Publicado el

Una romería a Santa Rita

 

El actual panorama político y económico de España es un galimatías que, si seguimos los viejos adagios, terminará mal. Y esta conclusión viene de que la situación es muy compleja, agravada por el escenario internacional, y cuando escuchas las soluciones, te das cuenta de que todos están muy perdidos, porque siempre se ponen sobre la mesa propuestas simples, y nunca esto sirvió para resolver asuntos que tienen muchas vertientes. La ONU parece que no existe, la UE anda colgada de un guindo y la foto fija es de caos. Cuando hay tanta confusión, tal vez tendríamos que mirar hacia lo inmediato, en este caso Canarias.

 

Pues miremos hacia nuestro entorno. El 6 de noviembre de 2018 fue publicada en el BOE la reforma del Estatuto de Autonomía de Canarias. Apareció un documento que sentaba las bases para avanzar en este siglo XXI que ya había entrado como un elefante en una cacharrería. Ya entonces el texto sonaba a cuento de hadas, palabras comodín que huían de lo concreto, pero que sonaban muy bien. Hubo incluso crédulos que entonces pensaron que, por fin, iban a ponerse las cosas en su sitio, pero enseguida se vio que aquello era pintura en un tabique al que ya se le han dado docenas de capas y siempre acaba rezumando humedad. Lucirá bien la primera semana, pero muy pronto se revelará inútil, porque si no se corta la entrada de agua que produce la humedad, siempre será una pared desconchada e insalubre.

 

Tal vez, aquel texto ambiguo y reluciente podría haber tenido alguna utilidad colectiva, pero es patente que los operarios que dijeron que aquel esmalte resistiría fueron incapaces siquiera de pegarlo al muro, no sé si por torpeza o deliberadamente. Ni siquiera cabe el manido recurso de invocar el lampedusismo, que decía que si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie, porque nada ha cambiado. Casi ocho años después, aquellos temores se han vuelto reales, y ya no hay pigmento que aguante, por mucho que se intente camuflar.

 

El Estatuto de hace ocho años es una ensalada de lugares comunes, palabritas de buenas crianza y supuestas buenas intenciones, pero es que en la realidad no se presenta ni uno solo de esos propósitos. Formula el Estatuto en su preámbulo “La consolidación y mejora de la calidad de nuestro sistema democrático y de un progreso económico compatible con el excepcional patrimonio natural del archipiélago, luchando, al propio tiempo, por superar las desigualdades sociales tan características en la historia de Canarias y lograr la integración de todos los canarios”. Es decir, la gallina.

 

Para apoyar lo que digo, haré un leve picoteo, porque entrar a saco nos llevaría otros ocho años. Sobre el control de las aguas oceánicas y sus límites con estados vecinos, seguimos inermes, mientras en Rabat promulgan leyes que ni a la UE, a España o a nosotros se nos ocurre plantear la más leve acción política, cuando es obvio que pasa por encima del Derecho Marítimo y el Internacional en general. El mentado texto dice en un apartado de su artículo 4: “El Estado en el ejercicio de sus competencias tendrá en cuenta las singularidades derivadas del carácter archipelágico y promoverá la participación de la Comunidad Autónoma en las actuaciones de competencia estatal en dichas aguas”. Tampoco, todo leve movimiento se ha hecho sin contar con Canarias, y en mi opinión en contra de Canarias. Ni siquiera resuena la reivindicación de que somos un archipiélago, que no es lo mismo que ocho islas.

 

Otro flanco. En el artículo 15 habla de los derechos de las personas mayores y se proclama para ellas una vida digna e independiente, y una letanía derechos que, unos se cumplen a la buena de Dios, otros se prometen y eternizan y generalmente se disuelven porque el tiempo juega a favor de las administraciones y en contra de los ancianos, y aun otros de los que nunca se ha hecho un borrador, un amago, algo. Y lo mismo podríamos decir en otros ámbitos. Eso sí, suele haber grandes debates sobre quién representa al jefe del Estado en las procesiones de más pedigrí.

 

Y luego viene la joya de la corona, uno de los orígenes de muchos de los males que nos aquejan: el acceso a la vivienda. El artículo 22 refiere: “Los poderes públicos canarios deberán garantizar el derecho de todas las personas a una vivienda digna y regular su función social, mediante un sistema de promoción pública, en condiciones de igualdad y en los términos que establezcan las leyes, poniendo especial atención sobre aquellos colectivos sociales más vulnerables. Se regulará el uso del suelo de acuerdo con el interés general para evitar la especulación”. Ni Chaplin consiguió un gag más irónico en El Gran Dictador.

