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Piñita asada…

 

Hay en esta ciudad un edificio cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Dos personas (hermanos, pareja) convivían en la vivienda 3ºB, heredada en dos generaciones, cuya terraza está pegada a la del vecino, con una leve tela metálica de separación que solo sirve para establecer el lindero, de tan poca altura que se puede pasar de un lado a otro sin esfuerzo. Siempre ha habido disputas sobre el espacio de la terraza, puesto que el vecino les reclama de vez en cuando un par de metros cuadrados de un saliente del frontis, incluso ha acudido a consultas con la abogada del 5ºC, que por lo visto no veía cómo acometer sus pretensiones con la confusa documentación que aportaba.

 

 

Había comprado su vivienda hacía unos años, y reclamaba la propiedad del balconcillo alegando derechos adquiridos; en fin, que había cierta tensión vecinal, aunque también períodos de buena convivencia, pues compartían wifis de distintas plataformas de uso indistinto y así abaratan las facturas. La economía hace amigos raros, aunque surgen algunos roces cuando las macetas de una terraza desaguan hacia un lado u otro, lo que desemboca siempre en culpabilizarse mutuamente de humedades que no han aparecido ni aparecerán, salvo que Casimiro Curbelo ponga como condición para apoyar gobierno suspender la Ley de la gravitación universal, con lo que se ahorraría mucho presupuesto en vallados para las carreteras.

 

Tal vez con cierta prepotencia, nuestros dos habitantes tienen instalada la barbacoa en el saliente de la terraza que es objeto del conflicto. Y, tretas del destino, mientras hacían otras tareas en el interior de la vivienda dejaron sobre la parrilla unas piñas de millo tierno que habían comprado en el mercadillo de San Mateo, previamente remojadas en agua y sal, para que se asaran al calor muy lento de unos pocos carbones, porque ya se sabe, “piñita asá, piñita mamá”, y si es con poco calor, más sabrosa.

 

Nuestros propietarios se despistaron y de pronto empezaron a escuchar gritos de los habitantes de las casas de enfrente y hasta del propio vecino contiguo, porque el toldo que los protegía del sol, de la lluvia y del polvo estaba empezando a arder. Enseguida, uno de los dueños se fue a la alambrada fronteriza y empezó a acusar al vecino de haber provocado el incendio, y este se defendió alegando que, menos mal que él se había dado cuenta y había avisado, que si no, ni se habrían enterado.

 

El otro dueño increpó al primero, con aquello de que siempre está en Hermigua con el guarapo, que no se entera de nada y que vivir en la misma casa con él es un peligro, y encima acusa al vecino de sus errores. El primero no se calló, y mientras la llamita del toldo seguía agrandándose, responsabilizó a su compañero del desaguisado, porque, según él, ese día le tocaba hacer la comida, por lo que era responsabilidad suya atender la barbacoa y no ponerse a contestar mensajes por el móvil. Se oyó entonces un golpe fuerte en la puerta, acompañado por unos gritos. Era el presidente de la comunidad, que vivía justo en el siguiente nivel y corría como una exhalación hacia la terraza con el extintor que está en el pasillo, mientras maldecía en sánscrito (era un friki de las lenguas) y pregonaba que estaba harto de que él tuviera que estar en todo.

 

Pero el extintor no funcionó. Miraron la fecha de caducidad y estaba sobrepasada. Inmediatamente, el presidente de la comunidad echó las culpas a la presidenta anterior, y esta, que ya estaba presente atraída por la rebambaramba, se defendió diciendo que avisar a la empresa de los extintores era función del secretario; pero este ya no podía responder porque no cuadraban las cuentas y se había largado meses antes, dicen que a La Laguna porque no hay tratado de extradición. A nadie se le ocurrió llamar a los bomberos o mirar en los pasillos de los demás niveles por si había extintores que no estuvieran caducados. Nada. A todas estas, la llamarada crecía, y los propietarios, el vecino con el que se disputaban el balconcillo, el presidente actual de la comunidad de propietarios y la saliente continuaban desviando responsabilidades hacia el del 1ºA, un centrocampista que jugaba en el Club Rehoyano, e incluso trataron de involucrar a un uniformado vestido de azul marino que se había ido a toda pastilla en una moto, aunque no pudieron concretar si era el trompeta de la banda municipal o el suboficial de La Marina de Tejeda. Se diría que el gran problema era dirimir quién dijo, quién no dijo, quién hizo, quién no cumplió, pero ni una sola acción encaminada a apagar el fuego, todavía controlable.

