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Agosto, qué bien

 

No voy a entrar en el galimatías las migraciones, las regularizaciones y todo lo que se ha chillado en estos días alrededor de lo acontecido en Ceuta, que a su vez es irrebatible consecuencia de varias cadenas de errores que vienes de muy lejos. Dejarlo todo para luego es norma tanto en España como en la UE. Cuando encima se entrecruzan factores varios como la locura de quienes manejan las políticas en este planeta, que usan la miseria y el dolor de las personas como proyectiles contra los de enfrente, las soluciones que escuchamos, desde los responsables de Bruselas hasta el mismísimo Santo Padre de Roma, se quedan en palabritas de buena crianza y ya veremos cómo llegamos hasta la semana que viene, hasta la próxima reunión de no sé qué comité o a las elecciones estas, esas o aquellas.

 

Es estos casos siempre vuelvo a la Historia, porque por lo visto hay un empeño generalizado en repetirla. La mentira, las componendas, que parecen de buena fe pero que casi nunca lo son, y los discursos de Grouchos, Cantinflas y Chiquitos sin gracia son las recetas habituales, y parece darles lo mismo que haya 30, 60 o equis muertos (daños colaterales), jóvenes, hambrientos y ahogados. Y todo tiene que ver con las políticas de embrutecimiento. Es que por lo visto existe la ciencia infusa, aunque a veces se vuelva en contra incluso de quienes desmantelan la única educación a la que tienen acceso las clases menos pudientes.

 

Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos las políticas de inmigración y los planes de formación que se aplican a las nuevas generaciones, cabe preguntarse si lo que se pretende es fomentar la escasa capacitación y tener mano de obra barata para que los de siempre sigan beneficiándose de la ley del embudo. Supongo que no niegan la alfabetización porque eso perjudicaría el uso de las redes sociales, con la consiguiente pérdida de mercado en instrumentos y aplicaciones digitales. La consigna pudiera ser que aprendan solo lo necesario para que los distintos sectores del mercado sigan funcionando. Eso puede explicar cómo, una y otra vez, se genera deterioro en los sistemas educativos al hacer que los tipos de formación que se imparten sean a menudo opuestos a las necesidades. Es más, hay gente que no encuentra trabajo porque está muy preparada, y un currículum lucido puede echar para atrás a los empleadores de puestos de trabajo muy por debajo de la formación que han conseguido con gran esfuerzo quienes lo solicitan.

 

Es un embrollo difícil de explicar e imposible de entender, pero está ocurriendo que se promociona la ignorancia. Esto, que es un suicidio colectivo, viene en el ADN generación tras generación. Es como una noria, vuelve y vuelve: en el Renacimiento y el Barroco, se abrieron en España muchas escuelas, que entonces eran privadas, en las que se adiestraba en lectura, escritura y números. Las había también de niveles más elevados, que eran la antesala de las universidades. Esto propició que mucha gente humilde se fuera formando y que esa inquietud diera lugar a que algunos pobres de solemnidad pudieran llegar a ocupar puestos importantes si su capacidad intelectual les daba para ello. Las zonas rurales se despoblaron y los trabajos más humildes de la agricultura, la ganadería, la artesanía o la pesca fueron desempañados por los moriscos (musulmanes conversos).

 

Como la torpeza de los gobernantes españoles no es cosa de ahora, entonces fueron capaces de darse un tiro en el pie, de modo que, en los albores del siglo XVII, al rey Felipe III y a su inseparable Duque de Lerma no se les ocurre otra cosa que expulsar a los moriscos. La consecuencia lógica de tal disparate es que no se podía construir porque los albañiles y los carpinteros se habían marchado, empezó a escasear el pescado porque se quedaron sin pescadores, faltaban carne, leche y queso porque no había pastores y no se encontraba verdura porque los calabacines no se plantan, se riegan y se recogen solos. Lo siguiente fue el desplome de la actividad económica. Es decir, la ruina y el hambre.

 

Así de mal iban las cosas cuando accedió al trono Felipe IV, que era un imberbe de 18 años manejado por su valido (especie de primer ministro), el Conde-Duque de Olivares. Pues el cerebro condeducal de inteligencia (la calificaré de extravagante, para no molestar) dicta lo que ahora llamaríamos un paquete de medidas (lo de paquete es seguro), todas dignas de entrar en la antología del disparate, pero me centraré solo en una. Para que hubiera brazos destinados a los trabajos físicos, se redujeron drásticamente las escuelas de los pueblos y las de mayor nivel de las ciudades; para acceder a ambas había que tener determinada renta, más lo que costara vivir fuera de casa, pues para que se pudiera abrir una escuela era necesario un número determinado de habitantes, que la mayor parte de las zonas rurales no tenía. Como dato, consta que se pasó de más de 4.000 escuelas de nivel medio a solo 100 en toda España. En la práctica, lo que se hacía era destruir cualquier posibilidad de formación intelectual básica, y así pensaban crear mano de obra barata y diligente.