 

La moratoria turística no solo se ha evaporado, sino que encima va costarnos una millonada, y deja las manos libres que construir más instalaciones turísticas. Si quienes trabajan en la hostelería (también pasa en enseñanza, sanidad o en puestos de trabajo funcionarial) no encuentran un techo decente y asequible, ¿han pensado dónde piensan meter a los nuevos trabajadores de esos complejos con los que sueñan? ¿A qué colegio irán sus hijos? ¿Hay infraestructura sanitaria para ellos? El paisaje que vendemos será cubierto de asfalto y cemento.

 

Lo diré sin eufemismos, las viviendas turísticas son un contrasentido social. Esas viviendas son para que la gente las habite, y más en un territorio tan escaso como el nuestro. No solo no se construye vivienda social o privada que no sea de lujo, sino que el parque que existe se hurta al mercado. Cuando uno dice estas cosas, o aboga por la limitación de inversiones en vivienda de los no canarios, nos sueltan todo eso de la libertad y el sacrosanto derecho a la propiedad privada. ¿Por qué no se invocó ese mismo principio cuando se sancionó a quienes usaban como vivienda un apartamento turístico? Ah, siempre se dice que Bruselas lo prohíbe, pero curiosamente lo permite en otras localizaciones con menos tensión poblacional que Canarias. Debe ser que en Dinamarca, Países Bajos o Luxemburgo son de otra pasta.

 

Y como he hablado del Estatuto parece que cabildos y ayuntamientos van muy bien. Hay una endémica dejadez en infraestructuras y servicios en las periferias de las grandes poblaciones. Algo habrá que hacer. Como dijo Saramago, “si estás en un hoyo, la prioridad es dejar de cavar”. Se han aplicado las recetas pertinentes: peregrinaciones, carnavales, cabalgatas varias, posibles Mundiales de fútbol 2030… ¡Si hasta ha venido el Santo Padre de Roma! Debe ser que falta (o no se ha hecho con carretas y rondallas suficientes) una gran romería a Santa Rita, abogada de lo imposible.

Publicado el

Una realidad extraña

 

Este es un mes tonto. Todo parece detenido pero este año tengo la sensación de que algo está moviéndose por debajo. Por esa costumbre de relacionar todo lo importante con el Sol, los romanos nombraron este mes como Augusto, que era el dios-emperador que iluminó el nacimiento del imperio. Es el mes de la trilla, que cuantifica finalmente qué cantidad de cereales tendremos para el invierno y el de la maduración final de las uvas, que serán vendimiadas en septiembre, aunque últimamente se empieza a vendimiar mucho antes. El pan y el vino son los galardones del mes, y no es casualidad que el rito central del cristianismo -que surgió al compás del Imperio- se relacione con estos dos elementos que simbolizaban la vida.

 

 

A medida que ha pasado el tiempo, ese mes tan activo en el que se aprovechaba el calor para guardar como las hormigas, se ha convertido en un mes pasivo, en el que se descansa mayoritariamente hasta el punto de que gran parte de las actividades están paralizadas o a ralentí. Es evidente que para que unos descansen y lo pasen bien otros tienen que trabajar y es por eso que este es el mes estrella de las agencias de viajes, los transportes, la hostelería y la restauración. Pero este mes se asimila contradictoriamente con la quietud y el relax deseado de unos o la frenética actividad viajera de otros, cuando se realizan eso viajes que muchas veces parecen una competición en guagua para ir tachando de un listado lugares del que solo se ha visto el hotel o el restaurante en el que se come, y que hace unos años se llamaba en tono humorístico «cinco días, doce ciudades». Y en esas contradicciones están también quienes prefieren quedarse en su población habitual porque está más tranquila y plácida que nunca, siempre que no sea lugar de destino costero.

 

El caso es que agosto es como una frontera, porque, aunque el año oficial empieza el 1 de enero, la realidad es que casi todo funciona en ciclos que suelen comenzar en septiembre, y el paradigma es el año escolar que es finalmente el que marca el resto de la actividad colectiva. Las fiestas, tan abundantes en este mes, también tienen que ver con la actualización de las lejanas celebraciones de las cosechas. La Iglesia Católica ha ido cuadrando cada rito pagano con una fiesta religiosa; desde San Lorenzo a las mil advocaciones marianas, ha pasado todo por el tamiz de las conveniencias, fueran de un emperador romano, de una religión o de las estructuras económicas de las sociedades. Y ahora ya solo falta que se invente el mes Trump, pues el caprichoso gerifalte de la Casa Blanca no tardará en pedirlo, porque no va a quedarse sin su mes. No va a ser menos que Julio César y Augusto.

