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Contamíname, Chacho

 

De toda la vida, lo canario parece ser que es solo aquello que se asimila al folclore, a la artesanía y a la tradición, y cuanto más rústico, mejor. Es más canario quien canta folías que quien hace rock, quien trenza palmas que quien instala ordenadores, quien recita odas al Roque Nublo y a los guanches que quien representa una obra de Pirandello. Pues no, porque así ni Cernuda era andaluz, ni Dalí catalán, ni Zarra vasco, que jugaba un extraño deporte inglés. Se confunde lo canario con el costumbrismo. Es fundamental recuperar nuestras tradiciones (las positivas), fomentar nuestros valores y divulgar entrañables usos para que no se pierdan; pero es que se asimila lo canario a la ruralidad ancestral, y en Canarias hace siglos que nacieron centros urbanos.

 

 

Lo usual es que los urbanitas, cuando quieren ir de canarios se calen un cachorro, se pongan una chaqueta de estameña o se vistan como los campesinos de hace cien años. Es necesario entender que hay personas que se sienten canarias y luego pintan abstracciones, juegan al baloncesto, tocan jazz, escriben novela urbana, enseñan a leer y hasta visten como en Londres, porque uno de nuestros distintivos siempre fue estar abiertos al mundo, por eso tenemos grifos en casa y no vamos a buscar el agua en bernegales a las fuentes públicas. Para mí, lo canario es una manera de ser.

 

Los políticos van sobrados de canarismo a tope y de llanto por lo que supuestamente nos debe el mundo. No se cansan de pregonar nuestros valores, aunque luego poco se ocupan de desarrollarlos. Últimamente, repiten que «Canarias es mucho más que Gran Canaria y Tenerife». Es que por lo visto hay otras islas, que también son canarias, que llevan más de 40 años aportando la mitad de los diputados al Parlamento, a pesar de que su población es más o menos la décima parte del total, en cuya representatividad exagerada se ha venido sosteniendo una forma de gobernar muy “creativa”, y de eso no están libre de culpa ninguna de las tres formaciones que en algún momento han conformado el Gobierno Autonómico. Mientras se hace una campaña para que usemos el “ustedes” en lugar del “vosotros”, se permite que se pierdan plazas de profesorado canario en favor de foráneos que deben dominar el habla isleña de aquella manera. Todo muy coherente.

 

Pues ya está resuelto el problema. Tenemos talento. Y como lo tenemos desde siempre, está claro que esa es la razón por la que no hay carencias en nada. El talento es suficiente, es nuestro petróleo. Y con tanto talento sería incluso un despilfarro invertir en Educación. Por eso no hay desempleo. No sabía a qué se debía, pero era al talento. ¡Ah! Que me dicen no, que estamos en uno de los últimos lugares en salarios y en la cola del desempleo entre los territorios españoles, y que la culpa de todo la tiene la perfidia de los gobiernos centrales, donde por cierto se han sentado siempre, siempre, siempre los socios en cada momento del partido del presidente. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Pero hay esperanzas, hay una declaración institucional unánime sobre la financiación autonómica y en Madrid están temblando. Por otra parte, cada año batimos récords de visitantes, y como también ha aumentado el gasto por turista, lo que genera más trabajo, mejores salarios y más estabilidad en el empleo. Ah, que no es así… Pues no lo entiendo, si  tenemos un montón de talento…

 

Pero ha llegado el momento en el que han surgido unos superhéroes que van a poner a Canarias en el mapa. Es que, por lo que se escucha, nunca se ha sabido fuera nada de Canarias, aunque yo he leído por ahí que ya navegaron nuestras costas hace 2.700 años los Fenicios contratados por el faraón Necao II, en un viaje que rodeó el continente africano. Tampoco sabían de Canarias los clásicos griegos que hablaban del Jardín de las Hespérides, o los viajeros medievales genoveses, malloquines o berberiscos, y por lo visto Colón, Juan Sebastián Elcano y todos los que fueron después a América o a rodear el planeta pasaron por aquí de manganilla, porque como Canarias está tan a trasmano y no en el centro de todas las rutas tricontinentales nunca se ha sabido dóndes están. Tampoco sirven como referencia viajeros ilustres como Humbolt o Darwin y el trasiego de británicos, franceses o españoles de todas las regiones peninsulares, o los 18 millones de turistas, que ya no sabemos dónde meterlos.