 

Con esas medidas, España retornó a estructuras feudales, perdió todos los trenes en los dos o tres siglos recientes. Ha sido un desastre hasta para quienes propiciaron semejantes políticas. Cuatrocientos años después, seguimos igual: las necesidades del mercado laboral por un lado, la formación por otro. Y todavía hay quienes culpan a los inmigrantes de nuestros problemas, cuando ellos, en su mayor parte, han ocupado y ocupan el lugar que hasta el siglo XVII tenían los moriscos expulsados. Pues eso, a echarlos, como hizo Felipe IV, ya ven los resultados. Dejen de discutir sobre quimeras insustanciales y echen un vistazo a la verdadera Historia de España. Esa estructura cuasi feudal, muy disimulada pero real, no solo hará más pobres a los pobres, sino que arruinará a los poderosos. Ya ha pasado varias veces y está volviendo a pasar. Cae en el olvido porque el sistema considera que estudiar la Historia es una pérdida de tiempo. Eso sí, a algunos les interesa que todo siga pudriéndose para seguir teniendo esclavos. Lo de Ceuta es solo una anécdota en esta destrucción irresponsable de los avances logrados con no poco esfuerzo y mucho sufrimiento. Y nuestros dirigentes de vacaciones. Agosto, qué bien.

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Mujeres

 

 

Muchos ven en este siglo XXI una superposición del siglo anterior, lo cual, aparte de ser entre decepcionante y terrorífico, puede concordar en fechas y poco más, porque en el siglo XX hubo sociedades que fueron el soporte de distintas corrientes políticas y económicas, pero entonces esas visiones del mundo parecían mucho más nítidas que ahora, seguramente porque los discursos populistas de toda índole tratan de simplificar en pocas palabras asuntos muy complejos, que es la manera de llegar lo más pronto posible a la mayor cantidad de gente posible. Ya entonces hubo personas que descubrieron el truco que sigue en vigor un siglo después: soluciones simples a problemas difíciles y rebuscados. Aquí vale el consejo de El Padrino don Vito Corleone a su hijo Michael: “El que te ofrezca una solución rápida (en este caso un encuentro con otro mafioso), ese es el traidor”. Siguiendo esa lógica, miente quien predique soluciones simplistas para resolver el abigarramiento laberíntico de estos tiempos.

 

 

Vivimos una época muy contradictoria. Los grandes avances del siglo anterior, que se han acelerado en este primer cuarto del actual, dotan a la sociedad de instrumentos inimaginables hace tan solo un par de décadas. La gran ironía es que esas enormes capacidades generan nuevos problemas, o se utilizan demasiadas veces contra el avance colectivo de la Humanidad. Había hace un siglo otra característica de las ideas: se expandían, con una lógica territorial, que se mantuvo durante mucho tiempo, primero con el auge y la caída de los fascismos, y luego con la división del mundo en dos bloques, con algunos vanos intentos de fuga como el movimiento de los No Alineados. China todavía era el monstruo que dormía y que ya ha despertado. Ya entonces, algunos dirigentes de la democracia liberal veían con buenos ojos dictaduras de facto como las de Omar Torrijos en Panamá o la del Mariscal Tito en la antigua Yugoslavia. Al final, los intereses pasaban por encima de los cantares de libertad. Casos así aguantaron (y todavía aguantan) las supuestas democracias inmaculadas, porque el capitalismo siempre iba y va un paso por delante.

 

Entonces había el mismo racismo que ahora, pero se disimulaba con un colonialismo que en los años sesenta pasó a ser poscolonialismo, y no sé qué es peor. La exacerbación de los fanatismos religiosos y políticos empieza a irse de las manos. Esas grandes capacidades que la Humanidad tiene a su alcance son a la vez vías para entrar en ideas delirantes. El debate empieza a no ser posible, no hay sosiego, y así no vamos a ninguna parte. Al mismo tiempo, al menos en Occidente, el mundo parece que funciona con normalidad, ajeno a hechos que pueden cambiarlo todo, como las disparatadas guerras comerciales lanzando aranceles en lugar de bombas, o las propias bombas cayendo en Europa oriental o en un lugar tan necesario para Occidente como el Estrecho de Ormuz.

