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Temerarios versus cofrades del miedo

 

El poeta-payador argentino Buenaventura Luna decía en sus Sentencias del Tata Viejo: “…Ha de saber el mortal / con ocasión de un enriedo, / no tenerle miedo al miedo, / que más miedo le va a dar.” Y en los últimos meses hemos tratado demasiado con le miedo, porque siempre se teme a lo desconocido, y más cuando te dicen que no hay remedio, de momento, contra un virus del que mucho se habla, pero solo unos pocos saben.

 

Lo contrario de no tener miedo es ser temerario, despreciar la propia vida y acaso la de los demás. Yo creo que en este aspecto estamos viendo demasiados temerarios inconscientes, que no se dan cuenta del peligro que revolotea a su alrededor, y que puede afectarle y afectar a los demás. Contra esa temeridad por lo visto no funcionan los avisos y las advertencias, y la gente juega a una gran ruleta rusa múltiple que resulta difícil entender desde una mente racional.

 

Claro, ahí están los elementos del egoísmo, porque muchos y muchas, al sentirse jóvenes y fuertes, se cree invulnerables, y tampoco valoran que, aunque ellos pueden salir indemnes -que no siempre ocurre- el daño que pueden esparcir a su alrededor puede que incluso les pase una factura moral y psicológica que ahora tampoco contemplan.

 

En esa inconsciencia, que abarca todas las edades, se saltan las normas, aunque crean que las cumplen, no controlan el tiempo de uso de las mascarillas y la necesidad de que cubran boca y nariz, no se cuida las medidas higiénicas con rigor ni se cortan para poner al otro la mano en el hombro. Esa inconsciencia es culpable de muchos contagios que se producen sin darse cuenta.

 

Todas estas advertencias están muy bien, y son necesarias, pero lo que observo es que hay una especie de cofradía compuesta por personajes -algunos con mucho peso y formación- que parecen disfrutar poniendo pegas a cualquier brizna de esperanza que aparezca, porque en situaciones como esta uno de los antídotos del miedo es la esperanza, y hasta eso parecen empeñados en quitarnos. Primero era imposible que hubiera vacuna viable en poco tiempo, y había que ver el regodeo cuando alguna de ellas tenía una incidencia. Ahora que parece que va a haberla pronto, el problema es la temperatura de almacenamiento de las dosis, o el número de viales necesarios o lo que sea. El caso es que hasta las buenas noticias las amargan estos cofrades del miedo y la negatividad.

 

De manera que, entre temerarios inconscientes a quienes parece darles todo igual y fabricantes de miedo mediático, estamos en un fuego cruzado en el que ya uno no sabe qué creer. No pueden quitarnos la esperanza, y hay que combatir el miedo con acciones que tienen que ver con la seguridad. Luego, ya se verá, porque nadie está libre de que le caiga una maceta o de irse de bruces en una calle completamente plana. Temerarios no, cofrades del miedo tampoco, gente seria que simplemente informe.

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El esfuerzo por la cultura

 

Aunque la pandemia lo está cambiando todo, hay que destacar el esfuerzo y la inventiva que hace que puedan seguir adelante actividades que, aunque a muchos les puedan resultar inútiles, son importantes. Me refiero a eso tan escurridizo que llamamos cultura, que a menudo es ninguneada como cosa menor, pero es el factor que distingue a los seres humanos sobre el resto de los habitantes de este planeta. Ha habido presentaciones de artes plásticas, de libros y hasta algo que han llamado Feria del Libro en el Parque de Santa Catalina y el Museo Elder. Después de muchos avatares se ha podido hacer realidad, aunque hay que reconocer que lo más destacable ha sido la seguridad.

 

En las circunstancias actuales, la mera celebración sería un éxito, pero también hay que pensar que el entusiasmo o al menos la presencia de los visitantes hace que todo mejore mucho. No todo puede ponerlo la organización. Sé que hay una corriente que considera que la cultura es una pérdida de tiempo y quienes la mueven unos seres que a veces generan tal aversión que se dirían delincuentes. No gusta que haya gente que quiera pensar, que tenga otras maneras de mirar el mundo, pero precisamente por eso es muy importante que la cultura no pare.

