La cruz más grande del mundo
No se entiende cómo todavía hay quienes consideran lógico que en un estado democrático exista un espacio como el Valle de los Caídos. Para quienes tratan de reescribir la historia, hay que recordar que semejante adefesio fue construido por prisioneros republicanos, mano de obra que se compensaba con canjeo de tiempo trabajado por tiempo de condena en las cárceles franquistas. Por eso dicen que eran voluntarios. No fue así siempre, pero en los casos en que hubo opción, es comprensible que muchos prisioneros se acogieran a esa manera de acabar cuanto antes con una prisión degradante que les había caído por haber perdido una guerra. Los vencedores no se limitaron a su victoria militar, buscaron la eliminación de los vencidos, porque cuando acabaron sus años de cautiverio, se les trató como apestados, a ellos y a sus familias. Todo eso es lo que representa el Valle de los Caídos, por si a alguien le queda un resquicio para justificar esta aberración histórica y moral.
En mi novela Hotel Madrid, aparece una historia secundaria, basada en un hecho real; y cuando a esa persona le dieron la supuesta libertad formó parte de los que emigraron ilegalmente a Venezuela porque aquí les hicieron la vida insoportable.
Rastreando la obra periodística de la escritora Mónica Lavín, encuentro un artículo en El Universal de Ciudad de México en el que habla de uno de los charros mexicanos pioneros, de nombre artístico Guty Cárdenas, contemporáneo de Pedro Vargas y una decena de años mayor que Jorge Negrete y Pedro Infante. Nació en 1905 y murió en 1932, por lo que solo cumplió 26 años en este planeta. Una vida tan breve no le impidió alcanzar el éxito, grabar discos y hacer una gira entre aplausos por Estados Unidos y Cuba.