 

De esa época entre los siglos XIX y XX, es una conocida zarzuela de ambiente aragonés titulada Gigantes y cabezudos, en la que se canta la famosísima jota “Si las mujeres mandasen…” Y durante el siglo anterior y lo que llevamos del actual fueron muchas las mujeres que alcanzaron poderes de distinta índole, pero poderes al fin y al cabo. ¿Qué diferencia hay entre mujeres con poder como Golda Meir, Indira Gandhi o Margaret Thatcher, Ángela Merkel, Christine Lagarde o Ursula von der Leyen con los hombres con poder al uso? Sin embargo, es en esta primera mitad de siglo XX donde encontramos a tres mujeres que no tuvieron poder, pero lo estudiaron y lo sufrieron, hasta el punto que lo que hicieron, dijeron o escribieron hace cien años sigue teniendo una validez extraordinaria. Me refiero a Rosa Luxemburgo, Hannah Arendt y Simone Weill. La clarividencia de su mundo contemporáneo fue portentosa, y lo que ahora más asombra es que siguen teniendo una vigencia casi profética.

 

Con la primera crisis de los imperios, que luego llevaría a la Gran Guerra de 1914, combinada con la llegada del marxismo-leninismo a Rusia, era una consecuencia tan obvia como la ley de la gravedad que activistas como Rosa Luxemburgo se acercaran al marxismo y a los primeros partidos de la familia de comunismo, que entonces llamaban socialismo real. Muy pronto se dio cuenta de que un cambio sustancial y positivo de la Humanidad nunca llegaría por medio de los pelotones de fusilamiento. Esta oposición hacia la verdadera libertad personal le costó la vida, asesinada a tiros y lanzada a un canal berlinés por quienes en teoría eran sus correligionarios, pero las ansias de poder y la pertinaz defensa del pacifismo la condenaron. En tiempo revueltos, ir contracorriente suele pagarse muy caro.

 

No voy a descubrir aquí a Hannah Arendt, nacida judía que atravesó buena parte del siglo XX siendo muy crítica hasta con el mismísimo Theodor Adorno, y trabajando por la libertad de pensamiento en todo tipo de circunstancia. No está de más darse una vuelta sobre sus ideas sobre muchos temas, uno de ellos muy actual, cual es la creación del estado de Israel y el entendimiento entre judíos y palestinos. También defendió siempre que la guerra nunca es la solución a nada, y eso le valió la marginación intelectual.

 

La más asombrosa de esas tres figuras es la filósofa y activista francesa Simone Weill, una mujer con un cerebro privilegiado y una salud muy endeble, lo que no le impidió alistarse como miliciana en la Guerra Civil española, donde estuvo en el frente de Aragón y en Barcelona; pronto volvió a Francia, por su salud y por el horror y el rechazo que le causó ver cómo los que ella creía suyos y justos fusilaban sin necesidad ni argumentos a joven falangista.  Luego se unió a la resistencia francesa contra Hitler, pero otra vez su salud la relegó a una mesa de oficina en Londres junto al General De Gaulle. Murió con solo 34 años a mitad de la II Guerra Mundial, pero su obra sigue vigente gracias al rescate que hicieron de ella intelectuales como Albert Camus, que sin duda recibió una gran influencia de su pensamiento, cosa que nunca negó el Premio Nobel franco-argelino.

 

Estas tres mujeres son columnas recias del pensamiento y de la lucha por la libertad real y la justicia. La obra, especialmente de las dos últimas, puede arrojar mucha luz sobre los debates que hoy están sobre la mesa: nacionalismo, feminismo, racismo, migraciones, capitalismo, socialismo… En cuanto a Rosa Luxemburgo, tal vez valga la base de su pensamiento: “La libertad siempre es la libertad del que piensa diferente”. Qué peligro.

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Victoria y deportividad

 

Me gusta el fútbol, pero no soy un futbolero. Es un juego-espectáculo muy interesante, y también deporte, pero solo para quienes sudan la camiseta, y puede ser el centro de la atención de millones de personas a través de los medios de comunicación de masas, que los modernos de los setenta denominaban “mass media”, y al menor despiste te colocaban aquella frase de Herbert Marshall McLuhan que decía que el medio es el mensaje. Ya nadie habla de los mass media, y, chacho, era un nombre muy fardón, porque encima estaba en inglés. No lo mencionan, pero el filósofo canadiense, fallecido en 1980, solo con sus trabajos sobre prensa, radio, televisión, cine y libros, pues todavía no habían dado sus frutos el desarrollo de la informática y el salto de la electrónica, vio venir lo que ahora sucede en esta Sociedad de la Información (raro, raro que no haya un anglicismo para nombrarla, cuando los hay para todo).

