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Otra vez los cuernos Robinson

Parecía que el mundo había cambiado pero todo sigue igual. Por lo visto, como en la Edad Media, como en el Barroco y como en el duelista siglo XIX, el honor de los maridos sigue residiendo en la virtud de su esposa. El Ministro Principal del Ulster se ve abocado al desastre político porque ha perdido credibilidad, dicen, al saberse que su esposa le ha sido infiel de manera continuada. El hombre, encima de ser la víctima de la infidelidad, ahora resulta que eso le cuesta el cargo, porque seguimos en la vieja creencia de que si no tiene autoridad en su matrimonio menos la tiene para presidir un gobierno.
Es verdad que ella hizo algunos trapicheos políticoeconómicos en favor de su amante, pero creo que es cosa de ella, que responda de sus irregularidades, pero no entiendo por qué el marido ha de pagar el pato. Es decir, machismo estúpido, porque en lo concerniente a la infidelidad el asunto debieran dirimirlo los implicados, es asunto privado. Las corrupciones de ella en su cargo de concejala son cosa de ella, ya que por lo visto no tenía mucha conexión con el marido. Para más escarnio, la señora, de 60 años, ha tenido su último desliz con un joven de 20, olé por ella, pero eso recuerda a aquella película de los años sesenta, El Graduado, en la que se daba esta misma situación. La coña llega a límites casi proféticos si tenemos en cuenta el apellido de esta pareja, Robinson, nada más y nada menos, justo el apellido de los personajes del mentado largometraje dirigido por Mike Nichols. Y claro, en todas las emisoras de radio adornan la noticia con la canción que para El Graduado hicieron Simon & Garfunkel. A veces la vida imita al arte, y casi siempre con muy mala leche.

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Espabilen, les están cerrando el mundo

Las generaciones que nacieron inmediatamente después de la II Guerra Mundial cometieron muchos excesos, pero excesos imprescindibles para que el mundo se abriera. En seguida saltaron los reaccionarios, y colgaron a los jóvenes de entonces todas las etiquetas degradantes que pudieron. Las chaparon bajo la mano férrea de Richard Nixon, De Gaulle y las dictaduras mediterráneas y hoy parece que aquello era un manicomio de locos rebeldes y tarados.
v1.JPGPero no es así. Los años sesenta y setenta fueron mucho más que ese lema peyorativo de «Sexo, drogas y rock an roll». Fue una patada a la puerta que se había cerrado en Trento más de cuatro siglos antes. El mundo no volvió a ser el mismo después de la píldora anticonceptiva, Mary Quant, Bob Dylan y tantos y tantos iconos que derribaron una forma de pensar; y, por supuesto, la banda sonora de esta película suena a rock and roll. La lucha por la igualdad de la mujer, la libertad de opción sexual, las parejas sin papeles y todo lo que se generó hizo que el aire de libertad conquistada produjese en Occidente la mejor época vivida por el ser humano sobre La Tierra.
Pero, ¡ay! La reacción siguió tramando nuevas cadenas, y las viejas instituciones se pusieron manos a la obra para tratar de volver atrás. Reagan, Teatcher y Juan Pablo II abanderaron esa reacción, que poco a poco ha ido cerrando caminos. Hoy parece que hay mucha libertad teórica, pero nada que ver con la de hace treinta años. Una y otra vez aquella gente ha seguido empujando hacia adelante, pero la gran maquinaria de la reacción se ha preocupado de paralizar a las nuevas generaciones con un bombardeo tecnológico que los ha individualizado hasta hacerlos débiles por su incapacidad para luchar por otra cosa que no sea un botellón. Y lo único que les digo es que los que trajeron los aires de libertad tienen entre 55 y 70 años. Empiezan a desaparecer o se sienten ya muy cansados de dar coces contra el aguijón. Aquel mundo que se abrió hace cuarenta años se está cerrando, y sólo ustedes pueden reabrirlo. ¡Espabilen!

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¿Vamos hacia el fanatismo generalizado?

El siglo XVI fue muy entretenido en materia de religión. Para empezar, el cristianismo fiel a Roma se atomizó de la mano de Lutero, Calvino y Enrique VIII. Esto, por supuesto, dio lugar a guerras terribles entre estados partidarios de una línea u otra. Luego estaban los musulmanes, y entonces los más fuertes era los turcos, y, claro, también hubo guerras. Lepanto es sólo un botón de muestra. Los judíos y los musulmanes habían sido expulsados de España al filo del siglo anterior (1492), y las potencias católicas Castilla y Portugal se empeñaban en evangelizar a las nuevas tierras colonizadas en América, África y Asia. Es decir, no se aclaraban en Europa, se las tenían con el Este Mediterráneo y el Islam, y no contentos con eso extendían sus brazos imperiales y católicos hacia tres continentes nuevos.
zho85b.jpgEste siglo XXI se parece cada vez más a aquellos tiempos. Hace veinte o treinta años, después de que en España se extinguiera al menos formalmente el nacionalcatolicismo, nos parecía increíble aquel fanatismo de antaño, que se ve hasta en El Quijote. Después de la I Guerra del Golfo y todo lo que ha venido después, ya nada nos parece imposible, y las posturas religiosas se enconan y extreman. Se dice que son guerras por la energía, y lo son, pero también por la religión que alimenta el fanatismo de unos y de otros. Hay extremistas musulmanes, católicos, protestantes, judíos y me temo que esas nuevas religiones supuestamente sincréticas también se fanatizarán. Es como ir a Las Cruzadas con móvil. Y tendríamos que seguir las palabras que el Dalai Lama le dijo a Leonardo Boff: «la religión ideal es la te hace más sensible, humano, tolerantes y mejor persona; esa es la religión ideal para cada uno». Pero parece que no, que la cosa va de intolerancia a todos los niveles, y esto se parece cada vez más al siglo XVI.