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Por la boca muere el pez

 

Las palabras son una de las maravillas que dota a los humanos de la capacidad de comunicarse con gran exactitud. Esa es al menos la teoría, porque, también dice el aserto popular que las carga el diablo, y a veces una sola palabra dicha en determinado momento puede cambiar vidas, pero sobre todo relaciones. Por eso, el proverbio árabe dice que la palabra es plata y el silencio oro, y de muchas formas se ha dicho que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. El valor de las palabras, como el de los números, es relativo, pues depende de innumerables factores. Lo mismo que en los números su valor depende del lugar que ocupen, de los signos que los acompañen y de otros agentes, las palabras funcionan de manera diversa, porque son también varios los elementos que inciden en el resultado final de su uso: el contexto, el tono, el momento en que se pronuncian o escriben…

 

Uno de esos componentes es la influencia del emisor, e incluso la representatividad social, pues no es lo mimo hacer un comentario entre amigos mientras tomamos un café y hablamos por nosotros mismos y a veces a la ligera por la confianza, que emitir unas palabras en calidad de miembro de algún grupo social, sea político, económico, religioso o cultural: el carisma o la supuesta autoridad de quien habla le da un poder que afecta a otros, por lo que, cuando habla en público o escribe desde esta o aquella tribuna, debe medir sus palabras, porque pueden tener un efecto indeseado precisamente porque no han sido pesadas y medidas.

 

Por eso asistimos cada día a disparates e inconveniencias porque personas que tienen vasta audiencia hablan sin sopesar lo que sus palabras pueden generar (a veces no son improvisaciones, sino cargas de profundidad lanzadas adrede). La semana anterior hemos visto varias de estas perlas, aparte de los habituales desbarres de los políticos ya con la camisa por fuera, o las salidas y entradas de petimetre que tienen algunos presidentes de países poderosos o afamados locutores de emisoras con oyentes fervorosos, ha habido algunas presencias mediáticas que serían muy divertidas si no fueran producto de la intolerancia, la demagogia y la desmesura.

 

La primera y más descorazonadora es el doblete que se ha marcado Monseñor Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal española. Respeto muchísimo a los creyentes católicos, no en vano esa ha sido la fe de mis mayores, lo mismo que respeto otras creencias (y no creencias) religiosas. La relación del ser humano con la transcendencia es algo tan íntimo que no puede ser proclamado en un púlpito. Lo que me resulta incomprensible es el comportamiento de la jerarquía católica, que sigue agazapada detrás de unos privilegios medievales en un estado que, a este paso, nunca será laico, por muy aconfesional que lo declare la Constitución de 1978.

 

La “pax romana”, que parecía haberse decretado con motivo de la visita de León XIV, ha saltado por los aires con las palabras del arzobispo de Valladolid. En meses pasados, parecía que empezaba a evolucionar desde arriba aquello que en su día fue el nacionalcatolicismo, que seguía ahí como en tiempos de los cardenales Gomá o Pla y Deniel. Lo de Tarancón fue un espejismo, tal vez producido por el miedo o la prudencia en tiempos de la Transición, y al escuchar que el nuevo jefe de los obispos parecía encarrilado a posiciones más evangélicas llegué a pensar que la era Rouco Varela había sido el último estertor de una época, y que poco a poco (en la Iglesia todo va muy despacio) se llegaba, por fin, al siglo XXI. Mi gozo en un pozo; tal vez pensando que las posiciones de la jerarquía eclesiástica pudieran confundirse con ideas más progresistas, ha decidido dejar claro que todo ha sido un espejismo, y para ello se ha puesto a jugar con las palabras.