 

Es obvio que el mundo sabe quiénes somos y dónde estamos desde hace miles de años. Siempre ha llegado todo hasta aquí. Tuvimos agua corriente, alumbrado público y usamos los cubiertos para comer mucho antes que en La Península porque nuestros puertos nos abrían al mundo, pero también es verdad que de aquí salía muy poco. Ahora, resulta que, a partir de la publicación de algunas novelas en las que se usa y aplaude nuestro léxico, o de música urbana que habla de nuestras tradiciones, lo canario es valorado. ¿Qué ha cambiado? Está claro, fuera han decidido que esa literatura y las letras de esas canciones tienen mercado; haciendo lo que siempre hemos estado haciendo resulta que ahora es valioso.

 

Debemos celebrar que nuestra música y nuestra literatura, con “munición canaria” esté en los grandes circuitos, lo que, salvo en algunos momentos puntuales (me acuerdo ahora de Las llaves de la moto del grupo Palmera), lo canario estaba condenado en los grandes mercados. Puedo enumerar una nutrida lista de nombres de magníficas voces literarias canarias cuyos manuscritos eran rechazados por los editores porque casi venían a decir que aquello no era español normativo.

 

Felicitemos a las mujeres y a los hombres jóvenes que abanderan este momento, pero no olvidemos que esto que están creando se ha venido haciendo desde hace muchas décadas. ¿O es que Alfonso García-Ramos (y cien más) que celebramos este año institucionalmente, no escribía de nuestras cosas y con nuestras palabras? ¿Es que Los Hermanos Ríos, Elio Quiroga Juan Carlos Falcón o Javier Caldas no han hecho películas con todo eso que ahora se vende tan bien? ¿Cantaba Mestisay en georgiano? ¿Ensalzaba Rosana las gestas de los cosacos? ¿Braulio y Caco Senante incorporaban expresiones polacas y albanesas en sus canciones? ¿Los Sabandeños, Los Gofiones y Los Campesinos entonaban maitines en latín? ¿Qué olvido canario había en la canción Contamíname de Pedro Guerra? ¿Cantaban Los Coquillos a la playa carioca  de Copacabana? ¿No fue el grupo Efecto Pasillo el que debutó con un tema titulado Chacho? ¿A qué se refería el grupo de rock El eructo del bisonte cuando, en 1978, cantaba la neblinosa expresión Mar de nubes?

 

No, no han surgido de pronto supercanarios juramentados para mostrar Canarias al mundo. El talento, el trabajo y las intenciones siempre han estado; simplemente, ahora el mercado exterior ha dicho sí. Celebro que se haya abatido la puerta, pero, si olvidamos a quienes llevan años, décadas, siglos empujando, sería una paradójica contradicción. Cosa tampoco rara en Canarias.

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Tanto ruido da pereza

 

Seguramente poco se dice sobre por qué Occidente está ahora confuso y miedoso. Es bien sabido que esta deriva -especialmente de Europa- se fraguó en los años 80 del siglo pasado por un entramado cuyas cabezas más visibles fueron Reagan, Thatcher y el papa Juan Pablo II, pieza fundamental para el primer gran paso, que era el desmoronamiento del sistema soviético, que empezó en Polonia. La secuencia se ha ido desarrollando ante nuestras narices, y cuando alguien advertía lo que se estaba maquinando lo acusaban de cualquier cosa que lo desautorizara o que oliera a azufre demoníaco.

