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Si por La Candelaria llueve…

Dice el refranero popular que «Si por La Candelaria llueve, el invierno ahora nos viene; y si por La Candelaria no llovió, el invierno se acabó». Pues eso, que, según la tradición todavía queda mucho invierno, que ya no sé si es buena o mala noticia, porque aquí cuando llueve se arma siempre un buen follón, porque se unen la falta de costumbre, los disparates urbanísticos y el estado de las infraestructuras.Y es que La Candelaria ha dado este año agua hasta decir basta.

(Esta foto fue publicada ayer -tal vez aún continúe- en el digital de Canarias7. No sé si es de Arcadio Suárez o de algún lector. Lo que sí es verdad es que es impresionante)

Hoy tocaba hablar de mi libro LA MITAD DE UN CREDO, que iba a presentarse hoy en el Instituto de La Isleta, pero el temporal ha determinado la suspensión de dicho acto, y aprovecho este espacio para que lo sepan quienes tuvieran intención de acudir y aún no se hayan enterado. Ya les informaré de la nueva fecha, y mientras seguiremos alegres y temerosos por el agua que nos está cayendo, porque nunca sabemos cúanto daño puede hacer una borrasca (más bien tiene pinta de tormenta tropical) que es por otra parte necesaria para nuestra supervivencia. En todo caso, siempre es bonito ver los barrancos como ríos y los riscos como destiladeras. Y que no pase nada.

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Narradores de los setenta y demás hierbas

Hay vida narrativa después de los setenta en Canarias, y tengo que decir que de alguna forma pertenezco al antes y al después, ya que estoy justo en el puente de ambas generaciones, con Domingo Luis Hernández, Díaz Pacheco y la recordada Dolores Campos-Herrero. Y por eso puedo afirmar que, cuando se escribieron aquellas novelas que normalizaban la narración en Canarias, los críticos fueron generosos, y había que serlo, porque era un momento histórico. Luego, algunos de esos críticos se han portado de forma cicatera con las mismas novelas que antaño enaltecieron, y eso puede estar bien si hay una explicación, pero no la ha habido.
Lo importante de aquella hornada de narradores, que no generación, puesto que poco se parecían unos a otros en asuntos estéticos o ideológicos, es que son fundacionales, y nadie puede negar ese carácter a un libro como Crónica de la nada hecha pedazos, aunque luego se haya incluso bromeado con su título, diciendo que son pedazos de crónica hechas nada. Había que escribir ese libro en aquel momento, y Juan Cruz lo hizo. A unos les gustará más o menos, habrá resistido mejor o peor el paso del tiempo, pero está ahí, y es un libro fundacional, histórico y necesario. Ahora no vale decir que si esto o si lo otro, hay que valorar que todas aquellas novelas eran primerizas, algunas titubeante y otras más maduras, pero fruto del entusiasmo de un grupo de veinteañeros que luego han escrito novelas mejores, porque tampoco La mala hora tiene el calibre de El Coronel no tiene quien le escriba o, mucho menos, el de Cien años de soledad.
Salvo un par de novelas muy sólidas, aquella fueron todas las primeras novelas de autores que luego darían sus mejores frutos. Yo no defiendo literariamente todas las novelas de los años setenta, pero sí defiendo el hecho de que se escribieran y el mérito de sus autores, e incluso sí que defiendo algunos títulos, que supieron arrastrar a una vieja Mararía, cansada de esperar. Entonces, que yo sepa, no hubo una especie de masonería que se juramentó sobre un pacto, unas condiciones literarias y una forma de vida concreta. Cada uno siguió su camino.
Unos sobrevivieron, otros triunfaron a lo grande y otros se autoconsagraron como apóstoles de sus cruzadas particulares. Son muy dueños, y no creo que ninguno traicionara a nada ni a nadie, porque nada había que traicionar. Así que no entiendo a qué vienen esos reproches a destiempo que a menudo recaen sobre aquella generación de narradores. Que yo sepa, nadie hizo juramento alguno que haya traicionado. Aunque tal vez otros esperaban que hicieran las cosas no a su gusto, sino al de los demás.
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(De pie: Luis Alemany, Rafael Franquelo, Dolores Campos-Herrero, El autor del texto, Juan Manuel García Ramos, Mario Vargas Llosa y Juan Cruz. Sentados: Luis León Barreto, Alberto Omar y Juancho Armas Marcelo)

