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Ilustres ignorantes

 

Se está extendiendo la idea de que cualquier asunto, por alambicado que parezca, tiene solución y explicación. Se piensa que cualquier especialidad de la ciencia de la que hablemos ha llegado a conclusiones definitivas sobre lo que sea. Curiosamente, vivimos una época en la que se está produciendo el empoderamiento de la ignorancia; muchos «enciclopedistas» de documentales, Youtubers o Wikipedia creen estar en la sabiduría máxima de casi todo (confunden sabiduría con conocimiento, y ni la una ni lo otro), y nadie controla la veracidad de lo que se publica ni de lo que se dice en los medios o las redes.

 

 

En esta orgía de conocimiento subrogado, hacen su agosto los libros de autoayuda, las llamadas pseudociencias y las teorías más peregrinas, que son seguidas por muchas personas porque, en el desentrenamiento general por el rigor en lo que se hace, creen cualquier cosa que aparezca en un medio o en la pantallita de su móvil. A esto se une la paranoia colectiva, que funciona sin aspavientos pero que propicia un sobresalto permanente que no se nota, porque cada día nos llegan por muchas vías advertencias sobre peligros informáticos, alimenticios, medicamentosos o medioambientales.

 

Y esa paranoia es el río revuelto en el que se forran -o al menos sobreviven- los charlatanes de feria, que a veces hasta tienen títulos universitarios, pero venden humo. Lo último es la moda del lenguaje no verbal; si ya todo el mundo cree que hay por ahí espías que nos leen los labios, ahora también saben si mentimos, estamos deprimidos con cara de risa o contentos con aspecto triste, si estamos decididos o dubitativos, si somos proclives o contrarios a lo que sea. Y lo deducen porque pestañeamos mucho o poco, apretamos el labio superior, bajamos los hombros, cruzamos o descruzamos las piernas o tenemos las manos extendidas o cerradas. Y se quedan tan anchos. Viene a ser casi como echar las cartas, nuestro cuerpo es como un siete de bastos, un libro abierto.

 

Pues siento decirles que no es así. El lenguaje no verbal efectivamente expresa de manera inconsciente sentimientos, estados mentales, aptitudes o actitudes. No es solo lo que se dice, sino el tono, la manera de alargar o truncar los sonidos, los gestos de nuestro rostro, las posiciones de nuestro cuerpo. Esto es objeto de profundas investigaciones, y llegar a tener un cierto dominio de la materia lleva mucho tiempo y esfuerzo en formación. Aun así, las garantías de que esos especialistas muy experimentados acierten como si fueran mensajeros de otra dimensión son a su vez motivo de debate. Es cierto que se están conformando disciplinas que sirven de apoyo en diversos campos. Pero son una herramienta más. Si a menudo un médico muy formado y bregado en el día a día ve cómo un paciente no responde a un tratamiento que ha usado con éxito otras veces, entrar en este territorio en el que se mezclan muchos componentes inasibles resulta todavía más azaroso.

 

Pero aparece alguien en televisión, que no se sabe muy bien qué formación acredita, y asevera toda una serie de cosas mirando un vídeo de 15 segundos de una persona; sin arrugarse, sentencia que oculta algo porque se ha tocado cierto lugar del rostro, ha mirado hacia un lado concreto o ha movido el torso de una determinada manera. Lo peor es que luego, en la vida real, esa paranoia colectiva hace que alguien que ha visto ese programa crea que le mienten cada vez que cree ver las miradas, los gestos o los movimientos de los que hablaban en televisión. Como si fuera una ciencia exacta y las personas se comportasen como mecanos.

 

Nadie pone coto a esta serie de disparates, y empieza a estar uno hasta el gorro de tanto experto cotidiano en alimentación sana, en inteligencia emocional o en lo milagroso contra el despiste que es tomar infusiones de tomillo los jueves por la tarde. El colmo es lo de la autoestima; llega alguien, te lanza dos gritos o te insulta sin más y la explicación es que es muy auténtico. Como decimos por aquí, efectivamente, es auténtico, pero un auténtico malcriado (lo siento profesor Rojas Marcos, se me subió la autoestima).

 

Ya metido a Nostradamus de medianías isleñas remojadas por la lluvia, tampoco estoy libre de pecado, seguramente porque no tengo ese riguroso archivo que se les supone a las grandes mentes preclaras que nos rodean (oye, sí, es que estamos rodeados). Ni siquiera suelo llevar esa libreta que el mito asigna a los escritores, molesquines creo que las llaman, tan bonitas, y algunas hasta con elástico.

