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Zapatos, botas y herraduras

En el tiempo de descuento de su mandato, Bush Jr. ha demostrado tener reflejos físicos para esquivar un zapatazo (bueno, dos) cuando venían como obuses los zapatos de un periodista iraquí. bota.jpgOjalá hubiera tenido los mismos reflejos para prever el ataque a las Torres Gemelas (asunto este tan raro que algunos comparan con la pantomima de Pearl Harbour), para no meter la nariz a medias en Afganistán, donde todos pierden, para meterla del todo y pillar a Bin Laden, para pensarse lo de las armas de destrucción masiva en Irak, o para avizorar la gran estafa que se estaba haciendo al sistema financiero delante de su narices (claro, las narices las tenía en Irak y Afganistán).
Y si hablamos de zapatazos, pocos dirigentes tienen en su haber un rosario de meteduras de pata tan nutrido, y todo se resuelve con la bota militar, y el caso es que a Obama no le deja muchas opciones porque Estados Unidos, Zapato.jpggobierne quien gobierne, está cabalgando un tigre, y ya se sabe que como se baje el tigre lo devora. Es decir, Obama tendrá que seguir aunque no quiera.
Son más divertidos los zapatazos de Norma Duval al presunto periodista que fue yerno de una de las nietísimas. Aunque yo me quedo con los zapatos de salón elegantes, delicados y ¡rojos!, como los que luce Charlize Teron en un anuncio de perfumes, Natalie Portman en su última película o Julia Robert haciendo de Cenicienta en Pretty Woman. Los prefiero a la bota militar, qué quieren que les diga.

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Derechos, declaraciones y realidades

En estos días se han estado celebrando actos con motivo de los sesenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, realizada en la ONU el 10 de diciembre de 1948. Ya escribí aquí que antes hubo otros documentos de gran importancia histórica, como el texto sobre los Derechos Humanos redactado por George Mason, 1331.jpgque sería el inspirador del que escribiría en 1776 Thomas Jefferson, que proclamaba la igualdad de los ciudadanos ante la ley y reconocía una serie de derechos naturales e inalienables para toda persona, como la vida, la libertad o la búsqueda de la felicidad.
Durante la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de agosto de 1789, y paralelamente se redactó La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, aunque el machismo imperante hizo que los varones revolucionarios no vieran con buenos ojos la entrada de la mujer en la política (decían que bastante habían tenido con María Antonieta). Por eso continuó la lucha y en 1848 se redactó en Nueva York La Declaración de Seneca Falls, durante la primera convención sobre los derechos de la mujer en Estados Unidos, organizada por Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton.
Después de 1948 fueron proclamados los Derechos del Niño (1959), y hay declaraciones de todo tipo que amparan a las minorías, a los diferentes y a todo ser humano que se precie de serlo.
Es decir, que por declaraciones que no quede, lo que hace falta es que se cumplan, porque la mujer sigue discriminada en casi todo el planeta (en algunas zonas de manera brutal), los niños siguen siendo utilizados en su inocencia como sicarios, esclavos y soldados obligados, y en definitiva, suena a sarcasmo tanta celebración de ese aniversario, cuando sabemos que con sólo el 1% del dinero que han metido los gobiernos para salvar bancos se podría erradicar la pobreza en todo el planeta.
Asistimos, por lo tanto, a un nuevo capítulo de un serial de hipocresía que ya suena a burla.

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Sobre el cine y las actrices

Ayer me preguntó un alumno de bachillerato por qué en mi novela Hotel Madrid hablaba de muchas actrices que no tenía nada que ver con la trama, puesto que la historia del fragmento que él comentaba se refería a la trasunta de Silvana Pampanini, protagonista de la célebre (aquí) película Tirma. Llegué a casa, repasé el pasaje de la novela y es cierto que en un párrafo mencionaba a Silvana Mangano, a Claudia Cardinale y a Sofía Loren. 29.jpgY lo hacía para explicar que a las actrices, especialmente a las españolas e italianas, les ponen delante el artículo «la» y luego su apellido, no sé si por familiaridad, por machismo o por desidia. Y ocurre también con las divas de otras artes. Suena irrespetuoso cuando decimos La Callas, La Paulova, La Pardo Bazán, La Magnani, La Bautista, La Caballé, La Yourcenar… Y nunca decimos El Kraus, El Vargas Llosa, El Mastroianni, El Duato o El Cela. Y todas esas grandes actrices italianas eran nombradas como contraposición a Silvana Pampanini, que sólo tenía en común con las otras que era muy bella, pero muy escasita de dotes interpretativas.
Y me movió a dos reflexiones, una sobre la novela, pues sería objeto de debate si son o no necesarias muchos de los renglonen que componen una novela, y la otra reflexión fue más bien un ataque de nostalgia de cuando echaba uno a caminar por la ciudad y cada tres calles encontraba un cine: San Roque, Cairasco, Avenida, Cuyás, Avellaneda, Royal, Capitol, Bahía, Santa Catalina, Rialto, Victoria, Hermanos Millares… Ya sólo hay multicines, el Royal ha cerrado y el Monopol peligra. Me temo que el futuro es el Home Cinema.