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Los sin nombre de Santiago Gil

Pocas veces nos encontramos con un narrador tan definido en su manera de escribir como Santiago Gil. Cierto es que eso que llaman estilo hace reconocible la escritura de cada uno cuando alcanza su propia voz, pero en el caso de Santiago las constantes se repiten de forma casi matemática y se ponen a funcionar sus tres signos de identidad fundamentales que ya he resaltado más de una vez: es un escritor en espiral, es un observador que en el mar de la vida ocupa un submarino siempre con el periscopio en servicio, es un navegante que conoce su destino pero ignora la ruta y se orienta por los vientos y las corrientes del ritmo de su prosa. No puede evitarlo; la historia va contándose sola porque se ha ido almacenando en el disco duro de lo cotidiano que Santiago Gil convierte en materia novelable.

fsgil.JPGDespués del resultado colosal de su anterior novela, La costa de los ausentes, que es un punto de inflexión en su obra, un intento logrado de cerrar uno de los muchos y fructíferos círculos que tiene el autor, vuelve ahora con Gracias por el tiempo, una novela corta que aparentemente solo pretende mostrar el desgarro social y humano que genera la desigualdad y que se ha multiplicado después de este nuevo «crack» programado de 2008 y que se alarga a conciencia y con regodeo. Continuar leyendo «Los sin nombre de Santiago Gil»

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El traslado de la culpa

zzrodin34777.JPGCada día, como a todo el mundo, me recuerdan mi complicidad con los destructores de la vida porque hago uso de cosas que sé que pueden dañar el planeta. Yo lo sé, pero es que no hay alternativa o es escasa, cara y a veces inaccesible. Sé que soy componente de esta Humanidad enloquecida que trata de destruir la casa en la que vive, que pertenezco al mundo desarrollado en el que ya casi todo es de usar y tirar, que consumo materias primas que están esquilmando la Naturaleza y que a su vez deterioran el aire, los río y los océanos. Asumo mi parte de culpa, que como buen integrante de la cultura judeocristiana tengo bien grabada a fuego en mi subconsciente y que por ello hace la guerra por su cuenta.
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La denuncia del silencio

En los últimos días, se ha hablado insistentemente del poeta canario Félix Francisco Casanova, fallecido prematuramente en 1976 a los 19 años. Autor de varios poemarios y de una novela, El don de Vorace, que ya es un título de culto, se insiste en la genialidad de su propuesta literaria, algo que siempre se valoró pero que quedó como proyecto inconcluso porque la muerte llegó de golpe. Se dice ahora fuera de Canarias que el joven poeta isleño es un nuevo Rimbaud, y es una alegría que se rescate su obra, pero hace que pensemos en la inconsistencia y en la mezquindad de algunas sociedades, que buscan a destiempo lo que no pudo ser, seguramente como nostalgia de lo no vivido, que es una idea recurrente en la obra de poeta muerto.

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