El 6 de febrero se cumplieron cien años de la muerte de Rubén Darío, un poeta que hizo dar una vuelta de campana a nuestra lengua y a nuestra literatura. El Modernismo es mucho más que una forma externa de hacer arte, y la literatura lo es. Al cambiar la manera decimonónica de acometer el lenguaje, incide en el pensamiento, y ya nada fue igual. Literatos posteriores que aparentemente están muy lejos del Modernismo, o que incluso lo combaten, trabajan con nuevas formas de escribir -y por lo tanto de pensar-, que surgen de la revolución formal que en nuestra lengua tuvo a Rubén como abanderado.
Muchas veces se acusa al lenguaje modernista de superficial y amanerado. Y lo es si lo miramos desde hoy. Pero nadie puede negar que cursilerías como sus quioscos de malaquita, sus bocas de fresa o sus mantos de tisú rompieron unos moldes anquilosados y dejaron paso a muchos -ismos que fueron nueva sangre literaria. Rubén hizo que se perdiera el miedo a las palabras y a las formas establecidas, fue un fogonazo que deslumbró a posteriores gigantes como Valle-Inclán, los hermanos Machado, Pedro Salinas o el cenital Juan Ramón Jiménez, que luego cada uno tomó su camino cada vez más lejos de Darío, pero también de los moldes inamovibles de antaño. Continuar leyendo «En el centenario de Rubén Darío»