Juancho mirando hacia atrás sin ira
Hay memorias que cuentan las vivencias personales e incluso íntimas y otras en las que el autor funciona como testigo de hechos de interés para el lector, sobre todo si quien las escribe es un personaje con mucha presencia social o histórica; un ejemplo de esto último podrían ser Churchill o Darwin, porque tiene mucho atractivo conocer elementos de la trastienda de momentos importantes de nuestra historia común; eso, claro, desde la perspectiva de una persona, que puede estirar o encoger los hechos según le convenga. Las hay mixtas y luego están las de los escritores, cuyo mayor interés radica en conocer de primera mano detalles de un periodo literario propio y de todo lo que se ha movido alrededor, y más si se ha sido testigo, confidente y protagonista de buena parte de la historia literaria de ambas orillas de nuestra lengua en el último medio siglo. De esta manera es cómo hay que acercarse a Ni para el amor ni para el olvido, primer tomo de memorias de J.J. Armas Marcelo.
Aunque a veces no se diga expresamente, existe la creencia inconsciente de que lo que no se cuenta es como si no hubiera sucedido. Desde que el ser humano alcanzó el lenguaje y la capacidad de comunicación, sabemos de nuestro pasado por las imágenes gráficas, por la memoria transmitida a través de la oralidad y por la escritura cuando el ser humano empezó a escribir, siempre desde una visión subjetiva, de manera que dos personas perpetuarán el mismo hecho de distinta forma, porque la imaginación va generando realidades paralelas que, al cabo, crean tanta o más conciencia colectiva que los escritos que se aferran a una realidad que también tiene diversas aristas. Podríamos decir que ahora mismo son más reales Don Quijote, Aquiles y Fortunata que Cervantes, Homero y Galdós.
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Siempre he dicho que Juan Ramón Tramunt es un poeta, cuya adquiere altura apenas despega en el primer verso. Recientemente nos ha dado un poemario distinto, curioso y tan actual como clásico, Condena y júbilo de Caín, que es un recorrido por las grandes preguntas, en una secuencia de poemas que al cabo es uno solo. Inicio esta nota con ese anuncio porque se ha dado la circunstancia de que este poemario ha coincidido en el tiempo con un libro de narrativa, Nunca más la noche, por esas confluencias editoriales en las que el autor ya no es dueño del tiempo en el que sus obran ven la luz.