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Hay objetos que tienen alma

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Cada uno de nosotros tiene un objeto (o varios) que trascienden su valor real, porque tienen un significado especial: el reloj heredado del abuelo, aquel llavero que fue el puente de una relación o el anillo que alguien nos regaló. Hace unos días Serrat comentaba que guarda con especial cuidado la primera guitarra que tuvo, un regalo que a su padre le costó un gran esfuerzo económico y con la que pulsó sus primeros acordes. Esas cosas tiene aun más valor, porque formaron parte de nuestra vida durante un tiempo, a veces años, y son para nosotros como seres vivos, compañeros de viaje con los que muchas veces hasta hemos hablado. Hay niños que se encaprichan de una almohada, de una manta frisada o de un muñeco de peluche, que para los demás no solo carece de valor sino que es sencillamente un trasto que hace tiempo tendría que haber estado en la basura. Pero, ¡ay! Cuidado, porque ese peluche barato, que tal vez fue adquirido en un bazar de paso, en una estación de tren, en un aeropuerto, a lo mejor de manera apresurada para cumplir un compromiso, se convierte en compañero inseparable de un niño, que poco a poco le va insuflando vida, con el soplo de tantas noches compartidas y hacerle sentir que siempre estaría ahí. Por eso rindo hoy homenaje a esos objetos tan queridos que, aunque sean de lana, algodón o franela, son depositarios de una memoria afectiva muy humana, y porque seguramente serían el mejor regalo para alguien que creyendo haberlos perdido los vuelva a encontrar.

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Viernes de terror

De unos meses para acá, los viernes han sido temidos como la puerta que se abre chirriando en una película de terror. Llevan ya unos cuantos Consejos de Ministros anunciando lo que ellos llaman reformas, los sindicatos recortes y la sociedad desmantelamiento del Estado de Bienestar. Yo lo llamo golpe de estado por fascículos, y me baso en que se están cargando hasta los más pequeños derechos de los ciudadanos, como la atención sanitaria, el programa del sida o la ayuda a las dependencias. Y tan anchos.
zzFoto0204.JPGCon una chulería que nunca pensé que pudiera exhibir, Mariano Rajoy volvía ayer a anunciar que los zarpazos de los viernes van a seguir. La pregunta es qué va a hacer ahora, si se ha cargado la educación, la sanidad, el poder adquisitivo de los empleados públicos, la posibilidad de estudiar una carrera universitaria a los menos pudientes y no sé cuántas cosas más; ¿qué va a reformar-recortar-destruir-ahora? Digo yo, que incluso para que los mercados sepan a qué atenerse deberían publicar ya todas las reformas y no tener al país en vilo. Además, tendrán que tocar algo de las rentas más altas y de los grandes propietarios, que es donde realmente se puede recaudar, porque con lo que suponen los diez mil millones para la sanidad y la educación, es calderilla en los grandes números, y si se mira hacia arriba los ceros se multiplican. ¿Se atreverá Rajoy a tocarle el dinero y las narices a los que más tienen? No creo que esa sea su idea, puesto que lo han puesto ahí precisamente para beneficiarse de la situación, y convertir en negocio lo que son derechos. La borrachera de poder de la mayoría absoluta es tan fuerte, que hasta los que votaron al PP empiezan a preguntarse si esta gente sabe lo que hace o es presa de una locura megalómana.