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La fascinación, esa trampa

La mayor parte de las personas pueden sentirse atraídas de manera irresistible por algo, que también suele ser una idea engañosa. Puede pasar en ciertos momentos de la vida, y a veces ese momento se alarga hasta el punto de que, en algunos casos, puede ocupar muchos años o incluso la vida entera. Es una especie de adicción mental que abarca todo lo que nos rodea, incluyéndonos a cada uno. Francis Scott Fitzgerald estaba fascinado por la riqueza, lo que se trasluce en su novela El Gran Gastby; para él los ricos eran una especie de aristocracia elegida y respetable porque así se había establecido por una combinación morganática entre sociedad y naturaleza. Esta idea enlaza con una manera de pensar parecida que expresaba en sus cartas nada menos que el Cervantes en lengua alemana Johann Wolfgang von Goethe, que se debatía entre su amor por su patria y su admiración ilimitada hacia Napoleón. Esa fascinación por el poder no es exclusiva de Goethe, y no me refiero a quienes se arriman al sol que más calienta para medrar, sino admiración en sí misma de alguien que no necesita del poder para ser reconocido, como es el caso de García Márquez, IMG_5673.jpgabducido por el propio concepto de poder como él mismo admitió más de una vez. Luego está la fascinación hacia uno mismo, que se iguala con la perfección en la valoración propia; son adorados y desprecian esa rendición ajena porque en realidad lo que les colma es la perfección, que creen poseer, lo cual a veces se acerca a la verdad. Es el caso de Herbert Von Karajan, a quien el aplauso y el halago le importaban poco porque sabía lo que hacía cada noche en el escenario; o esa vida fugitiva hacia el anonimato de escritores muy celebrados, como Thomas Pynchon y Juan Rulfo, aunque el paradigma de esa fobia a ser visto es J.D. Salinger, que algunos psicólogos interpretan como una muestra de soberbia, al considerar inconscientemente que la gente no merece su presencia y menos su simpatía.
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Juan Goytisolo, piedra angular

Con la muerte de Juan Goytisolo, desaparece uno de los más grandes intelectuales de España y de Europa. Novelista, ensayista y escritor en todas direcciones, tuvo que irse de España porque el ambiente que imperaba en España en plena dictadura lo empujó hacia Francia, e hizo de París su segunda casa, que luego ha sido Marrakech, ciudad marroquí en la que ha muerto y descansará para siempre por propia voluntad. Estamos hablando de uno de los pilares de nuestra narrativa y un pensador que incluso fue más respetado fuera de España que en su patria, que siempre fue para él una gran decepción.

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El disputado voto del señor Quevedo

El acuerdo de Nueva Canarias con el PP para apoyar los Presupuestos con el diputado 176 debe hacernos pensar en el concepto que se tiene de Canarias en La Península, especialmente en la Villa y Corte y sobre todo en los círculos políticos, económicos y periodísticos. No quiero entrar en consideraciones de ningún tipo sobre el acuerdo, pero a poco que sepamos contar veremos que se logra un beneficio tangible para muchos quevedo 22.JPGcanarios, pues solo en las subvenciones al transporte hablamos de más de siete millones de billetes interinsulares cada año. Y poco ha sido, porque se han quedado en el camino asuntos tan importantes como las dependencias, que la prensa peninsular tilda de mercadeo y nosotros llamamos necesidad social, que en Canarias es un clamor.
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