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La lección de Hollande

zzhFoto0433.JPGEl Presidente de Francia ha anunciado recortes por 30.000 millones de euros, y ha explicado cómo se van a aplicar. A grandes rasgos, recorta donde afecta menos a los más pobres, y por ello la educación, la sanidad y los servicios sociales no se tocan. Por otra parte, el estado necesita más ingresos, y Hollande hace presión fiscal sobre los franceses que ganen más de 26.000 euros al años; es decir, los que reciben salarios menores siguen igual. Son los que más ganan, los que más tienen y los que más heredan los que por consiguiente más pagan. En España se hace exactamente lo contrario, tratan de sacar de donde ya no hay, mientras los que más tienen siguen intocados. Por lo tanto no es verdad que los ajustes que ahora se hacen en España sean la única fórmula posible. Hay otras, que son más equitativas, más justas y encima no paralizan la economía. Francia lo está demostrando.

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Faulkner y el agua bendita (*)

William Faulkner es, junto a Joyce, Kafka y algunos nombres más, una de las referencias obligadas cuando hablamos de la novela del siglo XX. De hecho, ilustres nombres de la narrativa en nuestra lengua, como Vargas Llosa, Borges, Onetti, Cortázar o García Márquez confiesan su devoción por Faulkner, al que tienen por piedra angular en la que confluyen todas las tendencias anteriores y se inician las posteriores. De hecho, García Márquez traza la línea Joyce-Kafka-Fauklner como recorrido personal hasta llegar a la definición de su propia obra.
Si ellos lo dicen, por algo será. Ahora que se cumplen cincuenta años de la muerte del escritor estadounidense sureño por excelencia, se le compara por oposición con Hemingway, uno tan directo y casi periodístico, Faulkner tan alambicado y experimental. Estoy convencido de que las aportaciones de este autor a la renovación de la novela en el siglo XX fueron fundamentales, pero es evidente que los prestigios los consolidan los críticos y los profesores universitarios, cuando elevan a los altares a autores concretos que, a veces, resultan muy difíciles de leer, como si en lugar de tratar de comunicar (Hemingway) quisieran ocultar lo que cuentan.
zfaulner1.JPGEn esta línea, críticos y escritores españoles que se dicen discípulos suyos han encumbrado a las más altas cimas literarias a Juan Benet, un autor al que le oí decir que no entendía cómo los lectores aguantaban sus novelas, si él se dormía de aburrimiento cuando corregía las galeradas de imprenta. Esto, que suena a boutade, no deja de contener un gran desprecio a los lectores. Y esa línea Proust-Virginia Wolf-Joyce-Kafka-Faulkner es mil veces repetida por los estudiosos, aunque el lector medio encuentra grandes diferencias entre todos estos nombres, porque a unos los entiende y a otros no, por mucho que lo intente, sencillamente porque da la impresión de que el autor, al escribir, trató de que no se le entendiera.
Hace unos años presté a un amigo mío, buen lector de novelas y conocedor de los entresijos literarios, una reedición de Santuario, una novela de Faulkner con estilo del más profundo Sur americano, que llegó a nosotros primero por su magnífica versión cinematográfica protagonizada por unos soberbios Lee Remick e Ives Montand. Pasé a mi amigo la novela, y al cabo de unos días me llamó por teléfono para decirme: «Vaya, yo creía que la novela estaba traducida al castellano». No solo se había perdido en el maremágnum de tiempos frases y vaivenes estilísticos, sino que afirmaba que la película contaba una historia que debió imaginar Tony Richardson, el director del film, mientras leía la novela.
Desde mi perspectiva de novelista, he tratado siempre de conocer el material con el que trabajo, y en ello es obligatorio leer los supuestos pilares de la novela contemporánea. He leído a Faulkner, y posiblemente haya aprendido mucho de él, pero nunca lo he disfrutado. Leer a Faulkner ha sido para mí un ejercicio de estudio, una asignatura que hay que conocer, pero nunca ha sido un escritor que yo haya recomendado al lector medio, porque es tanta su impostura que en lugar de hacer lectores los expulsa de las librerías.
zfaulkner2.JPGPara leer a grandes autores a menudo es necesario tener muchos conocimientos previos, sobre historia, mitología, filosofía o literatura pura y dura. Eso sucede con autores como Borges, Pynchon o Grass, pero lo que pretende Faulkner (lo mismo que Joyce) es que sepamos los vericuetos de su barrio, los giros idiomáticos de una esquina de Dublín o de New Albany, la mitologías locales o incluso las que se inventa el autor. Son lo contrario a las referencias universales, que funcionan en muchas culturas, es la cerrazón de su modo de vida y los demás tienen la inexcusable obligación de leerlos porque ellos son unos visionarios, como si un norteamericano leyese a Pancho Guerra (¿cómo se dirían en inglés las expresiones del Risco de San Nicolás?) Al final, casi nadie entiende nada y sigue repitiendo como un loro que Faulkner es una referencia literaria obligada aunque no sepa muy bien por qué. En realidad no creo que Faulkner, como Lowry o Benet, supieran explicar qué era exactamente lo que pretendían al escribir así. Me encanta la novela americana del medio siglo (Scott Fitzgerald, Chandler, Hemingway, Steinbeck, Dos Passos…) Con Faulkner nunca he podido.
Y habrá entonces que aplicar el viejo adagio: «algo tendrá el agua cuando la bendicen», y a Faulkner lo han bendecido los supremos pontífices de la novela. Aunque no me entusiasme su obra, habrá que conceder que si los que tanto saben lo encumbran será por algo que tal vez algún día yo descubra.
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(*) Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 el pasado miércoles.

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La miseria moral de las compañías aéreas

zrDSCN4201.JPGPor si no fuese bastante dolorosa la memoria del accidente de Spanair en Barajas, últimamente hay demasiadas noticias relacionadas con los vuelos a Canarias que crean inseguridad. Primero fue la solicitud de un aterrizaje de emergencia en Lanzarote de un avión por falta de combustible (dicen que la compañía lo hace adrede para que le den prioridad en las pistas y así cumplir horarios) y ahora ese avión que ha tenido que regresar a Barajas por problemas técnicos que han ocasionado daños a los pasajeros. Aquí está fallando el principio básico de que la seguridad, es decir, la vida humana, está por encima de todo; pero lo que hacen las compañías es tratar de facturar lo más posible, y la seguridad de los pasajeros y las tripulaciones es asunto secundario. Total, hay compañías de seguros que cubren accidentes y eternizan las culpabilidades en tribunales aquí y allá. Dicen que a Rayanair solo puede meterle mano el gobierno irlandés, porque es de allí, y eso me parece terrible, porque vuelan en España y por lo que demuestran los hechos no se atienen a las medidas básicas en las que todo pasajero confía. Digo yo que si hay globalización para las maduras también debe haberla para las verdes, porque es indignante que algo tan serio como la seguridad de un avión se deje atrás en favor de las cuentas de resultados. Y eso, además, acaba por manchar la imagen de Canarias, que sale en los medios por estas cosas sin comerlo ni beberlo. Indignante.