 

Para alinearse con el discurso de Feijóo ante los empresarios vascos sobre el absentismo laboral (nada dicen de los millones de horas extras no pagadas) se agarra a San Agustín, que escribe exactamente: “Suprimida, pues, la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?” Pues, aprovechando que el Pisuerga pasa por su arzobispado, cita al obispo de Hipona y dice: “Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una cueva de ladrones”. Cualquiera que sepa leer, ve que el santo africano habla de una banda, que usted convierte en cueva, y cuando San Agustín dice justicia usted pone ética. Es que esas dos variaciones interesadas cambian el significado del conjunto, sobre todo cuando dice ética el lugar de justicia. ¿Es que temía molestar a alguien? Por cierto, todo esto empieza porque, en el discurso de Feijóo que es el origen del asunto, el dirigente del PP daba a las enfermeras la potestad de conceder bajas médicas. Así va la cosa.

 

Ya puesto a dar mandobles, el Presidente de los obispos se mete con el movimiento LGTBI+, y para desautorizar el Día del Orgullo dice que precisamente el orgullo es el pacado de Satán. Hasta donde yo sé, y apoyándome en la autoridad bíblica de los profetas Isaías y Ezequiel, entiendo que el pecado que llevó a Luzbel a convertirse en Satán fue el de la soberbia. Y ese es un pecado al que precisamente la Iglesia y sus jerarcas debieran tener muy vigilado. A menudo, viendo la escasa o nula correspondencia de las actitudes y posiciones de la Iglesia solo con los cuatro evangelios canónicos (no es demasiado teniendo en cuenta que eliminaron más de sesenta), me hago una pregunta simple: ¿de verdad que los han leído y saben lo que allí se proclama? Claro que sí, pero leerlo es una cosa y otra el aplicarlos.

 

Está claro que algunos eran ultraderechistas agazapados; o peor aún, que, como ven que el discurso de las exclusiones parece tener un futuro inmediato, se apuntan a él. Me escandaliza que un expresidente del Gobierno como Mariano Rajoy escriba en un periódico que la selección francesa de fútbol “tiene un altísimo nivel, pero sin franceses”. Ni me molesto en rebatir semejante disparate, pero esas palabras en boca de un expresidente no ayudan a la imagen exterior de España. Ya, ya sé por dónde vienen.  ¿”Y Zapatero?” Pues tampoco, aunque para criticarlo habría que esperar una sentencia judicial.  Y ahí es donde entra San Agustín y su Ciudad de Dios; ¿no es eso, Monseñor Argüello?

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Fútbol, meteorito o tsunami

 

El poeta romano Juvenal criticó las prácticas del poder para tener el apoyo o al menos la indiferencia del pueblo. Daban o vendían a muy bajo precio comida a los más pobres y les celebraban jornadas de entretenimiento en el circo. Ese sistema populista fue utilizado durante siglos, pues sabemos que lo hicieron muchos, desde Julio César, que regalaba trigo, hasta Aureliano que daba pan directamente. Hoy, el entretenimiento es una industria muy poderosa, pero no es gratis, aunque los poderes económicos la mantienen en gran parte a través de la publicidad, que finalmente acaban pagando los consumidores porque forma parte del precio del producto, no de su valor.

Hemos llegado a la apoteosis en los últimos años con el fútbol. Las cifras se han disparado porque el negocio y el rendimiento mediático es extraordinario, y como muestra recordemos que hace un par de décadas hubo un gran escándalo porque un poderoso club español pagó por el traspaso de un jugador croata una cantidad que entonces se antojaba estratosférica, y que le asignaba un salario insultante, que no era ni la décima parte de las millonadas que se pagan hoy y a todo el mundo le parece normal. Da vértigo escuchar que en una población decenas de miles de personas hace una celebración porque su equipo de fútbol ha ascendido a lo que llaman División de Plata, y en otra docena de ciudades se preparan fastos similares, porque no es solo esa reiteración madrileña (Liga y Champion) de concentraciones y desfiles por plazas y estadios, es una orgía de bufandas y despendole general. Pan y circo, este año ha ocurrido en Tenerife y también pudo haber ocurrido en Gran Canaria. Eso, aunque procede del fútbol, nada tiene que ver con el juego, es la utilización política y económica que se hace antes y después del tiempo que dura un partido.