 

 

La idea era volver a tiempos pasados, acabar con el estado de bienestar y apoderarse no solo de los medios de producción sino también de las vidas hipotecadas de las personas. Primero lo hicieron soterradamente, hablando de globalización, luego fueron un poco más claros y se habló de deslocalización y finalmente, al rebufo de una crisis económica inducida, dieron un puñetazo sobre la mesa para dejar muy claro quién manda aquí. En esas estamos, porque la crisis visible surgió en 2008 pero el proceso empezó a enseñar las orejas desde la huelga de mineros ingleses (1984-85), que curiosamente coincide en España con lo que llamaron reconversión industrial, y que no era otra cosa que la preparación de los sectores públicos para que pudieran ser privatizado, cosa que sucedió en las décadas siguientes.

 

Todo lo que un estado debe garantizar a favor de la ciudadanía, como la energía, el transporte, las finanzas y las comunicaciones, ya está en manos privadas, y ahora tratan de privatizar sanidad y educación, como ya sin careta expresa la patronal española. Y no se ruborizan personajes que se arrogan méritos económicos, que seguramente son aplaudidos por quienes se llevan los beneficios de esas subidas del PIB, pero que condenan a la inmensa mayoría a salarios casi de esclavitud. Van tan sobrados, que mienten a sabiendas de que conocemos sus mentiras, pero siguen por ahí, amenazado a quienes les echan en cara sus abusos, galopando una corrupción que hasta creo que les parece legítima, porque ellos son el poder y cualquier intento de equilibrar la sociedad lo consideran una blasfemia económica, porque por lo visto, como los tronos medievales, el dinero también proviene de Dios.

 

Como en la vieja canción Mis noches sin ti, tiemblo al pensar en los meses de ruido electoralista que se nos viene encima. Decía Einstein que si haces siempre lo mismo no esperes conseguir resultados distintos, y aquí parece que todo el mundo sigue machacando su yunque, porque no saben proponer otra cosa o tal vez con la esperanza de que se vuelva realidad el principio goebbeliano de que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad. Ya estamos en una precampaña que puede duran más de un año.

 

Es entre cansina y enloquecedora la lista de frases que una y otra vez venimos escuchando, y que superan lugares comunes como «brillar por su ausencia», «marco incomparable» o ese que nos habla de algo «como Dios manda», y nunca nos dicen cuándo, dónde y a quién mandó Dios hacer una paella, bailar una polca o cortarse el pelo de una determinada manera. Lean y verán que tengo razón:

 

Estamos en el buen camino. Vamos a conformar un gobierno de cambio. España necesita un gobierno constitucionalista. Es la hora de un gobierno transversal. Necesitamos un gobierno progresista. Es necesario crear la cultura del diálogo. Urge acometer la regeneración democrática. Reformemos la Constitución porque hay muchos españoles que no la votaron en 1978. La reforma de la Constitución no es una urgencia, nos ha servido casi medio siglo. Hay que plantearse una nueva forma de relación entre los territorios que forman España. Hemos iniciado la desconexión con España. No vamos a permitir la secesión de un trozo de España. El mandato de los ciudadanos es claro: debe gobernar la lista más votada. Quien elige presidente es el Parlamento. En nuestra fuerza política todo el mundo apoya el liderazgo actual sin reservas. En la mayor parte de los estados de la UE gobierna una gran coalición de los conservadores y los socialdemócratas. La gran coalición solo se da en poquísimos países de la UE… Pero cada idea no es exclusiva de muchos, que las utilizan a favor y en contra según el momento.

 

De todas esas frases (no sé si ideas) la que resulta más enigmática es la de la regeneración democrática, una expresión que puede significar cualquier cosa, lo mismo que la lucha contra la corrupción o el interés general, algo evanescente que todos nombran pero que no definen porque en realidad son un mantra espiritual que podría haber cantado con estilo Aretha Franklin. Si a esto añadimos las homilías de Felipe González, Aznar, Zapatero (Anguita también tuvo su púlpito), ya solo faltaba que derramara sobre nosotros su magisterio el pez más gordo. Y lo ha hecho en un libro en francés.

