Los eclipses y la fin del mundo (sic)
Ahora que hay eclipse total aunque desde Canarias no pueda observarse a plenitud, tal vez sea el momento de recordar el que sí pudimos ver los habitantes de estas islas hace 67 años. Desde la realidad de la literatura, se vivió así:
“César Ayala tenía los mismos años que el siglo. El tiempo había hecho realidad el sueño de su juventud: ser dueño de un puesto de venta en el mercado en el que vio pasar su adolescencia trabajando por un jornal. Atrás quedaron las guerras del Rif, la vida de emigrante en Santiago de Cuba y el miedo de la Guerra Civil. Seguía frecuentando el bar de la calle La Pelota, donde cada madrugada Toribio le hacía leer en voz alta el periódico. En 1959, César ya era abuelo, y Toribio había legado el bar a su hijo.

Las costumbres también habían cambiado para ellos. Ahora no se veían al amanecer. La hora de la cita en el bar era a mediodía, después de que cerrara el mercado y César Ayala dejara el puesto limpio por si al día siguiente pasaban los inspectores de Abastos. A esa hora, de camino a su casa en uno de los riscos que dan anfiteatro a Vegueta y Triana, Ayala entraba en el bar y se sentaba a la única mesa que sobrevivía entre aquellos vestigios de serrín y barricas añejas.
Toribio lo esperaba como todos los días, acomodado en una banqueta, debajo de un almanaque de hacía varios años y barajando las cuarenta cartas con las que jugarían el inexcusable subastado de cada mediodía. Estaban preocupados porque Roquito no se había dejado ver en toda la mañana. Y él nunca faltaba a un subastado. No importaba. La vieja amistad entre César y Toribio les llevaba siempre a los buenos años en que Ayala, aún muy joven, leía el periódico a los clientes.
-La carta de Fátima me tiene hablando solo -comentó el anciano-; ¿se acuerda cuando usted nos leyó lo de las apariciones de la Virgen, en el año diecisiete?
¡Claro que Ayala se acordaba! Y las predicciones de las dos cartas que habían sido abiertas se habían cumplido. Faltaba la tercera, la que según se decía abriría el Papa en 1960. En las tertulias se especulaba sobre el contenido de la tercera y definitiva carta que la Virgen había entregado a los pastores portugueses. Se decía que anunciaba la destrucción del mundo y el Juicio Final.
-Usted no haga caso a lo que diga la gente, Don Toribio -lo tranquilizaba Ayala-, el mundo se acabará para cada uno cuando se vaya para las chacaritas; aquí no vamos a vivir siempre, y si se ha de acabar, me gustaría verlo.
-No sea hereje, Ayala -le recriminaba el viejo, que con la edad se había vuelto temeroso.
Después de muchos años de guerra, hambre, emigración y cartillas de racionamiento, las cosas empezaron a enderezarse en los años cincuenta. La isla se entretuvo contándose verdades, mentiras y fábulas. El terrible asesinato de Chanrai daba para muchas conjeturas, y para acabar, el invento de la perra Chona desenterrando huesos en los alrededores de San Lorenzo y Almatriche metió el miedo en el cuerpo a quienes tenían algo que ocultar.
Al final de la década, una conversación acabó por empequeñecer a todas las demás: la tercera carta de Fátima. Acaso por deformación indiana de tanto ir y venir al Caribe, al cataclismo final lo llamaban en Canarias «la fin del mundo», en femenino, como a los huracanes antillanos que entonces eran bautizados irremediablemente con nombre de mujer. Según pasaban los meses de los años de la década de los cincuenta, el temor iba apoderándose de aquellos que menos información tenían. El temporal del 55 y la plaga de langosta del 56 parecieron avisos claros de que la supuesta profecía estaba a punto de cumplirse.
En eso, llegó al bar la noticia de que Roquito había muerto, y citaban para el entierro al día siguiente a las diez. César Ayala consoló a Toribio y se fue a comer. El día del entierro, Ayala cerró el puesto del mercado a las nueve y acudió a despedir a Roquito. Como el difunto era de Santo Domingo, el trámite acabó pronto. Antes de las once ya habían dado el pésame a los doloridos en la puerta del cementerio de Las Palmas. Era casi obligado pasar por un cafetín a echar una copa en memoria del finado, y a Ayala no se le ocurrió nada mejor que llevar a Toribio a un tienducho de aceite y vinagre que también despachaba copas por la zona de plataneras más allá de Vegueta.
Caminaban despacio por la vieja carretera de salida a Telde y el Sur cuando empezó a oscurecer. Eran las doce menos cuarto de la mañana del 2 de octubre de 1959. No había una sola nube. Toribio se paró en seco y empezó a atar cabos:
-Esto es la fin del mundo, Ayala, y se ha adelantado.
César Ayala tampoco las tenía todas consigo. Todo aquello del fin del mundo le pareció siempre pura charlatanería, pero que se le hiciera de noche antes de las 12 del mediodía eran palabras mayores.
– … Pues … no sé qué decirle, don Toribio -titubeó César, que iba contagiándose del miedo de su amigo, a medida que se echaba encima la imprevista noche cerrada, las palomas dejaban de volar y las gallinas buscaban un palo horizontal donde dormir.
Los dos hombres quedaron sin habla hasta que el día comenzó a clarear de nuevo, dos minutos después. Poco a poco, el Sol recobró su brillo primaveral y César empezó a pensar que todo aquello debía tener alguna explicación que él desconocía; para Toribio, era otro aviso.
-Pero si usted ha vivido casi 80 años, ¿qué más le da morir de una cosa o de otra? -le dijo Ayala cuando hubo recuperado el ánimo.
Si César Ayala hubiera conservado la costumbre juvenil de leer el periódico, se habría enterado con antelación de que acababan de presenciar uno de los mayores eclipses de Sol del siglo XX. Para decepción de Toribio, el mundo no se acabó en 1960, y el Papa, si es que entonces abrió la tercera carta de Fátima, no dijo lo que ponía.”
(Fragmento de Crónicas del Salitre, libro del autor del artículo)