 

Estamos saturados de ascensos, descensos, ligas, copas, eurocopas, euroligas, mundiales y campeonatos varios que mantienen el balón rodando de forma permanente, hasta el punto de que, si nuestro paisano, el ingeniero Agustín de Betancourt, quien, mientras hacía grandes obras para el zar Alejandro I de Rusia, se obsesionaba con la máquina del movimiento continuo, habría encontrado la respuesta en una sola palabra: fútbol. Esas gestas deportivas se celebran con un recorrido glorioso por la ciudad, como se homenajeaba a los generales romanos que regresaban victoriosos de una gran batalla, para que el César los coronase de laurel en las escalinatas del Capitolio entre los vítores del pueblo. Ahora, quien hace de César suele ser quien ostenta el poder en la zona. Ya no se trata de un deporte sino de acumular copas en vitrinas, establecer ránkings, vender camisetas. Nada que tenga que ver con el deporte del balompié en sí mismo.

 

Otra vez tenemos dos canarios en la Selección Nacional, y si nos agarramos a cualquier estupidez esotérica, se necesitan esos dos canarios para ganar campeonatos. Los grandes triunfos reciente de la Selección tuvieron como participantes a Silva y a Pedrito, tres copas enormes que se trajeron hace casi dos décadas. Desparecieron los canarios y con ellos los campeonatos, hasta que irrumpieron en la lista de seleccionados Pedri y Yeremi Pino, la dosis de canarios que necesita La Roja, y ya se ha hecho con una Eurocopa hace dos años. Otra cosa es que el fútbol ya es cada vez más negocio y menos deporte, lo que puede acabar con él, porque es posible que estén matando la gallina de los huevos de oro. Ya no es posible para muchos viajar fuera para seguir el fútbol, como se ha hecho siempre con equipos y selecciones. Se han vuelto locos con el dinero, y tanta avaricia acaba siempre rompiendo el saco.

 

Tampoco entiendo que se presenten en las tribunas de los estadios jefes de estado, primeros ministros, alcaldesas y otras magistraturas, como si no tuvieran tareas más urgentes y provechosas para el interés general que gastarse un dineral a nuestra costa para acudir a un partido de fútbol. Y luego se extrañan de la desafección hacia la clase política. Si Juvenal anduviese por aquí, ratificaría su crítica, cambiando el circo romano por la adrenalina y la competitividad inducida alrededor de un deporte, que es muy bello cuando se juega bien, pero que debiera acabar cuando el árbitro pita el final del partido. Pero claro, eso no es negocio ni tiene utilidad política y económica.

 

Ahora nos sobrevuela el Mundial de 2030, en el que probablemente se juegue algún partido en Gran Canaria. Aparecen los millones rápidamente y cada día una cifra más potente para reformar el Estadio. Mucho movimiento comercial relacionado con el Mundial tendría que haber para empatar con el gasto que se hace, y la cantinela siempre es la misma, crear imagen exterior porque el turismo nos da de comer. Me gustaría saber cuántas personas de las que vieron el último partido de España recuerdan en qué ciudad se jugó, si lo único que se ve durante dos horas es el rectángulo de juego y poco más. Y si no somos capaces de saber en qué estadio o ciudad juega España, menos nos importa la cancha en la que juegan Egipto, Francia o Brasil. De manera que no veo el rendimiento para la isla, porque un campeonato así podría celebrarse en una sola ciudad con varios campos porque lo que genera los mayores ingresos es su pase por televisión.

 

Pero es de suponer que el negocio de los Mundiales no está solo en los partidos de fútbol, puesto que hay un pre y un post, y hoy todo se mide en dinero. El pan y circo de los romanos hoy se traduce en fútbol y otras competiciones que nos dicen que son deporte, festivales más o menos forzados, festejos varios sin una justificación seria y todo ello bien apuntalado por su proyección mediática que se sostiene con la publicidad y los impuestos. Es decir, el pan y el circo también los paga el pueblo. Está claro que algo no cuadra, si es que no falla todo.

