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Y ellos bailando en El Trianón

María Antonieta celebraba una fiesta detrás de otra en un palacete anejo al de Versalles que llamaban Trianón. No bien acababa una empezaba la otra, con música, bebida, danzas y una gran competencia en el vestuario, tanto masculino como femenino. El gasto era inmenso, y una corte corrupta dilapidaba el dinero que le sacaban al pueblo. Desde luego, no sería porque no se les dijera, porque muchos llegaron a Versalles avisando de que la gente estaba ahogada y resultaba cada día más difícil contener el descontento. Se cuenta que en el último invierno antes del estallido de la Revolución la reina estrenó una media de cinco lujosos vestidos por día, que jamás repetía, aderezado con joyas, sombreros y zapatos de similar rango. Llegaban más advertencias, pero ellos seguían bailando en El Trianón. Luego pasó lo que pasó.
versalles[1].jpgLa comparación es evidente. Mientras unos siguen de fiesta en su Trianón de viajes, grandes salarios superpuestos, beneficios incontables, robando directamente y creyéndose seres especiales con derecho a todo eso, otros pagan y pagan más, y cobran menos, estrangulados y encima aguantando reproches de los que miran desde el palacete. Y ya están cansados. De vez en cuando, por la ventana lanzan a la multitud una Eurocopa, pensado, como los romanos, que al pueblo se le doma con pan y circo. Lo que pasa es que empieza a haber poco pan. La historia se repite si no se aprende de ella, y por eso la gente sale a la calle muy cabreada por esa música que llega desde El Trianón. Están avisados.

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Tropezar con la misma piedra

Hay un vieja leyenda polinesia cuya versión personal publiqué hace cuatro años. Parece que no ha pasado el tiempo, y por eso, dada la situación actual de la economía, vuelvo a publicarla, aunque seguramente será como predicar en el desierto. La moraleja de esta historia es que el capitalismo es tan voraz que puede acabar devorándose a sí mismo. A ver si alguien escribe la versión en alemán para que reflexione la señora Merkel. Esta es la leyenda:
«Había una isla en un pequeño archipiélago polinesio que en aborigen se llamaba Kauasu, incomunicada con el resto de las islas porque en el tiempo de la historia que se cuenta sus habitantes desconocían la navegación. El mundo de aquellos polinesios empezaba y acababa en su isla, y las demás islas que veían en el horizonte eran mitos, sombras, recursos mágicos para los brujos de la tribu. Cuando veían humear un volcán en una isla detrás del mar, los brujos anunciaban tragedias, y cuando el Sol salía detrás de las montañas de aquella otra isla era tiempo de alegría. Era como habitar un planeta, Kauasu era una metáfora de La Tierra y la islas del horizonte otros planetas de aquel sistema, que se veían pero a las que nunca se podía llegar ni en sueños.
Y en Kauasu se fue imponiendo la fuerza, de manera que el Jefe Akuey era el dueño de casi todo. No había monedas, y lo que hoy entendemos como dinero se simbolizaba en un pedregal basáltico en el que había miles de grandes piedras que sobresalían de la arena. Desde tiempo inmemorial, cada familia se había adjudicado un número determinado de piedras, y cuando se pasó del trueque al cambio, se pagaba en piedras, esto es, en el concepto de piedras, porque las rocas basálticas seguían clavadas en el mismo lugar, sólo que teóricamente habían cambiado de dueño. Era como una cuenta bancaria, una tarjeta de crédito en la que el dinero es una idea, porque se muda de propietario sin que nadie lo tenga físicamente.
zdf0383.JPGPoco a poco, Akuey fue haciéndose con la mayor parte de las piedras, y cuando las tuvo todas, hacía préstamos usurarios; como tarde o temprano iba ahogando a los prestatarios, se quedaba con sus cabañas, sus tierras y sus cocoteros. Llegó un momento en que Akuey era dueño absoluto de todas las piedras y de todo lo que había sobre la isla, fuese animal doméstico, caña de pescar, cabaña o vegetal. Nadie podía comprar porque no tenía piedras, ni pedir piedras con una cabaña, una res o un palmeral en garantía, por nadie tenía nada. Akuey era dueño de todo.
Y en ese momento Akuey se convirtió en un pobre de solemnidad como los demás habitantes de Kauasu. Nadie compraba porque no podía comprar, y nadie vendía porque nada tenía que vender. Akuey no podía comprar porque todo era suyo, y no podía vender porque los posibles compradores no tenían ni una sola piedra. La leyenda no dice lo que pasó después, pero a juzgar por cómo se sigue repitiendo de forma oral en Oceanía es de suponer que el bloqueo de la economía fue el principio del fin de aquella diminuta civilización».

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¡Qué gente más lista!


zppoDSCN4046.JPGEn estos días, se me han abierto los ojos como platos leyendo algunas declaraciones, unas porque Perogrullo sería un genio al lado de algunos y otras porque para decir según qué cosas hay que tener cierto respaldo profesional y moral. Es más, cualquiera puede expresar cualquier opinión, pero determinadas personas, aun teniendo ese derecho, calladitos se parecen a Georges Clooney. Pero siempre hay gente por ahí que no se sonroja por nada y está dispuesta dar lecciones a Casillas de cómo se para un penalty. El primero de estos caballeros es el señor Draghi, máximo dirigente del BCE; ha dicho ante la comisión de Asuntos Económicos de la Eurocámara que subir el IVA agudizará la recesión. Ya descubrió la pólvora, como si legiones de especialistas no lo hubieran dicho antes por activa y por pasiva. Hablar es fácil, pero cuando tiene que comprar deuda o bajar el tipo de interés en cifras que incidan en el mercado mira para otra parte. Luego viene Rodrigo Rato y nos dice que es correcta la gestión de la crisis por parte del Gobierno. Ya me quedo más tranquilo, leyendo la opinión de este reputado economista que fue ministro de un gobierno que permitió y atizó la burbuja inmobiliaria, que al frente del FMI ni olió el castañazo que se avecinaba y que fue el patrón del banco más problemático de la historia de España. Por no hablar de Montoro, que debe esperar que los funcionarios incuben billetes de 500 euros si los tiene sentados media hora más cada día. En mi pueblo, cuando alguien quedaba en evidencia siempre había otro que decía aquello de «yo es que me quedo bobo». Pues eso.