 

El mundo entero está de vacaciones, que consisten en hacer un simulacro, levantarse tarde e imaginarse nadando en dólares, euros y libras. El problema será el despertar, y no porque de pronto se haya dejado de ser el producto de un sueño, sino porque el maldito despertador empezará a sonar a deshoras, el muy criminal. Y es que ser rico consiste en levantarse tarde y no dar clavo, no seduce mucho la idea de ser multimillonario levantándose temprano y trabajando hasta la madrugada. Y como las vacaciones son para todo el mundo, incluso para los gobiernos (he oído que algunos países tienen gobierno), supongo que también estarán de asueto los mendigos, pararán los delincuentes porque agosto es inhábil judicialmente y no habrá infartos ya que un porcentaje importante de la Sanidad también descansa. Puesto que el mundo se ha detenido como una foto fija (no sé por qué lo dicen ya que todas las fotos son inmóviles) y lo único que se mueve son las olas del mar, pues, donde haya costa, nos vamos todos a la playa.

 

Claro que, eso era antes. Porque este año, aunque sigue habiendo vacaciones y se baten récords de ocupación, se ha abierto la caja de Pandora y las amenazas vienen de todas partes. Ya no es que Occidente se horrorice con los desmanes que suceden en lejanos y pobres países (bueno, países ricos habitados por personas pobres, para ser exactos), ahora el horror ha llegado a la vieja Europa, y hasta nuestra bonanza turística tiene en ese horror una de sus fuentes de visitantes. Es decir, tenemos turismo prestado. Pero, como por costumbre hay tendencia estival a que se pare el mundo, aproveche ahora si tiene intención de bajarse. Por el momento, yo voy a seguir en este tiovivo, no porque pueda hacer algo para reconducirlo, sino porque tengo la curiosidad de ver en qué termina este desastre general, cuya simple enumeración nos llevaría horas.

 

El gran diálogo nacional es ridículo y sonrojante. Aunque uno no quiera, acaba por enterarse de todo (de todo lo que quieren que se entere), como si España fuese un portón de vecindad. Abres los periódicos, miras una revista, oyes la radio, paseas por Internet o ves la televisión, y tienes que saber casi por decreto qué temperatura hizo ayer en Badajoz porque ahora el tiempo meteorológico es centro de atención y es noticia -cambio climático aparte- que en verano haya calor y en invierno frío. Sabemos quién es el desgraciado que hace sufrir de amores a una cantante y qué señora ha lucido en un evento el mismo vestido que otra dama de más nombradía llevó en otro acontecimiento reciente muy fotografiado.

 

También nos informan con todo detalle sobre la última filtración sobre el fichaje de una figura del deporte que pretenden los equipos más poderosos, sobre por qué un personaje del papel couché no ha asistido a una boda de tronío de una supuesta gran amiga. ¿Qué puede esperarse de un país en el que llaman maestro a un tipo que mata toros en público, por muy bien que los mate? Y no hablo de política porque, sea en Canarias, en España, en Europa o en el planeta entero, eso que nos cuentan no es lo que está pasando de verdad. Estoy convencido de que son cortinas de humo, y lo que realmente ocurre lo sabremos cuando nos haya pasado por encima. Una realidad extraña: hasta el Sol y la Luna se distraen jugando a los eclipses.

Publicado el

Los eclipses y la fin del mundo (sic)

 

Ahora que hay eclipse total aunque desde Canarias no pueda observarse a plenitud, tal vez sea el momento de recordar el que sí pudimos ver los habitantes de estas islas hace 67 años.  Desde la realidad de la literatura, se vivió así:

“César Ayala tenía los mismos años que el siglo. El tiempo había hecho realidad el sueño de su juventud: ser dueño de un puesto de venta en el mercado en el que vio pasar su adolescencia trabajando por un jornal. Atrás quedaron las guerras del Rif, la vida de emigrante en Santiago de Cuba y el miedo de la Guerra Civil. Seguía frecuentando el bar de la calle La Pelota, donde cada madrugada Toribio le hacía leer en voz alta el periódico. En 1959, César ya era abuelo, y Toribio había legado el bar a su hijo.

 

 

Las costumbres también habían cambiado para ellos. Ahora no se veían al amanecer. La hora de la cita en el bar era a mediodía, después de que cerrara el mercado y César Ayala dejara el puesto limpio por si al día siguiente pasaban los inspectores de Abastos. A esa hora, de camino a su casa en uno de los riscos que dan anfiteatro a Vegueta y Triana, Ayala entraba en el bar y se sentaba a la única mesa que sobrevivía entre aquellos vestigios de serrín y barricas añejas.