Y ya que he dicho lo que me parece positivo, también voy a decir lo negativo. Al ser una generación fundacional, con la misma fuerza que arrastraron a los fetasianos, podrían no haber hecho tierra quemada de lo que vino después. Parece como que después de los escritores del setenta aquí nadie más ha escrito una novela. Y no lo digo por mí, que me salvé por los pelos cuando metí la cabeza en un póker de premios consecutivos a principios de los ochenta y se armó tanto ruido que da la impresión de que en la penúltima década del siglo XX sólo surgió un nuevo narrador en Canarias. Y no es verdad, hay nuevos narradores, pero sus nombres no suenan, sus libros no circulan, y puedo decir esto porque he estado muy cerca, y tanto en los ochenta como en los noventa el peso primerizo de los narradores ha sido estimable, por lo menos no inferior al que dieron en canal los de los setenta.
Pero no se trata de hacer competiciones. Los del setenta tienen el pedrigree fundacional, eso lo reconozco y lo defiendo, y también digo que como generación cronológica se han mantenido vivos prácticamente todos, cosa que no es frecuente porque muchos suelen abandonar. Hay un centenar largo de novelas escritas por canarios en los últimos 25 años, y con que sólo fuesen buenas el 10%, tendríamos 15 buenas novelas, y eso no pueden decirlo todos los territorios, y, la verdad, tampoco en Sicilia se escribe un Gatopardo cada año. Y ello ha sido posible porque hubo una generación que puso a funcionar la máquina. Cada uno de estos novelistas es una persona, la vida es complicada y se parece mucho a una especie de Titánic que a menudo se hunde, y cada cual arría su salvavidas como mejor puede. No entiendo entonces que se baraje la palabra traición. «No juzguéis y no seréis juzgado», dijo Cristo, y lo crucificaron.
Creo que ha llegado el momento de que quienes se mueven en el campo del estudio de la literatura hagan un balance justo del siglo XX, no sólo de los narradores del último cuarto de siglo, a ver si vamos poniendo las cosas en su sitio de una vez, reivindicamos algunas obras importantes, poco o nada conocidas, y le cortamos la cabeza a algunas estatuas de poetastros que tienen rango de capitán general y sólo fueron compositores de ripios. Y eso es cosa de las universidades, que digo yo que para algo tenemos dos, aunque me temo que todo seguirá igual, repitiendo las máximas de Valbuena Prat, corregidas mil veces, y buscándole las comas a las novelas de Galdós, mientras sigue en el olvido el importante corpus teatral de Don Benito. Y es que debe ser verdad la sentencia de Juancho Armas Marcelo al que le pregunté una vez si Canarias es surrealismo o realismo mágico. El me contestó: «Surrealismo máximo, maestro». Pues eso.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 27 de enero)

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El libro de Ervigio Díaz Marrero

niñito[2].JPGHace unos días, se presentó Jesús Hombre, el libro de Ervigio Díaz Marrero, que es un autor muy interesante porque los títulos que nos ha dado siempre contienen un reto. De lo que no cabe duda es de que Ervigio es un autor atrevido, pues pasa del experimentalismo a la novela futuristas (que luego se hace realidad, lo que la convierte en profética), y de ahí a la poesía épica o al texto de reflexión.
En la presentación se dijeron cosas muy interesantes, ahora que el fanatismo religioso parace volver en todas las confesiones. Por ello propongo aquí un enlace con el texto que escibí para la ocasión y que allí se leyó, dedicado a un libro tan interesante como valiente. Este es el enlace ( Jesús Hombre.doc )con ese texto.