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Un larguísimo mes de enero

 

Ha pasado el primer mes de 2026, y he visto que en muchos ámbitos hacen recuento, como si de un año se tratara. Lo cierto es que tengo la sensación de que la Nochevieja pasada fue hace mucho tiempo, y es que este enero se ha hecho muy largo, demasiado largo. Han ocurrido cosas como siempre, pero es que algunas son la materialización de disparates futuristas que nos parecían imposibles, y que sin duda marcan asuntos que van a alargarse. Que Estados Unidos haya entrado en el dormitorio de Maduro y lo rapte a medianoche es un hecho muy relevante, pero es que las supuestas consecuencias de una acción de ese calibre no han sucedido, y sigue en pie el madurismo sin Maduro, en una contradicción que está repercutiendo en el resto del mundo. Otro hecho es la caza de inmigrantes que se ha dictado en Estados Unidos, que es un relato que recuerda a episodios de épocas muy remotas. Se dispara contra la gente y no hay respuestas judiciales, y da igual las pruebas visuales que haya, como ha sucedido por dos veces en Mineápolis. Esto da miedo porque parece que es una locura que se extiende por todo el planeta.

 

 

En España se han producido varios accidentes ferroviarios, el más escalofriante el acaecido el 18 de enero en el municipio cordobés de Adamuz en el que se han visto implicados dos trenes de alta velocidad, con el terrible balance de 46 muertos y centenares de heridos. Una catástrofe así deja aturdido al país, y ahora nos espera una larga penitencia de acusaciones, disculpas, tardanzas, rumores, algunas verdades y demasiadas mentiras, como suele ocurrir. Resulta curioso que, en los grandes accidentes de los últimos años en España, las culpas judiciales han recaído casi siempre en conductores, maquinistas o pilotos, algunas veces fallecidos en el suceso. Me temo que esta vez no será distinto, y pienso que, si se han tomado decisiones erróneas en los años recientes con respecto a las líneas de alta velocidad, su uso y su mantenimiento, se llegue al fondo del asunto, por justicia, por aprender de los errores y para que no pase lo de siempre, que se resuelva con el ya cacareado error humano, a menudo de alguien que murió en el accidente, o que sobrevivió pero que es la parte más frágil de la cuerda, mientras suelen irse de rositas quienes tomaron decisiones equivocadas, y que generalmente no llegan a sustanciarse judicialmente.

 

Por si fuera poco, la meteorología está poniéndose pesada, con la caravana de borrascas atlánticas que no dan tregua, con crecidas de ríos, inundaciones, temporales de viento, aludes de nieve y oleaje traicionero y destructivo, aparte de un frío glaciar. De todo esto ha habido consecuencias directas, y las habrá indirectas porque los daños los veremos en la elevación de los precios de los productos que han sido castigados por los temporales. En resumidas cuentas, si ya el año anterior terminó cargadito en todos los aspectos, este que acaba de empezar llega con un mes de enero olvidable y que parecía que nunca iba a acabar.

 

Aunque los seres humanos siempre se han dedicado a hacer burradas y en especializarse en la autodestrucción, parecía que, después de la II Guerra Mundial, se mantendrían las formas, incluso en los peores momentos, como los protocolos del honor de los duelistas de siglos pasados antes de liarse a tiros o a sablazos en un bosque al amanecer. Había unas reglas, que a menudo se conculcaban, pero siempre había unas líneas que procuraban no traspasar, al menos a la vista de todos. Ha habido invasiones, abusos, hambrunas provocadas y todo tipo de acciones brutales, pero es que ahora parecen presumir de lo que antes ocultaban, lo cual hace que, en la vida cotidiana, todo el mundo hace lo que le da la gana y parece que hemos entrado en un territorio sin ley.

Desde que era un muchacho, en la época de las conquistas sociales y en las que se pregonaba aquello de “haz el amor y no la guerra” se hablaba de los cambios de era, de acuerdo con el zodíaco. Se contaba que, cada dos mil y pico años, cambiábamos de era y eso influía en los comportamientos humanos, y aseguraban que estábamos saliendo de la Era de Piscis y entrábamos en la de Acuario, que daba título a una canción del musical Hair, que se convirtió en un himno, que aun resuena no solo en nuestra memoria. Diversos “especialistas” decían que la nueva era había comenzado en 1962, otros que entraría en 1980 y otros más conservadores situaban la fecha del cambio en 2022.

