginario que elimina cualquier espíritu crítico. Cada vez que la sociedad impone un solo tema en el centro de la vida, una sola obsesión y un solo culto al que está prohibido sustraerse, se encapsula y asfixia. Estamos confinados en una burbuja de narcisismo sanitario, donde en una especie de miedo a vivir en libertad, preferimos que nos confinen y nos tapen la boca, como tributo por una incierta seguridad, frente a un peligro que no es como nos lo cuentan. Hay que recordar que la enfermedad es indisociable de la vida humana, aunque la modernidad la presente como una sorpresa, una excepción que no podemos colgar en  FACEBOOK, y de la que nadie nos había advertido. Para darse cuenta de ello solo es necesario pensar, recapacitar, comparar, analizar los datos, ver estadísticas. Si además de eso, durante unos días logras apagar el televisor, y te permites el lujo de pensar, notarias una bondadosa y excitante erupción de criterio e independencia. Ya te lo advierto, también parece ser que, en verdad, resulta una experiencia algo dolorosa.

Seguimos obsesionados con las cifras de positivos, sin plantear qué es lo que realmente está determinando una prueba, que tipo de afección, el nº de ciclos con que se realiza, o simplemente la frecuencia en su realización. De hecho, obviamos hasta cualquier sintomatología previa, no vaya a coincidir que estes enfermo. Pero los políticos utilizan siempre la cifra más desorbitada, la que provoca más miedo, para imponer unas restricciones de derechos individuales, que les permiten vivir mucho más tranquilamente. Las cifras de incidencia hospitalaria hay que interpretarlas serenamente, con detalle, y comparando las cifras de años anteriores. No es la primera vez que invito a un necesario ejercicio de análisis, que evite el alarmismo, y el pánico que fomentan los que mandan, para tenernos mansos y calladitos, mientras continúan exprimiendo todo lo que se ha logrado por la ciudadanía.

La implantación de mascarilla en exteriores no está avalada por nadie, pero ya es como ponerte unas orejeras. Y es que hace falta estabular al personal, para soltar sin reírse que la medida está avalada por la ciencia, tratándose únicamente de una encuesta a mil personas, realizada recientemente por una universidad madrileña. Mientras sigamos tragando nuestras propias miasmas, contentos por remedios propios del medievo. Suplicamos que nos aniquilen la Navidad y algunos claman para que se implante la vacunación obligatoria, es decir, que el estado sea dueño hasta de tu cuerpo. Si aceptamos normas inaceptables después nos será imposible recuperar terreno. No reaccionamos cuando el presidente del Gobierno, sin sonrojarse dijo que la fiscalía era suya, ni al comprobar que, por unas monedas de plata,  todas las televisiones le rinden pleitesía. Asentimos con bovina tranquilidad cuando vemos que han comprado a los silenciosos sindicatos, ya bastante ocupados en sus corruptelas. Continúan arruinándonos con precios disparatados, pero nos dicen que los precios son los mismos, y que eliminemos la inflación. Exigen un pasaporte COVID que no sirve para nada, que atenta contra los derechos fundamentales, que no vincula el acceso a un lugar al hecho de ser positivo o negativo sino al hecho de estar o no vacunado. Esto viene a sugerir que las restricciones son un chantaje que no tiene relación con la realidad y que, por lo tanto, no van a terminar jamás, incentivando, de paso, próximas dosis que probablemente se conviertan en un rosario interminable. Porque ya vemos que va a dar igual, que no nos guiamos por la estadística, los datos y la ciencia sino apenas por sensaciones de gente bloqueada por el miedo.

La vida es injusta, pero la vida es una experiencia extraordinariamente hermosa, que debemos vivir en toda su intensidad, con plena conciencia. El milagro es la vida y el verdadero regalo es estar sano. Hay que vivir de nuevo, dar gracias, asumir la realidad, pensar en nuestro futuro y sobre todo en las próximas generaciones. Es necesario revivir el coraje que teníamos y celebrar, defender como hombres y mujeres independientes nuestras libertades y nuestra dignidad. Y, por supuesto, dejar claro que se acaba la paciencia. No debemos permitir ni al Gobierno ni a las comunidades una sola limitación o suspensión de derechos por ningún motivo que no sea una invasión de marcianos o que el golpista tarado de turno declare la república catalana. 

Ya han probado con todo tipo de generadores de miedo. Los que peinamos canas nos acostumbramos a la debacle nuclear, después al terrorismo de origen desconocido que nos permite todo tipo de guerras de “liberación”, tras ello hemos conocido dos o tres experimentos pandémicos, hasta que con tanta experimentación dieron con la fórmula idónea. Son minorías cada día más conscientes, las que se están percatando como quieren utilizar el cambio climático, y la nueva religión de la sostenibilidad, para que estemos permanentemente amedrentados, y dando gracias porque un estado omnipresente pretende solucionarnos los problemas. No es una novela distópica, es auténtica y genuina agenda 2030.

Y toda esta coyuntura necesita de herramientas adecuadas. Lo primero unos medios de comunicación dominados por unas pocas centrales, generosamente subvencionados, que promuevan lo “políticamente apropiado”. El recurso a la corrección política es algo que pervierte la comunicación hasta lo indecible. El recurso al empobrecimiento cultural de las poblaciones, con un patético sistema educativo que prima la indolencia y castiga el instinto de superación. Generación constante de una cultura de ocio con un nivel cada día más bajo y menos exigente y el gran recurso a la fragmentación y neutralización de las sociedades. Frente a todo esto, solo podemos oponer el coraje de una sociedad con conciencia de sí misma y de su destino. Iniciamos esta reflexión con una cita del genial Mark Twain, apetece terminarla con Séneca: No hacemos las cosas porque son difíciles; son difíciles porque no nos atrevemos.

Luis Nantón Díaz