 

Por otra parte, en Canarias, este año ya hemos tenido de todo. Pero ya se acabó la liga, pasó el Orgullo, se fueron las primeras figuras de la música pop del Estadio de Gran Canaria, el Papa de Roma no va a volver en un par de siglos y falta medio año largo para los Carnavales. Y con esa magua, el alcalde de Santa Cruz de Tenerife ha expresado su deseo de que nos visiten la Premio Nobel de la Paz venezolana María Corina Machado y la primera ministra italiana Giorgia Meloni, lo que tal vez se pueda explicar su enroque en el asunto de la escultura erigida en la confluencia de Las Ramblas y la Avenida de Anaga. El fútbol no es novedad, siempre está ahí. Lo mismo ya toca el meteorito, aunque con estos calores, mejor el tsunami; es más fresquito.

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Quedo como pan sin sal

 

 

Cuando los exploradores contratados por el comerciante y geógrafo florentino Américo Vespucio, acompañando a Alonso de Ojeda, llegaron a lo que hoy es la costa de Venezuela, lo hicieron probablemente (las crónicas son poco claras) por lo que hoy se conoce como Playa Verde, justo al lado del actual aeropuerto internacional de Maiquetía y el puerto de La Guaira. Se adentraron hacia el sur por el gran llano que los llevó hasta los torrentes de la Barranca de Apure, que eran escorrentías navegables y con poco fondo, por lo que los exploradores que trataban de negociar con los indios tacariguas y caquetíos del interior empujaban sus canoas con el sistema veneciano, perchando para impulsarse con largos palos contra el fondo. Este sistema de tracción debió recordarles a los gondoleros venecianos, por lo que Vespucio llamó a aquella tierra “La pequeña Venecia”, Venezuela, todo un contrasentido porque Venecia es apenas una brizna en tamaño comparada con la inmensidad territorial de lo que también llamaron la cintura de América en otro contexto. Es decir, Venezuela es un lugar en lo que lo grande se confunde con lo pequeño, lo correcto con lo injusto y lo inmediato con lo lejano. Venezuela es confusa empezando por su nombre.

 

 

El gran terremoto del Día de San Juan de 2026 se ha producido con mayor intensidad en el mismo lugar al que llegaron los conquistadores españoles, y que es un punto de destino geográfico casi obligado por la Corriente del Golfo, la misma que llevaba a los emigrantes clandestinos de Canarias hacia la zona del puerto de La Guaira, nombre sonoro donde los haya en la memoria de la emigración isleña en los años centrales del siglo XX. Con la mente puesta en ese puerto, zarpaban barquillos de breve eslora y marineros poco avezados, con la fe ciega que a menudo es hija de la desesperación.

 

Alguien descubrió que, mirando desde Arguineguín hacia poniente, la luna llena rielaba en el mar y trazaba una dirección: La Guaira. Unas veces, cuando la mar era amable, llegaban al destino soñado; otras, la mar rompía el trato y los barcos llegaban a costas muy distantes o, desgraciadamente, se perdían en un océano que, antes del siglo XV, recibió, entre otros nombres, el de Mar Tenebroso. Esa luna rielando hacia La Guaira como esperanza es el tema de la habanera “La noche en Arguineguín”, de Néstor Álamo, que sonó cuando León XIV visitó ese puerto que siempre es esperanza, cuando zarpas o cuando arribas. Mucha gente sigue creyendo que esa canción es un mero canto elogioso a ese puertito grancanario; pero no, es una denuncia, un desgarro, y tal vez una ilusión, tanto de ida como de vuelta, y siempre con la emigración al fondo.