 

Decían que la Era de Acuario “marcaría un cambio en la conciencia del ser humano, que ya estaría empezando a notarse y que llevaría asociado un tiempo de prosperidad, abundancia y paz”. Es decir, por lo visto, la era anterior, que alcanzaba hacia atrás hasta los inicios del Imperio Romano, e incluso rozando el final de la Grecia Clásica, había sido una calamidad, con mucha violencia, fanatismo religioso de las religiones monoteístas y la imposición de la ley de la fuerza. Hombre, en los pasados dos milenio ha habido barrabasadas para dar y tomar, y alguna cosilla buena según y cómo, pero la nueva era iba a ser la bomba, un periodo de aproximadamente 2000 años caracterizado por la tecnología, el humanitarismo, la innovación, la espiritualidad, la esperanza y el respeto a los demás en su individualidad. Los gurús de entonces acertaron a medias, porque tecnología hay, e innovación aparejada a los medios de que disponemos, y trato de descifrar lo del humanitarismo y la espiritualidad. Y todo esto ya debiera estar funcionando a tope, porque ya han pasado 4 años desde 2022, la fecha más lejana estimada, pero ahora el guía se hace llamar coach, no gurú, y no ciñe su cabellera con coronas de flores, sino que se comunica contigo vía on-line o en reuniones colectiva denominadas talleres que tienes que pagar.

 

Todo esto me tiene muy confuso, porque ya en plena era del humanitarismo y la espiritualidad, Elon Musk, el dueño de Tesla y hombre más rico del mundo, ha dicho que el mundo no avanza porque hay demasiada empatía y que la universidad está sobrevalorada. Y me quedo de piedra, porque la nueva era se presenta exactamente al revés de cómo la predicaban. Hemos pasado del diálogo y el debate a la intransigencia y el fanatismo, justo lo que decían que iba a desaparecer.  Puede que todavía la Era de Acuario esté en rodaje. A ver si arranca, porque si no esto va a convertirse en un larguísimo e inquietante mes de enero.

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¿Funciona el “modo canario”?

 

Fernando Clavijo, presidente del Gobierno de Canarias, dijo en el Debate sobre el Estado de la Nacionalidad de marzo de 2024 que, en medio del gran ruido político estatal, aquí se gobernaba “al modo canario”. Huyendo de la estridente polarización nacional, aquí se estaban haciendo las cosas con un estilo de gestión política basado en la moderación, la estabilidad y la búsqueda de acuerdos. Como se sigue insistiendo en que esta legislatura transcurre al modo canario, tras dos años y medio habría que valorar si ese estilo, en el que palabras como sosiego, moderación y consenso se enarbolan como estandartes, está produciendo los efectos deseados, esto es, mejorar la vida de la gente.

Con Cataluña y Euskadi, Canarias es una de las pocas comunidades españolas que no responde al modelo general, que consiste en que siempre el liderazgo del gobierno está en manos de uno de los dos grandes partidos, PP y PSOE,  pues Coalición Canaria, desde su creación a principios de los años 90,  rompe esa norma, y la supuesta alternancia, que sería la consecuencia de las urnas, se ha materializado en la presencia apabullante de CC en la presidencia, y una legislatura, una sola (2019-2023), en la que otro partido se alzó con el liderazgo.

 

Y no es porque siempre CC haya ganado las elecciones, porque mantuvo la presidencia incluso cuando no fue la fuerza más votada. De hecho, el PSOE fue el vencedor en las elecciones que dieron lugar a la actual y muy calmada legislatura, y también ocurrió en 2011, cuando López Aguilar obtuvo un respaldo muy superior a los demás y acabó en la oposición. No pasa nada, es un sistema parlamentario, ahí tienen a Feijóo sin presidencia después de haber ganado las elecciones. Gobierna quien consigue más apoyos en el Parlamento, aunque los propios parlamentarios suelen olvidarlo, cuando, en casos como los mencionados, ponen en duda la legitimidad de quienes gobiernan y sueltan el latiguillo de “gobierno de perdedores”.

 

De esta manera, deberíamos suponer que CC ha abanderado unos gobiernos desde las especificidades que provienen de los idearios nacionalistas, como ha ocurrido con el PNV y la ya desaparecida CIU en las otras dos comunidades mencionadas. Pero resulta que no, que esto ha sido un baile sin ritmo (bailoteo dicen en las taifas) en el que el mandador se apoya en pactos, preferentemente con el PP y fuerzas insularistas. Hemos visto cómo las sucesivas personas de CC que han ocupado escaño en el Congreso han esgrimido un discurso propio de fuerzas unionistas, y se mesan los cabellos cuando alguna voz del nacionalismo vasco o catalán rompe la moderación unionista. Recordemos a una exdiputada de CC a la que resultaba muy complicado encuadrar, por cómo hablaba y sobre todo por cómo votaba.

