Productivo pero inmoral
Muchos decían -yo también- que pagar 96 millones por Cristiano Ronaldo era un disparate, y lo mantengo, porque esas cantidades de dinero son en sí misma una injusticia en un mudo desigual, comparables a los palacios de oro de los jeques del Golfo Pérsico o los salarios de las superestrellas de Hollywood. Cobrar veinte millones de dólares por hacer una película es inmoral, porque en esa misma película trabajan cientos de personas, desde el chico de los bocadillos a cualquier extra, que cobran una miseria y malviven.
Cierto es que esas estrellas son las que llenan los cines, pero podrían ser un poco más equitativos. Es como cuando dicen que un piloto de aviación comercial cobra mucho porque tiene en sus manos la responsabilidad d ela vida de muchas personas. Por supuesto, pues entonces deberían cobrar lo mismo los conductores de autobuses y los maquinistas de trenes, digo yo.
El caso es que Cristiano Ronaldo seguramente amortizará esos millones a quienes los pagaron, pues ya le ha quitado la imagen de Armani a David Beckham, mientras la espectacular Megan Fox ha hecho lo propio con Victoria Beckham. Nuevas caras y cuerpos que vienen pegando fuerte y facturando millones. Pero me sigue pareciendo tan inmoral y provocativo como pasearse en Rolls-Royce por un barrio de chabolas.
Me refiero, por supuesto, a La mitad de un Credo, una novela que publiqué en 1989, coincidiendo con el 30 aniversario de la ejecución del Corredera. Ahora se reedita con nuevo formato, pero con el texto intocado, y es que entonces escribí esta novela para exorcizar fantasmas, demonios o como se le quiera llamar, según sea Sábato o Vargas Llosa quien lo diga. El Corredera se metía en todas mis narraciones, y tenía que quitarlo porque no venía a cuento. Entonces decidí hacerle su propia novela, y sólo así desapareció de mi escritorio. Juan Buganvilla es un trasunto de ese Juan García que tanto nos dolió como sociedad hace 50 años, y cambia el nombre y algunos detalles para evitar la fácil crítica de que no se ajusta a la realidad. Ni lo pretende, la realidad es el motor, pero la novela es ficción, y si no estamos hablando de otra cosa. Esencialmente, pretendí dejar claro que nadie, ni siquiera un Estado, puede disponer de la vida de un ser humano.