 

Esta semana he tenido algunas visiones, todas ellas con vocación de artículo trabajado y tomando partido, pero es que me da pereza darle más vueltas a la noria de lo obvio. Por ello desisto de formular textos secuenciados y razonados. Me limito a reproducir esas visiones:

 

  • Atacar hospitales, escuelas, ambulancias y periodistas es un crimen de guerra. ¿Si hay crímenes de guerra es que hay crímenes de paz? ¿Debo deducir que no es un crimen lanzar una bomba y matar a una señora de mediana edad, que no lleva niños de la mano, no empuja una silla de ruedas con una persona enferma y simplemente va a su casa, a ver a su prima o a dar un paseo? Es que tenía entendido que matar es un crimen, a quien sea, haya guerra o paz.
  • He visto que ya se hacen entrenamientos para estar a la altura durante la visita del Papa. Por lo pronto, este Domingo de Ramos la misa de El Señor de la Burrita se ha celebrado el aire libre, en el parque de San Telmo.
  • Estados Unidos e Israel atacaron unas instalaciones iraníes en las que por lo visto se investigaba sobre usos de la energía nuclear. Decía el comunicado que fue destruido un complejo de «túneles subterráneos» (por lo visto los túneles aéreos no sufrieron daños).
  • El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria obliga a distintos locales a cerrar las terrazas porque pasan las procesiones por la calle que está a muchos metros. Es que las terrazas, ya se sabe…
  • El presidente de Corea del Norte lanzó una bomba nuclear de prueba para celebrar el que sería el cumpleaños de su abuelo.  Digo yo que tal vez habría sido suficiente con media docena de voladores… Vale, una docena, tampoco hay que ser tan rata, que era su abuelo.

Conclusión: como dijo el tío-bisabuelo Albert Einstein, ignorantes somos todos, lo que pasa es que no todos ignoramos las mismas cosas.

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El territorio de la incompetencia

 

Con el tiempo meteorológico ya no hay manera de acertar, porque ahora hay borrascas, danas, nubes convectivas y ciclogénesis explosivas, que vete a saber si son cosas diferentes, pero para diferenciarlas hay que saber mucho. Antes solo había temporales, unos más grandes, otros más chicos, y los más entendidos nos hablaban de nubes de desarrollo vertical -que era una expresión para parecer estudiado pero que nadie sabía explicar- o del famosísimo anticiclón de Las Azores, aunque nadie sabía qué era eso. El alisio no tenía pedigrí, era simplemente la brisa que viene del nordeste, y que cuando falla se mete la calima, que sí sabemos qué es porque se nos ponen los ojos rojos, se nos seca la garganta y se llenan las Urgencias con gente que no puede respirar.

 

 

Unos dicen que este año ha habido más invierno que nunca, otros que ha sido el más cálido de los últimos no sé cuántos años, y lo cierto es que ha sido un invierno muy lluvioso en Canarias. Y aunque ha habido una desfile de borrascas más poblado que el de las candidatas a reinas de los distintos carnavales de por aquí, ya está aquí la primavera, y nos coge con la isla verde, los embalses llenos (antes los embalses estaban en La Península, aquí siembre han sido presas, pero hasta eso se va perdiendo) y un cierto optimismo agrícola, aunque el ruido de una guerra que también nos afecta indirectamente (de momento) nos tiene en vilo.

 

El caso es que tener las presas llenas no nos sirve de mucho porque las grandes superficies compran en otra parte y venden a precios con los que nuestros agricultores no pueden competir. Llega la primavera, sí, ha sido un buen año de agua, también, pero la apisonadora de la burocracia sigue condenando a Canarias al monocultivo del turismo, y parece que no vemos un palmo fuera de esas orejeras. Ojalá el comienzo del ciclo de las estaciones desembote las cabezas de nuestros dirigentes -que no son solo los políticos- y de verdad empiece a diversificarse la actividad económica canaria, con mucho peso en el turismo, pero con voz y voto en otras actividades. Sigo diciendo lo mismo: la primavera es el primer tiempo, el de la floración, y espero que también el de las ideas llevadas a la práctica.

 

Aparte del ruido de las guerras -porque, por desgracia, hay que hablar en plural-, estamos en plena feria de elecciones, una detrás de otra. De momento, en Canarias solo se vislumbran las anunciadas para 2027, que son el final de ciclos estatal y local, pero lo que pasa por ahí también nos afecta, porque la política se está jugando en milímetros y todo lo que ocurre por ahí acaba afectándonos. En Canarias, hasta ahora, dependiendo de enemistades, presiones o talantes, los gobiernos se conforman unas veces con unos y otras con el que ayer era oposición, y si miramos los resultados habidos en sucesivas convocatorias al Parlamento de Canarias, no es raro que la fuerza más votada se quede en la oposición. ¡Y venga democracia!