 

Llegó entonces el pejiguera del 2ºA, un jubilado exfuncionario del ministerio del miedo, que aseguraba que era cosa de unos tahitianos que habían alquilado en el 4ºD, y que él desconfiaba de ellos porque “hay que ver cómo van vestidos, y se juntan con los tatuados del local comercial; tampoco me fiaría del vecino que ambiciona su balconcito, con esos sombreros que se pone y que salió en la televisión porque ha escrito un libro. Encima es poeta ¡Poeta! ¿Entienden? ¿Cómo puede uno fiarse de esta gentuza? Poeta, ¡por Dios Santo!”

 

Fue entonces cuando arribó hecha una furia la abogada del 5ºC. Después de llamarlos totorotas, proclamó que sin duda era un atentado programado por una empresa fantasma con sede en Tasartico, que estaba intentando hacerse con toda la zona para construir un barrio de superlujo y acabar con los viejos edificios del año de Lolita Pluma. “¡Es la gentrificación, imbéciles!” gritaba a pleno pulmón, y aportaba la hipótesis de un ataque a distancia, con un láser disparado desde uno de los pisos de enfrente, con lo que se abonaba la posibilidad de un topo infiltrado, y se aventuró incluso a señalar al novio de la hija del relojero, que entraba y salía del barrio en horas sospechosas (tampoco dijo cuáles son esas horas). Saltaba a la vista que la abogada estaba escribiendo una novela de espías.

 

Para entonces, el fuego se había extendido por las balaustradas de madera, estilo castellano, moda rompedora hace una pila de años. Si llegaban los bomberos sería porque algún transeúnte los llamó, cosa poco probable porque, al ver la magnitud del fuego, pensaría que la emergencia estaría activada. Unos por otros y el frontis como las hogueras de la Noche de San Juan.

 

Con estos datos, ¿qué puede salir mal? Ah, sí, ya he recordado, el incendio es en el Edificio Ceuta. Ya saben “piñita asada…” Eso es, Ceuta.

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El ancla de Teror

 

Hoy es El Pino en toda la isla, y el próximo domingo es el Charco de La Aldea; ambas fiestas son, con la Rama y Los Carnavales el cuarteto festivo más particular de Gran Canaria, aunque los últimos se han ido desvirtuando, con la coartada de la gran creatividad que genera un gran negocio. El Pino va más allá de lo religioso y es una fiesta que nos induce a la reconstrucción de nosotros mismos. Es un cofre de la memoria de miles de personas y de referencia colectiva de los grancanarios. Los caminos hacia Teror forman parte de las costuras de esta isla, y para muchos es una referencia que nos lleva a personas que ya no están, pero que vivían esas creencias y esas costumbres de una manera rigurosa. Y sería una lástima que esa memoria hacia quienes nos precedieron se perdiera, así que tampoco podemos dejar que las nuevas generaciones ignoren esos puntos de anclaje. Porque El Pino, La Rama y El Charco son celebraciones que también tiene una vertiente religiosa, pero son otra cosa, algo que trasciende a una fe determinada. Eso sí, como es habitual, La Iglesia se apunta el tanto.

 

 

En la ruralidad de la isla, las promesas a la Virgen del Pino casi siempre eran contraídas por las mujeres, y tenían que darle por los codos a los hombres para que las acompañaran caminando a Teror, y ellos cedían gustosos porque esa caminata iba acompañada de parranda. Las mujeres eran las que llenaban las iglesias en las misas de madrugada de los domingos y fiestas de guardar, porque, al salir el Sol, tenían que estar disponibles para hacer los desayunos, cuajar la leche recién ordeñada y luego hacer el queso.

 

En calidad de monaguillo ocasional, tiritando, empapado y medio dormido, acudí a aquellas misas de 6 de la mañana, portando uno de los faroles o hachones que confluían en el santuario, en procesión de noche cerrada por los caminos reales. El cura justificaba en el púlpito la ausencia de los varones porque ya venían las mujeres a rezar por ellos. Los hombres se limitaban a confesar y comulgar cada Viernes Santo, y que las mujeres pagaran la hipoteca de sus pecados en misas alumbradas por luces de carburo, porque entonces solo había luz eléctrica en los pueblos más grandes, pero vete a encender una bombilla en pagos como Juncalillo, Las Lagunetas o Tenteniguada. También es curioso que la mayor parte de las promesas masculinas eran a Santa lucía, cuando tenían algún percance que les afectaba a los ojos.