 

Y ya estamos en el ensayo general del Día de Canarias, que seguramente viene calentito después “los regalitos” que han intercambiado Clavijo y Torres. Creo que el momento de felicitarnos por la magna fecha del 30 de Mayo sería cuando la normalidad sea que pasen estas cosas:

Que la actividad económica genere puestos de trabajo remunerados dignamente en la misma proporción.

Que no haya personas que estén en peligro de pobreza severa o exclusión social.

Que nuestros jóvenes universitarios no tengan que emigrar y el desempleo juvenil sea memoria.

Que haya un acceso razonable a una vivienda digna.

Que la sanidad vuelva a ser bandera de nuestros servicios públicos.

Que se devuelva a la educación pública el valor y el respeto social que merece.

Que las personas con dependencias tengan la ayuda que necesitan.

Que las mujeres y todas las minorías sean tratadas con justicia e igualdad.

Que la cultura sea un orgullo y no haya una inercia hacia la ignorancia programada.

Que las personas que acceden a las instituciones actúen TODAS en bien del interés general y no en el de su partido o para proteger los intereses de unos pocos o los propios.

Que se genere el respeto y la valoración reales que merecen personas y colectivos que han dado mucho a los demás.

Que entendamos que no pueden engatusarnos con unas quesadillas y un sancocho y que Canarias es mucho más que un timple y una manta esperancera (de Manchester, por cierto) o un reguetón con Auto-Tune.

Entonces celebraremos de verdad el Día de Canarias. Así sí.

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Pedro, el lobo y el Holandés errante

 

Esopo, autor de la antigüedad arcaica griega, imaginó, inventó o recopiló docenas de fábulas. En buena parte de ellas, los animales representan a seres humanos o sus pasiones, virtudes y defectos (antropomorfismo). Estos relatos han atravesado más de 25 siglos, y han servido como inspiración de otras obras, pues, aunque la mayor parte tienen un esquema de relato infantil y su moraleja indispensable, como toda obra valiosa tiene muchas lecturas. Nombres insignes como fabulistas, del peso de Lamartine, Samaniego o nuestro paisano Tomás de Iriarte nunca negaron que Esopo es la fuente inicial del género y de muchas otras fábulas que él no escribió pero que dejó flotando en el ambiente.

 

 

Los estudiosos de la Literatura han dejado bien claro que muchas de las grandes y fundamentales obras que conforman las columnas de toda la cultura occidental tienen su primera piedra en una aparentemente sencilla fábula de Esopo que huele a parvulario: El águila y la zorra, El escorpión y la rana, El león y el ratón, La cigarra y la hormiga, La liebre y la tortuga, La zorra y las uvas… Una de las fábulas de Esopo que ha pasado de puntillas dos milenios y medio es El pastor mentiroso, que hoy se conoce más después de que la reescribiera el compositor ruso Prokófiev en 1936, para atender el encargo que le habían hecho de una obra musical pensada para estimular a los niños en el amor a la música. Le dieron un guion para que basara en él una composición, y como no le gustó lo que le entregaron escribió él mismo el texto, haciendo una adaptación libérrima de la fábula de Esopo. Solo cuatro días después se convertiría en el poema sinfónico Pedro y el lobo, que entonces no tuvo un buen recibimiento, pero que hoy es un clásico contemporáneo.

 

Con los dirigentes políticos está pasando lo mismo que en el cuento de Esopo/Prokófiev, que vienen una y otra vez anunciando que viene el lobo y luego no hay tal lobo o es simplemente un gato manso y asustadizo. Nos han anunciado tantas veces a ese lobo terrible, que, si alguna vez viene de verdad, seguramente no lo creeremos porque ya nos han engañado mil veces. También ocurre lo contrario, que nos dicen que no hay peligro y luego no solo viene un lobo, sino una manada hambrienta y furiosa.

 

Con todo este asunto del hantavirus y el crucero anclado en aguas de Cabo Verde como un barco fantasma de escenario, y que encima tiene bandera de Países Bajos, por lo que le cuadra perfectamente El holandés errante, una leyenda que tiene que ver con pactos con el diablo o historias marineras, y que se ha visto muy reflejada en obras literarias y, sobre todo, en la ópera de Wagner del mismo título, aunque en ninguna de las muchas versiones que hay de la leyenda queda claro si El Holandés errante es el capitán o el propio barco fantasma.

