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Personajes eternos, autores mortales

Es curioso cómo el arte y la imaginación consiguen transformar la realidad incluso en maravillosas historias fantásticas, luchando incluso contra la propia voluntad de crearlas. Un claro ejemplo es el del trío de escritores escoceses formado por Robert Louis Stevenson, Arthur Connan Doyle y James Barrie. Fueron amigos de juventud, compañeros de estudios y luego cada uno siguió su camino. zzFoto0524.JPGEl que más pronto desapareció fue Stevenson, que se debatió contra sus propios demonios en la esquizofrenia de Jekyll y Hyde y fue a morirse prematuramente a una ignota isla del Pacífico. Pero también nos dejó un libro de sueños con La isla del tesoro. Connan Doyle se pasó la vida renegando de su Sherlock Holmes, que al final pudo con él. El más paradigmático y a la vez doloroso caso es el del origen y desarrollo paralelo de un personaje tan conocido como Peter Pan. La historia nace de la amistad del escritor con cinco niños, hijos de una viuda, que quedan bajo la tutela de Barrie. Los chicos, ya adultos, fueron muriendo de las formas más terribles, (la guerra, suicidios, accidentes) y estas muertes llenaron de dolor la vida del escritor, y curiosamente fueron los que le inspiraron (sobre todos Peter) las historias del País de Nunca Jamás. De tanto dolor surge la fantasía. Increíble. A veces, los personajes ocultan a su autor. Mucha gente ignora quiénes fueron Stevenson, Connan Doyle o Barrie, pero todo el mundo conoce a Peter Pan, Watson, Long John Silver, Jekyll, Wendy, Hyde o Sherlok Holmes. Suele ocurrir, Cervantes reposa bajo una losa donde se lee «Don Quijote».
(Peter Llewelyn Davies (1897-1960) fue la persona real que Barrie identificó como trasunto del personaje de Peter Pan. Lo triste y contradictorio de la historia es que este hombre, que de niño inspiró un maravilloso mundo de fantasía al escritor, se suicidó a los 63 años tirándose a las vía del tren).

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Libros canarios

Al empezar a escribir, caigo en la cuenta de que hoy es 12/12/12, que no deja de ser una combinación numérica arbitraria aunque curiosa. Pero hoy quería incidir en el gran momento de nuestra narrativa, y eso, que es muy bueno, a veces nos coge a contrapié. Eso me está pasando ahora con las nuevas novelas de nuestros narradores y narradoras, que salen todas a la vez y como te descuides te pasan por encima sin tiempo de hacer una reflexión seria sobre cada una de ellas. Tengo sobre mi escritorio las más recientes publicaciones de María Jesús Alvarado (Sorimba), Alexis Ravelo (Morir despacio), Santiago Gil (Yo debería estar muerto) o Elio Quiroga (El despertar), que son géneros distintos pero todas con la garantía de la solvencia demostrada por sus autores. Por eso, para dar noticia de su existencia, escribo esta especie de acuse de recibo.
xx1234r.JPGAunque sé que trataré de hacerlo, no prometo entrar en todas detenidamente, porque entiendo que hacer crítica literaria seria no es despachar a vuelapluma la repetición de lo que dicen las solapillas. Tengo la mala costumbre de leer detenidamente las novelas antes de hablar de ellas, y todas las novelas importantes -estas lo son- tienen siempre una retranca y un doble fondo que suele ser lo más interesante. Eso sí, de momento las recomiendo vivamente.

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Acuerdo unánime de todos (?)

zpFoto0508.JPGDon Fernando Lázaro Carreter no solo era un malabarista de la gramática sino uno de sus inspectores más agudos, y ponía las multas con un sentido del humor extraordinario. Escribió una serie de artículos que publicó bajo el título genérico de El dardo de la palabra, que luego salió en libro y es un derroche de sabiduría y una manera de pasarlo bien aprendiendo. Eso solo saben hacerlo los maestros, y recomiendo esa lectura porque todos cometemos errores que no pensamos que lo sean, llevados a menudo por la inercia del habla cotidiana. Quienes más riesgos corren son los que tienen que improvisar debido al medio, sea en una emisora de radio o en la tarima de un profesor, que a pesar de serlo no están libres de meter la pata. Hay un espacio en la SER que es una especie de policía del lenguaje y que capitanea Isaías Lafuente. Sigue la estela de Lázaro Carreter y hay que decir que se aprende mucho al poner en la picota los errores que cometemos, siempre con humor y sabiendo que a eso no escapa nadie, lo mismo que a las erratas en las publicaciones. Errores puntuales son frecuentes, debido a las prisas, pero ya empieza a ser más grave cuando se reincide y hasta se crea escuela, como sucede con la expresión «vacío de contenido» que se usa hasta el cansancio sin pararse a pensar qué se dice, porque si algo está vacío es precisamente porque carece de contenido. Y este post lo escribo estimulado porque esta mañana en una información radiofónica el reportero decía que en un asunto municipal se había llegado «al acuerdo unánime de todos». Y no me extrañaría que en este trabajo que glosa los errores de lenguaje hubiera alguno agazapado. Suele suceder, porque el error lingüístico es como una sombra fantasmal con muy mala leche.