 

Me asombra a veces cómo, desde la mejor intención, se proclama que hay que reivindicar las tradiciones, pero yo digo que estas deben ser tomadas de una en una, porque cuando las mujeres, con una cesta pesada, o lecheras imposibles que se sostenían con un rodillo de tela sobre la cabeza, bajaban por el Camino Viejo de Tafira, estaban firmando su invalidez temprana porque muy pronto tendrían las rodillas, la espalda y el cuello destrozados por el peso. También las gangocheras (vendedoras de pescado) y las lavanderas, con la cintura encorvada sobre los lavaderos o en las piedras, pintadas por los artistas indigenistas, que, indirectamente, son homenajeadas por Néstor Álamo en una de sus canciones, cuando dice “En el barranco la Virgen / lavó y tendió sus pañales”. Y si lo hacía La Virgen, sería bueno para todas las mujeres. Pues no, era una condena. Muchas de las tradiciones son el hierro que ha marcado a fuego casi genético algunos -ismos reaccionarios que afloran al menor despiste.

 

Pero siempre está la memoria. Con haberme impresionado mucho algunas miradas de cine, como la de Ingrid Bergman en la oscuridad del despacho de Rick en Casablanca, o el dolor por la muerte de su hijo de Jack Lemmond a través de un cristal en la película Missing, nada es comparable a la mirada sin destino de alguien que ya no conoce ni entiende los que ve. Cuando deterioros cerebrales de diversa índole están muy avanzados, los enfermos miran al vacío, de una forma tan aterradora que parece que lo adivinan todo, que lo saben todo. Tal vez sea así, por eso la llaman «La mirada de Dios», y es un contrasentido porque esa mirada indica justamente lo contrario: que no se están percatando de la realidad inmediata.

 

He leído que en Canarias el índice de este tipo de enfermedades degenerativas es mayor que la media española, y eso es tremendo, porque, además del drama del enfermo, está la familia. Un hogar donde se da esta circunstancia cambia por completo, y al ver escenas del documental que se hizo sobre Pasqual Maragall, aquejado de Alzheimer, se ve la diferencia en afrontar el problema cuando hay medios económicos, porque cuando estos son limitados o no existen significa el desmantelamiento de la convivencia. Hasta para morir con dignidad hace falta dinero.

 

Por eso, la memoria es nuestra principal y casi diría que única seña de identidad. Y he visto en estos días cómo un hombre muy mayor y un control engañoso sobre la realidad se quedó prendido de la pantalla del televisor cuando retransmitían la Bajada de la Virgen del Pino y, de pronto, parecía entenderlo todo. Nunca fue una persona religiosa, es de los que solo confesaban el Viernes Santo, pero ver a la Virgen de Teror le actualizó décadas de memoria por un instante.

 

Y como el poder -cualquier poder- lo sabe, aprovecha esa memoria para hacerse presente, como el nombramiento de alguien que representa al Rey de España, los desfiles militares delante del trono o la presencia inexcusable de lo más granado de la política, la judicatura o la empresa en los diversos actos cívicos y religiosos. El pueblo ve en La Virgen un asidero, su última esperanza cuando pintan bastos, y esa constancia de generaciones unidas en la misma idea es la que pasa por encima de creencia religiosas, porque es el punto de confluencia de siglos y memoria. Por eso digo que El Pino es parte de la identidad de muchas generaciones, más de medio milenio con Teror como punto de anclaje emocional.

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Manual de instrucciones

 

La actualidad se ha puesto tan resbaladiza, que uno ya no sabe por dónde entrarle. Como soy novelista, voy a entregarme a una especie de secuela de la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y trataré de imaginar qué recomendaciones hizo el Enviado del poder real a un tipo de clase Beta (ejecutante), jefe de un gobierno-marioneta en uno de los territorios limítrofes del espacio dominado, horas antes de que comunicara a la nación desde la tribuna principal una serie de medidas destinadas a salvaguardar a las estirpes dirigentes elegidas por los dioses azules, y a marcar las diferencias de clase que nunca debieron perderse, aunque debía parecer lo contrario. El portavoz del Poder Supremo, un Alpha (élite) muy elevado, aconseja en estos términos al político-títere y mandamás de un territorio:

 

 

«Vas a hablar para que te escuchen todos. Trata de que no se arme mucho zafarrancho, las polémicas sobre asuntos reales no nos convienen, aunque entiende que los partidos de la oposición pataleen un poco. Es lo normal, ya sabemos que cada cual tiene que representar su papel en esta función a la que hacemos llamar democracia. Sabemos que se ha puesto a circular una enorme cantidad de barbitúricos y que la gente está contenida por las pastillas, o distraída, según gustos, con los fichajes de Real Madrid y el Barça, con la resaca de los incendios forestales o con debates que ya resultan cansinos por repetitivos: la sequía en Europa, las guerras en Ucrania y Oriente Medio (las demás no importan), el cambio climático, el regreso de Belén Esteban y siempre La Pantoja.