 

Hace dos años y medio, cuando se supone que se implantó el modo canario con el pacto de gobierno con el PP, ya había problemas con la inmigración irregular. Era un clamor el asunto de las tierras raras en las aguas canarias (sigue sin haber mediana), y hablábamos del desmadre de las viviendas destinadas a uso turístico o de los extranjeros con gran poder adquisitivo, que copan el mercado de compra de viviendas en un porcentaje que ya llega al 35% del mercado, por no hablar de los fondos buitre, o la total inacción en materia de construcción de viviendas sociales. Pero claro, siempre se invocan las directrices europeas, que por cómo se las gastan en algunos países de la UE solo rigen aquí, donde si tienes dinero, puedes acceder a todo, sin limitaciones, invocando el derecho a la propiedad privada, pero es que resulta que para que esa propiedad sea real primero hay que hacerse con el objeto, y si hay limitaciones no puedes comprar. Así que no hablo de propiedad privada sino del acceso a la compra de viviendas y qué uso se les va a dar.

 

Mientras aquí seguimos al modo canario, con la ropa de misa y los buenos modales, el gobierno de Madrid llega a acuerdos con el de Marruecos en los que se niega la presencia de una parte interesada como es Canarias, y más ahora, que en el carnet de baile de Marruecos también está Israel (Estado Unidos y Francia ya estaban). El caso es que con el modo canario ya no nos escucha ni Ángel Víctor Torres, que ahora está en el Gobierno estatal y curiosamente es el ministro encargado de la inmigración irregular y del acogimiento a los menores no acompañados y su distribución por todas las comunidades autónomas, que a su vez ponen peros a hacerse cargo de los menores que les corresponde porque el PP o los de Puigdemont así hacen política contra Sánchez, pero es que el Gobierno de Canarias está sostenido por ese mismo PP que a menudo dice y hace una cosa o la contraria según donde esté.

 

Ayer, el presidente y una representación económica, social y cultural fueron a Tarfaya. Por lo que he visto en los noticiarios, se jugó a tope la carta del modo canario, todo muy tranquilo y con muy buenas maneras. Lo que no sé es si esta puesta en escena es para crear líneas que aporten a las dos partes o, como resuena en nuestra memoria, son los otros los que, como casi siempre, sacan partido a su favor, y, por supuesto, unos pocos de los nuestros que luego no se refleja en el bienestar de toda la población canaria. De esas ha habido muchas; que ocurriera otra vez no sería ninguna sorpresa, ya estamos escarmentados.

 

Hace unos días el portavoz de gobierno canario volvió a insistir en lo del modo canario, pero ya va siendo hora de que Canarias le cante las cuarenta al partido con el que conforma gobierno, y también al que ocupa La Moncloa. Porque se pasan el día jugando al escondite entre lo que dicen en Canarias y lo que ordenan en Madrid. Pero claro, hay que ir con cuidado, no vaya a interpretarse -Dios nos libre- como radicalización, pues contravienen los conceptos mágicos: sosiego, calma, moderación, chissssssst, oooom…

 

Llegados a este punto, me pregunto, antes de que la convivencia y hasta la supervivencia en Canarias reviente como una aguaviva, si quizás deberíamos armar algo de ruido, aunque sea poquito. Es que pasan cosas como que profesionales docentes, sanitarios o de otros sectores, que han sido destinados a una isla no capitalina tienen que renunciar a un trabajo porque es imposible encontrar, alquilar o pagar un alojamiento en condiciones dignas y justas. Pero claro, eso puede sonar a bronca. Es que, con tanta calma y moderación, el futuro se escapa como el agua en un cesto. Einstein aseguraba que, para conseguir resultados diferentes, recomienda no hacer siempre lo mismo. A lo mejor el amigo Albert tenía razón. No sé, digo yo; por probar…

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¿Marruecos es tabú?

 

Mientras escribo estas notas, me llega el horror del accidente ferroviario en Adamuz. Nada que decir, aunque me temo que ya han empezado a vociferar para sacar partido político a la tragedia. Es la cristalización del estado de una sociedad superficial, el absurdo más estúpido, del que los manuales de Filosofía dicen que es el conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido. Esta definición académica puede evocar el enredo verbal de la adivinanza en la cual finalmente gritamos ¡la gallina! Por otra parte, parece que tiene poco que ver con la posverdad, pero sí que tienen relación; en su profundo desconocimiento de los insondable, el ser humano se agarra a ideas que le parecen certezas, aunque no lo sean, porque precisamente nos movemos en el filo de la navaja de lo real y lo imaginario, de lo concreto y lo intangible, de lo que puede verificarse y lo indemostrable. Esa tierra de nadie en la que tendría que habitar la duda es el espacio que ocupa la certeza de la mentira emocional.