 

Este juego de trileros lo ha manejado como nadie Coalición Canaria, que tiene su centro de gravedad en los diputados por Tenerife, y si volvemos a revisar los números veremos que esta fuerza ha hecho magia electoral para alcanzar el poder, porque con una aportación parlamentaria de seis o siete diputados ha logrado controlar al resto de CC, y con esta potencia añadida un Parlamento en el que 31 eran mayoría necesaria, en un hábil juego de matrioskas rusas que los eleva a la categoría de Anthony Gatto, aclamado como el supermalabarista mejor del mundo. Ahora, con la ampliación de número de diputados, nada ha cambiado en las reglas del juego.

 

Dicen que los tiempos han cambiado, y que otras marcas ya asentadas y alguna de nuevo cuño pueden cambiar la relación de fuerzas parlamentarias. Pues no sé yo. Lo triste es que ninguna de las fuerzas estatales tiene un proyecto en el que se tenga en cuenta Canarias, y las que se venden como nacionalistas juegan finalmente a lo mismo. Y resulta paradójico que entidades de fuera sí que nos tienen en su agenda, sea en la profundidades africanas, en el noroeste africano o en lejanas cancillerías en las que parece que hemos vuelto a siglos de colonialismo pleno, con amenazas claras o veladas, haciendo exhibición de fuerza ante los más débiles.

 

Eso no parece preocupar a los partidos políticos canarios. Los debates tienen que ver con la elección de candidaturas y las lapidaciones varias. ¿Por sus adversarios políticos? ¡Nooooo! ¡Por sus compañeros de partido! Está muy bien que se debata si este o aquella, si primarias o digitales, si… Ni siquiera se entra en lo importante del sistema que es la representatividad proporcional (aunque sea corregida) o en las listas abiertas. Pero en la tesitura de casi emergencia humanitaria que vivimos, incluso es secundario el sistema electoral, quiénes sean los candidatos o cómo se elijan; si no hay proyecto es humo de pajas.

 

Y otra vez volvemos al lugar del que por lo visto nunca hemos salido. Acudamos a quienes más saben, y pocos como Antonio Machado han definido esta nación, desde pintarla como «Charanga y pandereta» hasta plasmar la terrible idea de las dos Españas. También hubo dos Francias, dos Alemanias, dos Holandas, porque siempre existieron ricos y pobres, amos y servidores, aristócratas y plebeyos. Esto cambió sustancialmente en Europa con las revoluciones burguesas del siglo XVIII, y aunque sigue habiendo de todo, las diferencias se fueron reduciendo poco a poco. En España no, aquí esa revolución no sucedió, porque el país contemporáneo fundado por Las Cortes de Cádiz en la Constitución de 1812 fue laminado por el absolutismo fernandino, y se perpetuó con el caciquismo provinciano, la maledicencia programada, los nacionalismos excluyentes y la utilización del miedo, con la religión como aliada.

 

Y si Machado definió España, antes Galdós la retrató desde todos los ángulos, con unas fotografías permanentes porque no se mueven; casi siglo y medio después, esta sigue siendo una sociedad galdosiana. Hay una plutocracia que lo maneja todo con el poder del dinero y el látigo del miedo. ¿Qué puede esperarse de un país en el que hay un bar por cada 165 habitantes y un investigador por cada 15.000? Noticia de calado y de última hora: acabamos de entrar, otra vez, en el territorio de la incompetencia.

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Se agotan las fuentes

 

Se ha muerto Jürgen Habermas, el último estertor de lo que significó la Escuela de Frankfurt en la evolución del pensamiento en lo que llamaríamos la nueva edad contemporánea. Y sí que parece que nos hayamos quedado huérfanos, porque todo el devenir del último siglo ha venido a desembocar en lo que, hace unos años, fue llamado pensamiento débil por su mentor Gianni Vattimo, el filósofo de la posmodernidad.  Mezclando lo que escucho por la radio, veo en la televisión y recuerdo cuando paseo la mirada por los lomos de los libros de mi modesta biblioteca, siento la sensación de que el tiempo me traslada al siglo pasado, más concretamente al segundo cuarto, el mismo que ahora acometemos en esta centuria que se oscurece cada día más. Es ese el tiempo en que se fraguaron las distintas líneas de pensamiento y creación que clausuraron el romanticismo político y nos metieron en la oscuridad del odio de una guerra terrible, y luego en un mundo en el que el miedo a la destrucción nuclear se mezcló con leves rayos de esperanza, que a veces nos parecieron relámpagos, pero que, a los hechos me remito, nos tiene ya en el filo del abismo físico y moral, pues ya parece que todo ha caducado.

