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La soberbia, ese ídolo con pies de barro

En un sociedad metida en un túnel en el que no se vislumbra claridad alguna, el fútbol puede ser un alivio, aunque pocos pueden acceder a un partido de la Champion con precios entre 60 y 220 euros. Pero la gente se distrae, y si se hablara de fútbol estaría bien, pero es que últimamente ocupan mucho más espacio -demasiado- los nombre de los entrenadores del Real Madrid y del Barcelona. El primero, que se piropea a sí mismo más que un congreso de abuelas, hace que muchos piensen que se puede ir al final de la temporada a un equipo inglés; el segundo lleva meses pensándose si ha terminado su ciclo en el Barça, y tiene pendientes de un hilo a directivos, jugadores y seguidores. zdel_55408_t0[1].jpgAmbos se comportan como si los dioses los hubieran distinguido entre los mortales, cuando no se erigen en dioses poseídos de poderes ultraterrenales. Mourinho trata a todo el mundo con altanera displicencia, como si el Real Madrid no hubiese ganado nueve copas de Europa y una veintena de ligas antes de que llegara él. Guardiola es como un Lama que posee el secreto del fútbol de pase corto, como si antes no hubiesen existido Frank Rijkaard o Luis Aragonés, y antes aún el gran Brasil de Zagallo y hasta la ya mítica UD Las Palmas de hace 45 años. Encima de que es un insulto alardear de esos sueldos multimillonarios en un país donde cada día es un drama social, estos señores se hacen los duros para que les saquen el sombrero, uno tratando de provocar que el Bernabéu lo aclame en un gran acto de sumisión, el otro haciendo que supliquen los jugadores, rueguen los directivos y lo pida a gritos la afición culé. Pero son solo hombres, puede que muy valiosos en su disciplina, pero no insustituibles. Lo mismo que los deportistas de élite deben dar ejemplo de limpieza y honradez deportiva porque son espejo para los más jóvenes, los que ocupan esos sitiales del éxito y la adoración social también deben ser ejemplares, y ahora mismo lo que están haciendo es dando una deplorable lección de soberbia. Y no hay que olvidar que la soberbia, como el ídolo del sueño de Nabucodonosor, es de oro, pero tiene los pies de barro.

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Hoy es el cumpleaños de Einstein


Como hoy sería su cumpleaños, señor Albert Einstein, me permito recordar que estamos en un tiempo en el que hasta sus teorías se ponen en entredicho, si bien parece ser que ahora los que hablaban de partículas más veloces que la luz no lo tienen tan claro. Y es que el tiempo ha sido siempre una de las constante preguntas del ser humano, y es lo que nos distancia de las posibilidades de contactos con otras formas de vida en el universo, porque las distancias se miden en años-luz y eso zttiemmpo.JPGes inabarcable para la vida de un hombre y acaso para toda la existencia de la humanidad. Así que hablar de su cumpleaños puede sonarle a fruslería, cuando para usted el tiempo era una magnitud moldeable. Antes que usted, Newton, Kant, Leibniz o Hegel se preocuparon de este asunto, y después también, y quien más quien menos ha echado un vistazo a Historia del Tiempo de Stephen Hawking. Las teorías nos pueden llevar a pensar que llegar a una lejana galaxia podría ser posible gracias a esa curvatura del tiempo, y entrar en esa dimensión -difícil hasta para pensarla- que son los llamados agujeros de gusano. Otra vez la física, las matemáticas y la filosofía se dan la mano, como en la antigua Grecia, pero seguimos en el mundo teórico y el tiempo que conocemos y del que disponemos sigue gobernado por las manecillas de un reloj. Hablar de tiempo cósmico y filosófico y luego mirar la hora es como bajarse de un tiovivo, y creemos estar en la realidad, que tampoco es tal, porque no es para todos igual porque depende de la percepción (pero usted ya sabe que esa es otra historia, señor Einstein).

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La felicidad

zM-LUISA1.JPGLa búsqueda de la felicidad es una constante en la vida del ser humano. Nadie sabe qué es y racionalmente entiende que otra persona debería ser feliz por sus condiciones y su situación, pero cada uno se siente infeliz o al menos no plenamente satisfecho. Muchos han intentado definirla, y a veces de forma contradictoria, pues mientras los chinos dicen que felicidad es hacer lo que se desea y desear lo que se hace, Jean-Paul Sartre afirmaba que no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace. O sea, un trabalenguas. Y luego están los que se dedican predicar la felicidad es interior, y por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos. Hay definiciones de la felicidad para todos los gustos, desde los que dicen que no es un sentimiento sino una decisión hasta los que aseguran que es un estado pasajero de locura. Quienes van de buenas personas se apuntan a que hay más felicidad en dar que en recibir (pura hipocresía) y luego está el que dice: «La felicidad me persigue, pero yo soy más rápido». Y es que hay quien relaciona la felicidad con la ignorancia, y se confiesa infeliz para no parecer tonto. De todos estos, el que se lleva la palma es Sigmund Freud cuando afirma: «Existen dos maneras de ser feliz, una es hacerse el idiota y la otra serlo». Lo que sí está claro es que en buena parte somos responsable de nuestra felicidad, porque como dicen el provebio hindú, cuando el sabio señala La Luna, el tonto se fija en el dedo. Bueno, y a lo mejor así es feliz.