No esperemos milagros
Es muy deprimente comprobar una y otra vez cómo se crean expectativas sobre asuntos muy complejos y a la vez eso mismo podría ser muy divertido si no fuera porque permanecen en su mismo punto de gravedad, desidia, abandono y olvido, y se vuelve siempre al punto de partida. Era de esperar que eso sucediera con la reciente visita del pontífice León XIV a España, y, visto más de cerca, a Canarias. Me asombra la aparente ingenuidad, por no llamarlo desconocimiento, de quienes esperan milagros, o que proclaman que estos no existen, pero critican que no se produzcan. Incluso ya circula el run-rún de que actos de naturaleza emotiva sugieran un prodigio sobrenatural. O buscan delirantes significados esotéricos al hecho de que el papa regresara a Roma en el avión cedido por el rey de España (el rey salva al Santo Padre), y hasta lo entroncan con una cuarteta de Nostradamus, que ni siquiera consta en los escritos del boticario francés. Talento para liarla hay por arrobas.

Dos más dos siguen sumando cuatro, por mucho que digan, prometan o anuncien. Son los hechos los que determinan los cambios, la mejoría de cualquier materia y las rectificaciones de los errores. Las soluciones a los problemas empiezan justamente cuando se genera un plan y se ejecuta. Si es poca cosa, la solución será inmediata, si es laberíntica, tardará más, pero si ni siquiera se plantea más allá de cuatro frases generalistas, sabemos de antemano que no debemos esperar cambios, soluciones o mejoras.
Aquí es cuando siempre invoco la ya choteada escena de la película Casablanca, en la que el comisario Renault, después recoger disimuladamente las ganancias corruptas de una ruleta ilegal, se lleva detenidos a unos clientes y exclama con hipócrita indignación: “¡Aquí se juega!” ¡Pues claro que se juega! Lo sabe todo el mundo, pero parecen haberlo descubierto en ese instante. Bueno, pues esa fingida sorpresa también forma parte del show, como bien nos mostró don Pedro Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo, que los manuales definen como “la concepción de la vida como una representación teatral, y del mundo como un escenario donde cada ser humano interpreta un papel asignado”. Pues eso, todos nominados a los Premios Max, están haciéndolo muy bien, alguien se llevará la estatuilla, pero todos serán recompensados con el aplauso.
“Es que España es un país constitucionalmente aconfesional”, dicen unos mientras se mesan los cabellos. Pues, claro, exactamente eso, aconfesional, que no laico, porque esa constitución que se invoca dice en su artículo 16.3 que “se mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. Todas sí, pero solo nombra a una. Hay un concordato con el Vaticano firmado el 3 de enero 1979, menos de un mes después de haberse sometido la Constitución a referéndum. ¿Y esas prisas? Pues no sé, tal vez porque era un invierno muy frío y la actividad da calor al cuerpo, y se veía venir cuando en el artículo 27.3 de esa misma carta magna se “garantiza el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban formación religiosa y moral”. En román paladino: enseñanza concertada, centros religiosos y privados; eso es un tres en uno. Los padres constituyentes, a la vez, cosían, pespunteaban y hacían ojales para los botones.
Un poco más allá, otros se rasgan las vestiduras porque dicen que el viaje de León XIV nos ha costado millones (no dicen exactamente cuántos), sin contar con extras y otros gastos “eventuales”. Algunos calculan que la cifra podría ser el triple (¿el triple de qué?). Pero el tema es otro, que tampoco tiene que ver con el 0,7% aportado en el IRPF. Todo eso calderilla porque el magro del asunto tiene que ver con el artículo de La Constitución antes mencionado y la “peculiar” fiscalidad que se aplica a la Iglesia.
Por otra parte, suenan loas a la religiosidad (católica, por supuesto) de España, y se cuentan como fieles creyentes las proyecciones sobre la población general de las masas que se movieron para acudir a misas o actos que se organizaron o para ver pasar el papamóvil. Se comportan de manera que parece que esa supuesta religiosidad interesa a tirios y troyanos, pero es evidente que en estas cosas la curiosidad y la mitología funcionan. Meten en la misma suma a los creyentes reales, los que se blindan por si es verdad lo del catecismo, los que quieren ser testigos de la historia, los curiosos y los que sencillamente lo convierten todo en chismorreo. Y se olvidan de que el papa es un mito cuidadosamente creado y sostenido durante dos milenios.
Ah, y el debate especializado solo para mentes privilegiadas: el papa en la tribuna de oradores del Parlamento español. Las Cámara aplauden conjuntamente durante siete minutos un discurso que, según el color, luego critican de improcedente. Es que seguramente no oyeron bien o que en la interpretación no les salen bien las escenas sobre la coherencia. Que si esto ha sucedido en otras democracias y en la nuestra; Macron y el Dalai Lama son invocados, y todavía no sabemos si habló el jefe de un estado no democrático o el portavoz de una entidad que no todos aceptan. Y se indignan. Pues nada, habrá que cambiar los términos del concordato, o anular el concordato… Ah no, que viene a resultar que la Iglesia es la dueña de una parte muy importante de nuestro patrimonio artístico y arquitectónico, y entonces se liaría, porque… Vale, que hay mucho dinero en juego. Y se dice que España es un estado entregado a una secta, pero resulta que en la muy laica Francia hay que apoquinar para ver las vidrieras de Chartres o entrar en Notre-Dame; pues parece que vamos a tener que revisar la semántica de la laicidad (los franceses también).
Y luego está el uso de los medios de comunicación para la religión, para la política o para ambas. O al revés, porque estamos en un punto en el que no sabemos si vamos o venimos. Si lo pensamos bien, la visita del papa ha sido muchas cosas, he visto hipocresía y apariencias, pero también sincera devoción. Hay emociones de otras personas que no entendemos, lo mismo que otros no entienden las nuestras. Yo me quedo con que todo lo que ayude a visualizar el drama de las migraciones, el sufrimiento y la deshumanización vale para ver si empezamos a caminar en otra dirección. La visita de León XIV puede tener ese efecto, aunque lo demás sea parte del calderoniano gran teatro del mundo. No esperemos milagros, la sobreactuación siempre empeora el resultado. Ya solo queda el comodín del Mundial de fútbol, y ha empezado regular. La realidad es la que es.

