La gloria y el escarnio
España es un país de extremos. Dicen que es que somos latinos y todo lo exageramos, y con ese sonsonete subimos héroes al pedestal y cuando nos parece los derribamos y arrastramos por el barro. A Fernando Alonso le dieron el Premio Príncipe de Asturias cuando aun no había ganado un título mundial, empujados por la fuerza mediática de la Fórmula 1, y se lo siguen negando a Angel Nieto que se caló la corona mundial de motociclismo 12+1 veces (es muy supersticioso). La selección española de fútbol ha sido el acabóse, al seleccionador lo han hecho marqués y hay hasta plazas con su nombre. Así que pasen unos años y no se ganen eurocopas o mundiales (nadie gana siempre, ni siquiera Brasil) empezarán a rotular esas plazas con el nombre de otros héroes del momento. El día que Casillas haga la estatua o Iniesta falle un gol que nos elimine de algo, los lapidarán como han hecho con Raúl o Cardeñosa. Cuando Bardem o Penélope ganaron su primer Oscar los encumbraron, pero le hicieron un mohín a la prensa del corazón y ahora se alegran de que no ganen cuando los nominan. La última vez que esto sucedió, hubo un titular de prensa que, en lugar de decir quién ganó, o simplemente que la española no había ganado, rezaba: «Penélope se queda compuesta y sin Oscar». Eso es mala leche. Ejemplos hay cientos: Joselito, Isabel Pantoja, Arconada, Julio Salinas… Ahora, los que agitaban banderitas al paso de Urdangarín se han enfurecido y ya se plantean en Palma de Mallorca quitar el nombre de los Duques de Palma a una calle. Cuando el río suena, agua lleva, pero me pregunto si repondrán el nombre si al final el yerno del Rey es declarado inocente. La euforia o la rabia hacen que en España se tomen decisiones precipitadas y a la buena de Dios. Claro, claro, es que dicen que somos auténticos, como Belén Esteban. Paíssss… que diría Forges.
Sin embargo, hay otros personajes cuya incidencia en la memoria es muy superior al tiempo de permanencia y a veces a la obra. El mencionado John Kennedy es el ejemplo, pero hay otros que, si nos paramos a pensar, estuvieron un tiempo pequeño que nos parece enorme, porque son figuras recurrentes una y otra vez, y percibimos de ellas una larga presencia aunque esta fuese corta: Lincoln, Churchill, Azaña… El poder de Napoleón duró 14 años, pero el apogeo de su imperio no llegó a la década. Pero sin duda el caso más llamativo es el de Hitler, y el nazismo fue tan abyecto y su huella sangrienta tan profunda que nos parece que aquello debió durar una eternidad; pues solo duró 12 años (1933-1945), desde su llegada al poder hasta el final de la guerra, y es asombrosa la terrible eficacia de aquella maquinaria del mal. Tiene que ver con la realidad y su interpretación filosófica, pero aquí acaba mi jurisdicción; más allá es territorio de Rubén Benítez Florido.