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TIEMPO LÍQUIDO.  Llenar las calles. (19/05/2020)

 

Ayer di por acabado mi Diario de cuarentena porque por su propia denominación ya no tenía sentido, sobre todo porque estamos en una desescalada que tratamos de que sea el principio del fin de todo esto. Escribir cada día, empujado por la presencia del vecindario asomado a la ventana e iluminado por la luz de una niña, Sofía, y un niño, Diego, se convirtió casi en un rito. Pero había que cambiar porque espero que este sea un tiempo nuevo, aunque es verdad que no tener la obligación autoimpuesta de escribir ese diario me deja un cierto vacío. Pero voy a llenarlo siguiendo aquí, contando mis impresiones a quien le interese y procurando poner ánimo y sentido común hasta donde mis fuerzas me valgan. Solo soy un ciudadano que a veces hace de escritor; es entonces cuando imagino otras realidades, pero ahora no quiero imaginar, pretendo aportar ese grano de arena para que esa realidad que deseamos sea posible.

Llamo a esta serie Tiempo líquido, porque nos movemos en la incertidumbre. Queremos un nuevo principio, y es este, porque si todos pensamos en los demás alcanzaremos nuestro propósito, que no es otro que vivir en paz, atando lazos de afecto y amistad. Nuestra sociedad ya existe, solo ha parado en seco, pero ya echa andar. Espero que sea con pasos cuidadosos. Hay que llenar las calles de personas y de cordura. A todos nos importa porque todos formamos parte de un mismo cuerpo social. Al menos, yo así me siento. Seguimos.

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Apuntes en la primera fase

 

Entrados ya en la secuencia progresiva de la desescalada, tengo la sensación de que la economía manda y es necesario seguir adelante para evitar el colapso.  Ahora resulta que los aviones pueden ir llenos, que los hoteles se pueden ocupar en determinadas condiciones y que incluso será posible que haya actos públicos con control de espacios, porcentajes de asistentes y siempre con el uso de mascarillas donde se determine y el frecuente lavado de manos. Luego escuchas que hay que tener muy reforzados los servicios sanitarios por si hay un rebrote. Y entonces es cuando entiendes por qué países como Suecia nunca llegaron a decretar confinamiento total, como se ha hecho en el resto de Europa. La crítica (y autocrítica) es que una población disciplinada no empeora los números, aunque aterra pensar que esas cifras pueden ser personas muy enfermas o incluso fallecimientos.

Y luego está el famoso debate sobre los comportamientos culturales, porque de lo escuchado en estos días se deduce que la gente latina es más dispersa y al mismo tiempo más expresiva en sus manifestaciones de contacto con los demás que los países del norte de Europa, y ya no digamos los países asiáticos. Yo creo que también es un problema de educación, en la que durante años se ha ido deteriorando la autoridad profesoral, y así no hay manera de tener clases controladas y automatizadas como ocurre, por ejemplo, en Finlandia, que siempre la ponen como paradigma de respeto al profesorado, aunque en eso nadie gana a Japón, lugar en el que el Emperador es el máximo símbolo y todos han de inclinarse ante él, pero curiosamente es el Emperador el que se inclina cuando saluda a un profesor o una profesora, porque es una sociedad que entiende el valor de la educación y de la figura de las personas que ejercen la docencia.

Hemos tenido que aprender a marchas forzadas que debemos ser más comedidos físicamente en nuestra comunicación física con los demás. No sé yo si la idiosincrasia de un pueblo se puede improvisar en unas pocas semanas, pero es evidente que tendremos que intentarlo. Y en este punto hay que mirar a los medios de comunicación, que si se lo propusieran podrían hacer una labor tremenda, lo que pasa es que dedican demasiadas horas a marear la perdiz y a veces a confundir. Y las comparaciones con otras culturas son siempre cuestionables, porque no se trata solo de costumbres, sino de potencial económico, de sistema político o de ambas cosas combinadas, porque en estos días, en China, por un rebrote pequeño están haciendo pruebas a los once millones de personas del territorio que abarca la alarma.