 

Y es que esa zona de Venezuela por la que llegaron los conquistadores y que son lugares queridos porque están en la memoria y el agradecimiento de Canarias es donde América se enfrenta al océano y donde las placas terrestres se reajustan de vez en cuando. Allí está la capital y en toda esta zona se libraron las batallas y conspiraciones que nunca han cesado desde antes de Bolívar, incluso antes de Miranda. Es como si las fuerzas de la naturaleza quisieran participar en esa confusión que nunca a cesado en dos siglos. La gente de Canarias que tiene familiares que emigraron, hayan regresado o no, tienen familiaridad con toda Venezuela, pero especialmente con las zonas más castigadas por este terremoto y por casi todos los que ha habido, que son muchos. Es como si, salidos de un lugar bajo el que duerme un volcán amenazante, llegaran a otro en el que el suelo es inestable y peligroso.

 

Conozco quien fue a Caracas de niña y volvió siendo adulta, pero sigue pensando en caraqueño; a una mujer que se fue joven a trabajar como mecanógrafa para sacar adelante a su familia isleña. Sé de quienes se instalaron en Puerto Cabello y Valencia, hicieron fortuna y se les deshizo cuando cambiaron las tornas políticas. Hemos tomado café que nos enviaba una tía desde Barquisimeto, y recuerdo a un familiar cercano que volvió de dos guerras y saltó el charco para repartir leche en un motocarro por el barrio de San Bernardino de Caracas. Todas esas personas han tejido un vínculo que hace que, para Canarias, Venezuela nunca sea un lugar en un mapa o una noticia volandera en un noticiario. Nos interesa, nos importa, nos conmueve; gozamos y sufrimos con ella, aunque a menudo no entendamos por qué siempre, cuando capitanean los próceres o cuando se rebelan los desharrapados, el pueblo sufre, porque no hay término medio, tal vez una idiosincrasia heredada de la colonia.

 

¿Quién tiene la culpa de los terremotos? Nadie y todos. Los volcanes no se pueden predecir, pero los terremotos son cíclicos, debido a los acontecimientos geológicos que, más tarde o más temprano, se repiten. Algunos dicen que estas catástrofes son castigos divinos. Lo siguiente es preguntarse por qué Dios siempre castiga a los más vulnerables: Chile, Haití, Bangladesh, Nepal… Y nos olvidamos que tiene que ver con eso que los entendidos llaman tectónica de placas, y también tiembla la tierra en California o Japón, pero casi nunca el castigo es tan severo, aunque la gradación del movimiento sísmico sea tan alta como en donde produce gran destrucción. Seguramente tiene que ver con la manera construir, con la educación ciudadana frente a estas fuerzas naturales, y también con la fuerza económica de los lugares donde se produce. Comentaban esta vez ha temblado la tierra en una zona de San Carlos, capital del estado de Cojedes, y causó una destrucción similar a la ocurrida en otro terremoto hace más de medio siglo. Los edificios desmoronados entonces fueron sustituidos por otros de parecida estructura y sin ninguna especial prevención contra seísmos. La consecuencia es clara: cuando la tierra ha vuelto a temblar, los nuevos edificios repitieron la demolición de los anteriores. Esa es la diferencia entre Venezuela y California, ente Haití y Japón.

 

Ningún sistema político se ha ocupado de poner remedio a tanta desidia. Los chavistas carecen de capacidad de respuesta para responder a la hecatombe y, por supuesto, los Adecos y la COPEI tampoco respondieron en las ocasiones anteriores. No es un asunto político, es que la mentalidad es la misma, y en estos asuntos la imprevisión es letal. Y entre el dolor por una tierra y una gente que también somos nosotros, quedo como pan sin sal, como en la habanera de “La Noche en Arguineguín”. Me indigno y lloro contigo, Venezuela querida, no me consuela ni el resonante nombre de La Guaira, grabado en mi memoria por la voz de mucha gente que allí desembarcó.