 

Pues El Holandés errante ha vuelto a aparecer, combinado con El Pastor mentiroso que luego fue Pedro y el lobo. Ushuaia, Santa Elena, Cabo Verde, Canarias y no sabemos si llegará alguna vez a su Holanda de origen.  Nos han dicho una cosa y la contraria y se ha generado un sainete sin risas entre los gobiernos de Canarias y el Central. Y como ya estamos acostumbrados a que nos pase como con los anuncios del pastor mentiroso del cuento, nunca estamos seguro de si nos mienten, nos dicen solo una parte de la verdad o hacen un mixto. Como el miedo es yesca para el fuego político, cada cual lo utiliza a su manera, y hemos visto estos días acusaciones de prepotencia, colonialismo, insolidaridad territorial e incluso humanitaria. Demasiados aullidos, y no podemos hacer actos de fe cuando los predicadores son los mismos que no vieron venir la COVID-19, o los que la utilizaron en beneficio propio. Ahora seguramente es distinto, pero es que despierta recuerdos de hace 6 años, cuando nuestro mundo se desmoronó.

 

Espero y deseo que todo se resuelva favorablemente, pero seguro que lo alargarán en el tiempo, cada vez con más volumen de griterío y de insulto. Es lo que siempre pasa en España, salvo en algunos períodos muy cortos en los que parecen recuperar la cordura. Si en los próximos meses el turismo sigue boyante, para unos será porque España es la leche de solidaria y para otros porque Canarias se plantó; si baja la demanda, será porque Madrid no tuvo sensibilidad con Canarias o porque Canarias fue insolidaria.

 

Rastreando posibles explicaciones a esta jaula de grillos, vuelve la burra al trigo y a la teoría de Américo Castro que me persigue, pues afirmaba el profesor que España es como es porque, cuando fue invadida por los árabes en el siglo VIII, dejó de gravitar alrededor de la romanidad y el europeísmo y se circunscribió al credo cristiano. De ahí nace esa incapacidad para el perdón y el resabio que regurgita una y otra vez por cualquier razón, que si no existe se busca, porque es como la naturaleza del escorpión (otra vez Esopo), con el añadido del peso que el judaísmo siempre tuvo durante la Edad Media. Esta teoría puede mantenerse desde el discurso, pero ha sido siempre muy polémica; su aventajado alumno, el canario Juan Marichal, incidía en que a don Américo Castro se le critica porque no se quiere aceptar de verdad que España es el resultado de la coexistencia y de la lucha entre cristianos, musulmanes y la importancia que señaló Américo Castro del factor hebreo y sobre todo de los judíos conversos.

 

Por su parte, don Pedro Laín Entralgo decía: «hay hombres pontificales, que unen; pero en nuestra historia y en el presente abundan los hombres hereticales, que son los que saben dividir y enfrentar y lo hacen a ciencia y a conciencia» (la segunda parte la entiendo bien). Por discursos enrevesados que no quede, pero tal vez entendamos mejor las claras palabras de Antonio Machado, para explicar y entender ese espíritu guerracivilista que lleva siglos reproduciéndose, que vuelve repetidamente a un punto que creíamos haber dejado atrás para siempre.

 

Lo que sí es seguro es que, en tiempos de confusión, tratan de medrar los falsos profetas. Hay que cuidarse de ellos, que se ensañan con la debilidad como los buitres. Como siempre, en tiempo de tribulaciones, recurro a la literatura, otra vez a los versos del poeta tinerfeño Iván Cabrera Cartaya: “Te confieso que ahora justamente / no quisiera quedarme solo./ Solo y lleno de pánico / en este templo donde vuelven / a entrar, tímidos e incansables, / los irritantes profetas”. Es decir, estoy hasta el gorro de pastores mentirosos y de holandeses errantes.