La historia nos pasa por encima
De repente, es como si toda la historia se nos echara encima. Estamos ya en el siglo XXI y no nos cansamos de repetir que el novecento fue una grosería, una exhibición de canibalismo físico, psíquico, intelectual, social y de toda índole. Y mira que fueron crueles los pueblos caldeos, brutos los vándalos, sanguinarios los mongoles y vengativos los maoríes, pero al lado del exquisito, tecnificado y culto siglo XX se quedaron pequeños, pues nunca el hombre fue capaz de generar tanto horror, tanta miseria y tanto abuso. Cuando tomamos las doce uvas del 31 de diciembre del año 2000 pensé que, por fin, todo eso quedaba atrás, y hasta quise creer en eso de la era de acuario que tanto aventaban los charlatanes que nos llenan el zapping por las noches. Ahora Europa vuelve a ser la de Otón I, la de Carlomagno, la de Juan Sin Tierra, con Inglaterra jugando al desmarque, la de las guerras de religión de Carlos V, la del poderoso imperio alemán, que antes amenazaba con divisiones acorazadas y ahora nos apunta con el Bundesbank. Y al fondo, como siempre, el Vaticano.
Imaginemos un espacio desértico de diez kilómetros de diámetro en el que aparecen diseminados alrededor de cien personas muertas de sed. Cuerpos descompuestos y destrozados por lo chacales, restos de una agonía terrible, sellada por la desesperanza y el miedo. Esa imagen se ha producido en estos días en un trozo de Sahara que corresponde a Níger, en mitad de una ruta que nace en todas partes de África y quiere terminar en el sueño de Europa. Cuando los muertos se producen en nuestras costas se arma el alboroto y hasta el Papa se presenta en Lampedusa. Es que lo cadáveres molestan mucho. Pero cuando la tragedia tiene lugar en medio del continente olvidado, aunque sean inmigrantes como los otros, casi ni salen en las noticias. Son muchos muertos, y otros de los que nunca nos enteraremos. Esta vez han sido encontrados