Debates estériles
Creo que esa casta que suele ser llamada «intelectuales» pierde demasiado tiempo en tonterías y en guerras que solo tienen perdedores. Y es que se repite el mismo debate en las cuatro últimas décadas y todo sigue siendo un proyecto. Cómo será la cosa que, siendo escritor, no tengo la menor idea de si debo decir literatura canaria, en Canarias o de Canarias. Y además, tampoco me preocupa saberlo mientras me queden fuerzas para escribir, que es de lo que se trata. Creo sinceramente que los debates son otros, por ejemplo, cómo dar respuesta al envejecimiento de la población, qué hacer con nuestros jóvenes, cómo acabar con la violencia doméstica, de qué manera vamos a parar el inevitable colapso demográfico… Y en eso poco van importar palabras como colonialismo, esbirro, patria o españolismo. Incluso tiemblo cuando oigo hablar de libertad, en cuyo nombre se han cometido las mayores atrocidades cuando sale de la boca del fanatismo o de la tiranía. Las palabras a veces son una bomba de relojería, cuidado con ellas.
Hay en efecto novelones que forman parte de la historia de la literatura, desde Guerra y Paz a Fortunata y Jacinta, pero no es menos cierto que novelas de pocas páginas también están en el cuadro de honor: Pedro Páramo, La perla, El extranjero, Carta de una desconocida… Recuerdo que dejé para verano El nombre de la Rosa, la trilogía de la familia del Valle de Isabel Allende o me discipliné para leer de cabo a rabo El Ulises de Joyce (lo leí con esmero y sigue pareciéndome insufrible). La lectura de verano que recuerdo con mayor gozo es la biografía de María Antonieta escrita por Stefan Zweig, una maravilla, que se lee como una novela y que acabas administrando porque no quieres que se acabe. Siempre que me piden consejo para comprar un libro bueno y entretenido recomiendo a Zweig, nunca falla, porque aparte de novelas magníficas, es probablemente uno de los mejores escritores de biografías que conozco; y hay donde elegir: María Estuardo, Erasmo de Rotterdam, Paul Verlaine, Fouché, Dostoievski, Balzac, Casanova y, por supuesto, la estrella: María Antonieta. Hay más. Ahora acabo de leer un «tocho» de un afamado novelista español, aclamado por la crítica y que cuenta una historia en 400 páginas que a Hemingway le habría dado apenas para un relato no muy largo. Dicen los especialista que tiene una prosa profunda y envolvente, y a mí me parece que marea la perdiz. No les digo el autor, pero si les doy una pista: sus obras estaban entre los libros que Umbral tiraba a la piscina.