Hace unos días, recibí un correo electrónico lanzado desde el pináculo del sector audiovisual canario. A diferencia de otros tantos, este había sido redactado con una paciencia infinita, ortografía pulcra, íntima y preocupada por detalles normalmente ignorados. Una maravilla, vamos. En términos generales, se trataba de una invitación para participar en una repentina, aunque no tan improvisada, reunión sobre la situación audiovisual respecto al “Proyecto TF”.
Intuí que alguien había incluido mi correo por error ya que, el año pasado, después de regresar de Barcelona, participé en algunas reuniones con políticos, productores y profesionales del sector. Pensé que lo suyo sería ignorar el convite digital, preparar café y seguir enfrascado en mis cosas. Al fin y al cabo, ya no tenía nada que ver con esos asuntos. Claro. Esta mañana, viernes 8 de enero, doce minutos antes de la hora estipulada, cliqué en el enlace del correo, entrando en una de esas páginas de conferencias cifradas hasta la saciedad. Había un chico en línea. Tenía pinta de no haber dormido en días y parloteaba histéricamente con alguien que rondaba a su alrededor. Gesticulaba tanto que poco le faltó para derramar una especie de cantimplora que sobresalía en su pantalla. Saludé para comprobar que el micrófono funcionaba y tal. Dijo que era director creativo del proyecto. El resto llegó por dosis: eran cinco personas con distintos roles y responsabilidades. Inanimados saludos danzaron de un lado al otro mientras yo asentía a todo como un tonto, como si entendiese, ¿sabes? Tras la cortesía, dos personas muy bien vestidas soltaron un circunloquio sobre lo importante que era alcanzar un acuerdo lo antes posible. Añadieron algo relacionado con dos inversores y desaparecieron. Seguidamente, una chica de mi edad, o eso creo, tomó las riendas de la reunión alegando que, después de leer todo tipo de correos y cartas de recomendación recibidas durante los últimos cuatro meses, se había determinado el personal idóneo para la creación de “La desvergüenza de Tomas Fabbri”. Se trataba del último intento de una productora para lograr engatusar al público juvenil y atraerlo hacia una pantalla “más amable” mediante influencers, cuestionarios y cosas de esas. Cuando pregunté por las condiciones del trabajo me miraron como si viniese de otro planeta. Después de otro discurso sobre las bondades empresariales en un tema que no sabría explicar muy bien, solicité información específica sobre las investigaciones que habrían realizado y fue entonces cuando uno los chicos me cortó: “Pero oye, que tampoco hay que romperse tanto la cabeza, ¿vale? Simplemente debemos terminar con estos tres apartados de mierda y poco más”. Todos parecieron conforme con la respuesta y yo, que me conozco estos círculos suficientemente como para intuir lo que verdaderamente ocurría, me desconecté poniendo los ojos en blanco. Reprimí una barbaridad a la interfaz principal mientras comencé a añorar La Otra Cara de la Moneda. No aprendo, ¿sabes? Por alguna razón, incluso cuando no pinto nada, mantengo viva la ilusión con esta gente.
Espero con deseo dcada semana para seguir soñando con la edición de tu libro.
Hilarante y esclarecedora narración.
Como escuché cierto dia y se soslayo a un sabio:»Tiene sentido»