Por ello, es verdad que tendremos que aprender a convivir con una nueva situación, y debemos contar con nosotros mismos en primer lugar, pero también con que los demás asuman que cada uno de nosotros es un peligro potencial. El bajísimo grado de inmunidad de la población canaria (consecuencia también del éxito de las medidas que se han tomado) es un arma de dos filos, porque significa que la casi totalidad de la población está indefensa contra el virus, aunque más exacto sería decir que se trata de que entre todos debamos mantener a raya la enfermedad, pero es obvio que desde los poderes públicos han de arbitrarse las medidas indispensable para que esa “nueva normalidad” hacia la que vamos sea más segura.

Y termino estos apuntes en la primera fase valorando los aprendizajes. En el confinamiento al menos se ha tomado conciencia del sentimiento de vecindad, de coincidir desde las ventanas y balcones con personas que conocíamos “de vista” y que viven en nuestra propia calle. Ahora, no solo sabemos sus nombres, sino que se ha establecido un vínculo que nos hace más humanos, porque la solidaridad y el entendimiento empiezan en nuestro vecino más cercano. Ojalá las personas que  están hoy en la política y por lo tanto tienen la responsabilidad de coordinar la respuesta colectiva ante una situación muy compleja aprendan de la modesta y humana disposición de los vecinos de una calle que, al cruzar sus miradas, saben que todos navegamos en el mismo barco. La esperanza es lo último que se pierde.

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DIARIO DE CUARENTENA (FASE I) Jornada 65: El valor de una sonrisa (18/05/2020).

 

Han pasado 65 días desde aquel 14 de marzo, un sábado plomizo en el que se decretó el primer Estado de Alarma y quedamos confinados. Han sido más de dos meses en los que hemos vivido una especie de realidad paralela que siempre pensamos que solo suceden en la ficción. Frente a nuestra casa viven vecinos y vecinas que a veces nos cruzamos por la calle o coincidimos en el estanco o en la farmacia de la esquina. Estos 65 días han servido para que valoremos una sonrisa, una mirada, un saludo, que fue pasando de protocolario a afectuoso. Pilar, Ana, Angie y Mapi ya no son solo vecinas, hemos vivido juntos unos momentos que no vamos a olvidar nunca, y la parte mejor era su presencia.

Y luego Sofía y Diego, dos criaturas preciosas, siempre en brazos de sus padres Katy y Octavio, una pareja joven y alegre, que ponían en su ventana lo mejor que tienen, la inocencia de un niño y una niña que nos insuflaban esperanza. Diego cuenta apenas medio año, pero Sofía ya tiene dos, y está en esa edad  en la que nunca te cansas de su inagotable derroche de vida. Quiere saber los nombres de todos, y los usa para llamarnos, pero también está su perro Toba, y nuestra gata de peluche, que nosotros le mostrábamos en correspondencia a sus panderetas, maracas, perritos de madera y muñecas y muñecos que ella exhibía, y que tuvimos que ponerle un nombre de urgencia: Luna. Y tengo que decir que compartir el confinamiento con mi compañera es un regalo, porque ella lo es siempre.

Ayer hubo un aplauso especial a los sanitarios, y como ahora hemos entrado en otra dinámica, este blog ya no puede ser un diario de cuarentena, aunque seguiré aquí, tratando de ser testigo de lo que vean mis ojos. Ahora serán simplemente entradas en mi blog adscrito a Canarias7, que enlazo con mi muro de Facebook y con Twitter. Sigo aquí, y espero que más pronto que tarde podamos dar todos esos abrazos que vamos guardando para cuando llegue el día. Que llegará, seguro. Sigamos las instrucciones y tratemos de sacar lo mejor de nosotros. Gracias por el seguimiento y les espero en la siguiente etapa, que es ya.