 

Por fortuna, no solo el mundo del libro está tirando para seguir adelante. Otras áreas culturales se esfuerzan en seguir poniendo de pie obras de teatro, haciendo exposiciones de artes plásticas, creando funciones de danza. Ese es mucho mérito en los tiempos que corren. Sé que hay actividades vitales (no solo las sanitarias, que también y en lugar destacado) sin las que la sociedad se paralizaría. Es cierto, y también hay ahí mucho trabajo, pero también tenemos que entender que la cultura forma parte de lo humano, aunque haya por ahí quienes solo parecen esperar que se mueva una hoja para echarse encima. No sé a qué tipo de instinto destructivo pertenece esa actitud.

 

Por eso valoro los esfuerzos que se hacen para mantener viva la actividad cultural. Aplaudir a quienes siguen llenando paredes de exposiciones, escenarios, artesanía, salas donde la literatura preside la velada, música que llena nuestras horas y nos ayuda a vivir. Todo eso es cultura, como otras muchas cosas, y romper una lanza por ella en tiempos difíciles es fundamental, porque, no se olvide, también es economía y puestos de trabajo. Pero hasta eso a menudo se olvida. Por eso hay que seguir adelante.

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Los fundamentalismos silenciosos

Aparte de la Covid-19 y la economía, hay otras muchas cosas que preocupan. Lo que está sucediendo en este país es alarmante. La única diferencia con la ola de fundamentalismo que arrasa otras zonas del planeta es que aquí no parece que exista. Pero está. De repente, las fuerzas conservadoras (es una tibieza llamarlas así) se han echado la camisa por fuera y atacan en tromba, como los equipos de fútbol que intentan impedir que el otro arme juego, y lo hacen de forma marrullera, dando leña, tirando en fuera de juego y con el árbitro a favor.

Lo que quieren es que nos bajemos los pantalones. Todos los avances que habíamos ido arañando en décadas muy duras pero muy esperanzadoras se están yendo al traste. Solo falta que, por decreto, se vuelva a instaurar el Santo Oficio, si es que de alguna forma no existe ya. La España federal que sería lo natural por el recorrido histórico de este país, está cada día más lejos, y con ello se radicalizan las posturas periféricas, lo que en lugar de desembocar en un Estado plural pero unitario puede acabar como el rosario de la aurora. Y lo del Poder Judicial es inexplicable en una democracia que tiene sus reglas bien claras en ese aspecto.

La Iglesia vuelve a Trento. Mete las narices en los avances científicos igual que entonces, porque hoy ir contra la biogenética equivale a ir contra el movimiento de La Tierra en tiempos de Galileo. Y se mueve, vaya que si se mueve. Los defensores de la jerarquía eclesiástica (los católicos son otra cosa y merecen todo respeto) argumentan que los no practicantes no debieran escandalizarse porque la Iglesia se pronuncie. Y eso sería correcto en un Estado laico de verdad.

Pero es que la Iglesia está muy metida en el Estado, y si no no se entiende por qué las tropas de un país laico y democrático rinden armas al Santísimo, por qué el Jefe de un estado laico se arrodilla ante el Papa (si es creyente que lo haga en privado, como persona, pero no como Jefe de Estado), y algunos presidentes del Gobierno igual.  La iglesia, fortalecida en imagen con estos gestos y unas subvenciones cuantiosas del Estado, pontifica sobre la vida privada de las personas, y eso tiene efectos generales, porque el Estado se lo permite, y es por eso por lo que también los no católicos se alarman cuando la Conferencia Episcopal saca su manual de Fray Juan de Torquemada. Ah ya, es que España no es laica, es aconfesional.

No estoy preocupado, estoy alarmado, aterrado, como si hubiera entrado en el túnel del tiempo y desembocara en el siglo XV, o peor aún, en el franquismo. Y luego hablan del peligro de los fundamentalismos, a los temo sean del signo que sean. Por la democracia, por la libertad individual y por un futuro cuando menos razonable (no irracional), urge que los partidos políticos y sus dirigentes miren el calendario y vean en qué siglo vivimos. Pues sí, aparte de la pandemia y la economía hay bastantes sosas que no van como debieran. Demasiadas.