 

Y gracias a esa capacidad de penetración de todos los medios, hoy el Mundial de fútbol es el gran acontecimiento, y medio planeta se preocupa por una decisión del VAR en un partido muy lejano o en cómo van los distintos ránkings, porque esos medios tecnológicos permiten controlar los pasos de un futbolista, la velocidad de un balón o cualquier otra circunstancia que se mide en milímetros, segundos y récords. El gol más tempranero desbancado por otro por 2 segundos, el número de pases o los rescates sobre lo que se hizo en el pasado, fuesen goles, faltas o remontadas. Hace unas décadas, se sabía que un equipo había jugado mejor “a ojo”, pero hoy nos dicen los metros que ha corrido cada jugador y hasta los kilómetros que ha recorrido el coche de una prima del árbitro.

 

Quien gana no piensa en lo esquiva que es la suerte, y por el contrario quien pierde ve trampas de la suerte por todas partes. Todo puede depender de que una bota golpee el balón con un grado de más o de menos de inclinación y por eso entre en la portería, dé en el poste o se vaya fuera. Y ese grado de inclinación de la bota convierte a quien la calza en héroe o villano. Por eso, siempre digo que los partidos para mí abren cuando empieza a rodar el balón, y cierran cuando el árbitro pita el final. Si veo algún partido, que no siempre estoy de humor para aguantar peloteos aburridos, es por interés personal, no porque quiera ver qué hace este o aquel jugador. Quiero que gane la UD Las Palmas y la Selección Española, por simple cuestión geográfica.

 

Entiendo lo de la tribu que nos queda en los ancestros psicológicos, y por eso voy con el equipo de mi barrio, mi ciudad o mi país. A mí un partido entre Francia y Argentina en un Mundial me interesa muy poco, de hecho, esa final de Catar de 2022 no la vi. Pero sí el partido entre España y Argentina, y por supuesto, iba con España. Pero que haya ganado me afecta lo mismo que si hubiera perdido. El partido acabó el domingo por la noche, y todo el jaleo multitudinario del regreso de los triunfadores me pilla en fuera de juego. Ya dije que no soy muy futbolero, pero sé lo que es un fuera de juego, un caño, una plancha y una chilena, y me encantan las historias que hay alrededor del fútbol… Es que, en realidad, me encanta cualquier historia.

 

Ese montaje y esfuerzo que cuesta millones y produce más millones no significa nada, y no tiene relación con el nivel de vida, pues países muy fuertes como Alemania o Francia han sido campeones, y otros como Japón o Estados Unidos no. Y pasa lo mismo en países menos poderosos, porque Brasil y Argentina sí, pero Egipto o México no. Y da que pensar que haya dinero para que Haití vaya al Mundial y no para salir de la pobreza. Es como si se hubiese perdido la capacidad para valorar los hechos, pues los medios abren sus noticiarios con algo relacionado con un jugador estrella del Mundial y un poco más tarde hablan de las bombas que están cayendo en todo Oriente Medio. Los muertos en lugares como Sudán del Sur, Congo o el sureste asiático hace semanas que no existen. Ni un segundo de atención, horas y horas debatiendo si un árbitro debió sacar tarjeta roja a un jugador y ni una palabra sobre el drama del ébola en el centro de África.

 

Es decir, el mundo es de una manera y los mass media nos lo muestran de otra, porque al final el mundo es como lo percibimos, o hacen que lo veamos así, que fijemos la atención en lo intranscendente y ni nos enteremos de lo importante. Pues va a ser verdad que el medio es el mensaje, que dijo McLuhan. Hoy he ido a renovar el pasaporte, por si hay largarse, aunque a la hora de la verdad, entre que vivimos en unas islas lejanas y que el mundo está como está, lo de tener el pasaporte en regla es un mecanismo de defensa mental, porque en realidad, en caso de emergencia, ni se puede salir corriendo porque todavía los mortales no podemos caminar sobre las aguas, ni se me ocurre un lugar seguro en todo el planeta hacia el que correr.

 

Los días siguientes a un evento de esta incidencia general suele darse una de estas dos situaciones: una gran alegría colectiva, como sucede estos días en España, lo cual es muy bueno porque hay que agarrarse a todo lo que produzca alegría. La segunda opción es que cuando se pierde una final, Cuando esto ocurre la gente está de mal humor, aunque se haya conquistado el subcampeonato. Es curioso que si quedas segundo es una catástrofe; entonces pienso en el ánimo que tendrán hoy los habitantes de los países que no pasaron la primera ronda, si quienes se quedan segundos de 48 están destrozados. Pero no hay un ambiente de gran derrota si te eliminan a las primeras de cambio, pero sí cuando estás al lado de la gloria y no llegas a tocarla. Aunque Argentina es un país que quiero y admiro, después de la marrullería que derrocharon sus jugadores con la permisividad del árbitro, creo que, si mucho celebro la victoria española, más me alegro de la derrota argentina. Con los amigos y hermanos se compite a fondo, pero con deportividad. Hay que saber ganar y saber perder. Lo siento mucho y acabo, que tengo costura; voy a bordarme la segunda estrella en la camiseta.