Toribio lo esperaba como todos los días, acomodado en una banqueta, debajo de un almanaque de hacía varios años y barajando las cuarenta cartas con las que jugarían el inexcusable subastado de cada mediodía. Estaban preocupados porque Roquito no se había dejado ver en toda la mañana. Y él nunca faltaba a un subastado. No importaba. La vieja amistad entre César y Toribio les llevaba siempre a los buenos años en que Ayala, aún muy joven, leía el periódico a los clientes.

-La carta de Fátima me tiene hablando solo -comentó el anciano-; ¿se acuerda cuando usted nos leyó lo de las apariciones de la Virgen, en el año diecisiete?

¡Claro que Ayala se acordaba! Y las predicciones de las dos cartas que habían sido abiertas se habían cumplido. Faltaba la tercera, la que según se decía abriría el Papa en 1960. En las tertulias se especulaba sobre el contenido de la tercera y definitiva carta que la Virgen había entregado a los pastores portugueses. Se decía que anunciaba la destrucción del mundo y el Juicio Final.

-Usted no haga caso a lo que diga la gente, Don Toribio -lo tranquilizaba Ayala-, el mundo se acabará para cada uno cuando se vaya para las chacaritas; aquí no vamos a vivir siempre, y si se ha de acabar, me gustaría verlo.

-No sea hereje, Ayala -le recriminaba el viejo, que con la edad se había vuelto temeroso.

Después de muchos años de guerra, hambre, emigración y cartillas de racionamiento, las cosas empezaron a enderezarse en los años cincuenta. La isla se entretuvo contándose verdades, mentiras y fábulas. El terrible asesinato de Chanrai daba para muchas conjeturas, y para acabar, el invento de la perra Chona desenterrando huesos en los alrededores de San Lorenzo y Almatriche metió el miedo en el cuerpo a quienes tenían algo que ocultar.

Al final de la década, una conversación acabó por empequeñecer a todas las demás: la tercera carta de Fátima. Acaso por deformación indiana de tanto ir y venir al Caribe, al cataclismo final lo llamaban en Canarias «la fin del mundo», en femenino, como a los huracanes antillanos que entonces eran bautizados irremediablemente con nombre de mujer. Según pasaban los meses de los años de la década de los cincuenta, el temor iba apoderándose de aquellos que menos información tenían. El temporal del 55 y la plaga de langosta del 56 parecieron avisos claros de que la supuesta profecía estaba a punto de cumplirse.

En eso, llegó al bar la noticia de que Roquito había muerto, y citaban para el entierro al día siguiente a las diez. César Ayala consoló a Toribio y se fue a comer. El día del entierro, Ayala cerró el puesto del mercado a las nueve y acudió a despedir a Roquito. Como el difunto era de Santo Domingo, el trámite acabó pronto. Antes de las once ya habían dado el pésame a los doloridos en la puerta del cementerio de Las Palmas. Era casi obligado pasar por un cafetín a echar una copa en memoria del finado, y a Ayala no se le ocurrió nada mejor que llevar a Toribio a un tienducho de aceite y vinagre que también despachaba copas por la zona de plataneras más allá de Vegueta.

Caminaban despacio por la vieja carretera de salida a Telde y el Sur cuando empezó a oscurecer. Eran las doce menos cuarto de la mañana del 2 de octubre de 1959. No había una sola nube. Toribio se paró en seco y empezó a atar cabos:

-Esto es la fin del mundo, Ayala, y se ha adelantado.

César Ayala tampoco las tenía todas consigo. Todo aquello del fin del mundo le pareció siempre pura charlatanería, pero que se le hiciera de noche antes de las 12 del mediodía eran palabras mayores.

– … Pues … no sé qué decirle, don Toribio -titubeó César, que iba contagiándose del miedo de su amigo, a medida que se echaba encima la imprevista noche cerrada, las palomas dejaban de volar y las gallinas buscaban un palo horizontal donde dormir.

Los dos hombres quedaron sin habla hasta que el día comenzó a clarear de nuevo, dos minutos después. Poco a poco, el Sol recobró su brillo primaveral y César empezó a pensar que todo aquello debía tener alguna explicación que él desconocía; para Toribio, era otro aviso.

-Pero si usted ha vivido casi 80 años, ¿qué más le da morir de una cosa o de otra? -le dijo Ayala cuando hubo recuperado el ánimo.

Si César Ayala hubiera conservado la costumbre juvenil de leer el periódico, se habría enterado con antelación de que acababan de presenciar uno de los mayores eclipses de Sol del siglo XX. Para decepción de Toribio, el mundo no se acabó en 1960, y el Papa, si es que entonces abrió la tercera carta de Fátima, no dijo lo que ponía.”

(Fragmento de Crónicas del Salitre, libro del autor del artículo)