 

 

Este asunto ha sido tratado tanto en la literatura como en la filosofía desde que estas existen, pero nunca tuvieron carta de naturaleza nominal hasta que Albert Camus la puso sobre la mesa en su libro El mito de Sísifo y la llevó a la práctica en su novela El Extranjero. El absurdo es tan dubitativo que paradójicamente desprecia la duda, que sería su territorio natural, y se balancea hacia un lado u otro con escasa posibilidad de que cambie el sentido del balanceo porque está construido con los mismos materiales que el fanatismo.

 

Ese absurdo del que hablamos es el pilar en el que se sostiene gran parte de nuestro día a día. Por ejemplo, Marruecos está siempre lanzando envites para conseguir más prebendas de la UE y de España; suenan las sirenas, y se silencian porque el Gobierno marroquí aseguró que no tomará ninguna medida unilateral, que es precisamente lo que tiene en proceso, mientras nosotros preparamos tranquilamente los carnavales. Y ahora resulta que Marruecos e Israel están a partir un piñón, y me pillan sin disfraz para la cabalgata carnavalera. Y desde hace mucho tiempo, no se entiende que el Gobierno de España (ningún gobierno) se quede quieto como un pasmarote, sin que se avance en acordar un trazado de la mediana basado en las leyes marítimas internacionales en vigor. Da igual quien habite La Moncloa. Ah, claro, parece el juego de siempre, pero es a la vez una manera de probar hasta dónde llega la fuerza del otro. Y no es precisamente tranquilizador que Donald Trump y sus bambucos anden merodeando, porque si es capaz de armarle la carajera de Groenlandia a un aliado fiable como es Dinamarca, Marruecos, El Sahara y Canarias pueden confundirse con los elementos necesarios para una buena barbacoa.

 

Vendría bien recordar al cónsul romano Catón El Viejo y sus advertencias sobre los cartagineses. Después de dos guerras, estos fueron derrotados por Roma, pero dejaron que la ciudad de Cartago siguiera en pie. Catón insistía en que había que destruirla porque si no renacería y sería un peligro. No le hicieron caso, y Cartago quiso vengarse de su anterior derrota, lo que ocasionó una nueva guerra. Volvieron a vencer los romanos, pero esta vez destruyeron por completo la ciudad y el paso de Cartago por la historia. La alusión a la guerra púnica predicada por Catón es, por supuesto, metafórica; lo que digo es que la diplomacia española flaquea cuando se trata de Marruecos; si no tenemos más datos podríamos pensar en presiones muy alambicadas e intolerables, o que hay gente se pone muy nerviosa porque teme que se tire de la manta y quede al descubierto qué fue lo que realmente sucedió entre bambalinas en 1975, cuando, con la coartada del nebuloso Acuerdo Tripartito de Madrid, se entregó a Marruecos la antigua provincia del Sahara.

 

Estoy convencido de que, si estas apetencias de expansión del dominio del océano se produjeran en las costas cercanas a La Península Ibérica, la reacción de Madrid sería otra, y es ya un status quo sellado hace mucho tiempo la línea divisoria entre ambos países en aguas limítrofes a Este y Oeste del estrecho de Gibraltar. ¿Por qué no se ha hecho lo mismo con las aguas canarias, como ha hecho Portugal con Madeira? Y se reduce al absurdo un problema que está ahí desde hace mucho tiempo y tiene visos de que será recurrente en el futuro, porque los fondos marinos ahora son más apetecibles por las noticias de que en ellos hay minerales valiosos, además del petróleo y el gas que pudieran explotar si se adueñan del control de las aguas. Puede que llegue el día en que la piedra de Sísifo, que hay que empujar una y otra vez por la ladera, sea tan pesada que no haya fuerza suficiente para subirla otra vez. Y contra esa ya conocida política de hechos consumados, ya sabemos que se acudirá a la ONU, que resolverá el problema con la misma rapidez y diligencia que ha resuelto el conflicto del Sahara Occidental. Es decir, lo que nos cuentan sobre las aguas canarias empieza a pertenecer al absurdo, porque es una sinrazón que no concuerda con la lógica más elemental. Pudiera ser que, en el futuro, la piedra de Sísifo gane mucho peso por intereses de países terceros; entonces no habrá forma de moverla. Ahora es el momento. Como Catón, me limito a advertirlo.

 

De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que nada hay que dar por supuesto. De repente, aparece una noticia que parece una perogrullada e incluso una chorrada pero que viene a confirmar que creíamos que algo era de una manera y resulta que no. En el borrador de este artículo pensaba rematar con una de las genialidades dialécticas de Groucho Marx, pero ni es procedente ni respetuoso mientras en Córdoba todavía están tratando de ponerle nombre a los muertos. Este es uno de esos días en los que pululan los falsarios tratando de aparecer como patriotas, y harán malabarismos y aprovecharán para seguir haciendo política basura. Así ocultan el gran tabú de Marruecos porque, desgraciadamente, la mentira está de moda.