 

Se trata de poner las cosas en su sitio, esa tontería de ‘un hombre, un voto’ fue un error de la Revolución Francesa. Está claro que los humanos no son iguales, existen las clases, y era sangrante que un ciudadano de esos que llaman clase media viviera como nosotros, que somos los que tenemos la responsabilidad que nos conceden los dioses. No hay disculpa, este año, con los episodios que están ocurriendo en Ceuta se ha roto el marasmo del verano, y da pábulo a distintas vertiente que nos saquen de la habitual cháchara a gritos en esta parte del planeta: si Ceuta y Melilla son territorios ocupados o patria soberana, si el asunto es menor porque el Presidente agotó sus vacaciones a pesar del ruido, si están antes las leyes internacionales, la europeas, las estatales o las que se le ocurra a cualquier gobierno con un urgente decreto que, por supuesto, deberá ser refrendado por el parlamento… O no.

 

Dile a toda tu gente que mantendremos ese envoltorio supuestamente democrático, con unas elecciones aquí, otras allá, pero es evidente que el control tiene que estar siempre en las manos adecuadas, y los funcionarios, simples mortales de la clase Gamma, nos estaban impidiendo hacer las cosas como es debido con su intervencionismo. Luego están las hordas compuestas por Deltas y Epsilones (operarios para trabajos duros). ¿Dónde se ha visto que todo el mundo tuviera una vivienda propia y un seguro de desempleo? ¡Hasta ahí podríamos llegar! Esto había que resolverlo, se ha empezado hace décadas y todavía nos queda tarea. Ya les hemos dado a este territorio la alegría del fútbol, otra vez campeones del Mundo, y es un contratiempo que su nuevo gran tenista se haya perdido algunos torneos por lesión, y tampoco ayuda que ya no se figure con fuerza en el Tour de Francia. Fueron buenos tiempos los de Induráin. Pero ya no basta con la televisión, aunque es importante, hay que mover las redes cibernéticas.

 

Debemos agradecer sobremanera la colaboración que están prestando los Beta de las tierras del Nordeste, que hablan una lengua distinta, que con el independentismo nos ayudan a que la gente discuta tonterías aunque luego nunca haya cambios, ni los habrá, pero esto ellos no deben saberlo. También estamos muy complacidos con las fuerzas del Norte, porque lo del soberanismo cabrea a mucha gente, y mientras se cabrean con ellos nosotros podemos hacer nuestras cosas. Por fin ha llegado la hora de ir materializando la idea que venimos persiguiendo desde hace casi medio siglo, de la mano de insignes Alphas como Reagan, Margaret Thatcher, Khol y Juan Pablo II, sin olvidar la amigable complicidad de Mitterrand y Gorbachov.

 

Por aquí hicieron un gran trabajo previo los antecesores del actual jefe, llamado el incombustible (aunque ya estudiaremos eso también), ya saben, el de la Transición, el de la OTAN, el del entonces Mercado Común Europeo, el que se alió con las grandes potencias para una gran guerra, el que quiso dejar que todo cambiase y el llamado Caminante, que no tuvo buen pulso con los del Nordeste y este factor puede quedar fuera de control. No sería presentable antes los dioses azules que lo hayamos estado preparando meticulosamente durante medio siglo y que ahora se nos vaya de las manos. Da risa recordar aquellas movilizaciones de hace treinta años contra la globalización. Es que no era eso, pero ni lo olieron.

 

Ahora ya puedes dejar entrar a los periodistas. ¡Ah! y haz que despidan a los taquígrafos, tenemos aplicaciones que hacen su trabajo con mayor pulcritud. Y recuerda a los consejeros que no deben preocuparse por sus bolsillos, que como Betas deben saber que sus salarios, dietas y privilegios se mantendrán, como no podía ser de otra forma. Diles que no pierdan la calma si suben o bajan la bolsa, la energía, el PIB, la deuda pública o la prima de riesgo; forma parte de la escenografía, cuantos más vaivenes haya, mayor rentabilidad para nosotros. En cuanto a los sindicatos, ya estamos pactando con ellos un par de huelgas generales, para no dejar espacio a las dudas. Cumple con tu misión, es tu hora».

 

Y así quedaron las cosas para la reentré política. El resto de la novela se escribirá en un par de décadas, salvo que logremos sacar de los tranquilizantes y ansiolíticos a quienes tendrían que estar al frente de la idea de llegar a la aproximación de una sociedad justa, o al menos con cierta decencia. Es decir, la mayoría de quienes habitan este país y este planeta. La vida es caprichosa, Huxley y Orwell creyeron que escribían novelas futuristas, pero en realidad, sin proponérselo, lo que hicieron fue redactar unos magníficos manuales de instrucciones, que se han manifestado inmunes a los pensamientos filosóficos de Ayn Rand, Adorno, Wittgenstein o Lou Andreas-Salomé, y encima Habermas, el que nos quedaba, no logró superar el invierno pasado. Ahora estamos solos.