 

 

En esos años veinte y treinta del siglo anterior, en el que pasamos de bailar el charlestón a encender hornos crematorios de exterminio, las artes, las letras, la música y el pensamiento iban arrastrados de una mano por una gran potencia creativa y de otra por un instinto de destrucción que parecía el pórtico del infierno de la Divina Comedia (“Perded toda esperanza”). Ese ahogo de cualquier vía mental de salida bloqueó a mentes tan lúcidas como las del filósofo Walter Benjamín y el escritor Stefan Zweig, que decidieron quitarse la vida porque no fueron capaces de enfrentarse a la posibilidad de que se pudiera pasar por encima del cartel imaginado por Dante.

 

Y en ese tiempo había plumas que pasaban por escribir ficción o hacían política pero que realmente hacían sociología, filosofía y rebeldía, aunque esta última palabra no sea un concepto intelectualizable (o sí). Había también voces femeninas muy poderosas, que es ahora cuando empiezan a ser escuchadas, y cuyo pensamiento también es válido ahora mismo, porque el mundo está en una encrucijada parecida a la de hace cien años. Hanna Arendt, Simone Weil, María Zambrano o la muy olvidada y ahora recuperada Ayn Rand, quien, para que nos hagamos una idea de la falta que nos hace el pensamiento libre, defendió siempre posiciones en las que lo primero es la libertad individual, y por eso dijo que la moralidad termina donde empieza la pistola, que los que niegan los derechos individuales no pueden pretender ser defensores de las minorías y, el remache: “»Lo más difícil de explicar es lo evidente que todo el mundo ha decidido no ver». ¿Les recuerda algo?

 

Grandes nombres reconocidos, incluso en su refutación, han marcado el pensamiento, con la mencionada Escuela de Frankfurt como uno de los puntos de salida. La psicología, la filosofía, la sociología, la economía, la historia y muchas de las artes han tratado de responder a las grandes preguntas que llevamos haciéndonos desde siempre, y casi siempre lo que han conseguido es generar más interrogantes. Y con eso hemos construido lo que hoy somos, incluso quienes nunca han leído una sola línea o visto una película o un cuadro que se ajuste a determinados conceptos, porque todo se va extendiendo como una mancha de aceite. La revolución sexual de los años 60, los grandes movimientos pacifistas, la preocupación por la ecología y el cambio climático o los movimientos musicales, artísticos o tecnológicos no sucedieron al azar. Nada se produjo por generación espontánea, todo ha sido consecuencia de la evolución del pensamiento, que también se expande desde la literatura, el rock o cualquier otra manifestación humana. Pero todo proviene de las fuentes del pensamiento, y siempre fue así.

 

Cómo no, muchas de estas ideas molestaban a quienes esos cambios podían restar poder, beneficios o simplemente comodidad, y, por supuesto, reaccionaron. Como en la tercera ley de Newton, el principio de acción-reacción también se cumple en el tratamiento de las posibles respuestas a esas preguntas que nos venimos haciendo desde que tuvimos como especie la capacidad de pensar. Pero las grandes fuentes se están secando, una de las más importantes ha sido la de Habermas, que acaba de partir, y si acaso queda la resaca de Noam Chomsky, que de lingüista devino en activista y ahora ya está de baja por la edad y el deterioro físico, y también por sus relaciones con Jeffrey Epstein, que ha resultado ser una especie de maldición que ensucia todo lo que toca.

 

Y en esas estamos, y algunos de los faros deslumbrantes que ahora nos quedan en pie provienen del campo en el que la ciencia se cruza con el debate de sus límites. Sigo pensando que hay que tener en cuenta a nuevas voces, como la española Victoria Camps, la filósofa de la bioética, o a Angela Davis, cuya voz sigue sonando fuerte. Desde luego, no debemos desestimar la obra de quienes ya no están físicamente, como seguimos mirando las señales que nos llegan de los clásicos o de los ejemplos de personajes como Giordano Bruno o Miguel Servet, porque el pensamiento es tan amigo de la ciencia como del arte.

 

Para no perder esa esperanza dantesca, hay que seguir agarrándose a estos asideros, y tratar de detener el tiempo, porque esa voracidad de las prisas del zapping o los mensajes de 140 caracteres no permiten pensar. La Inteligencia Artificial hace posible conjugar millones de datos en segundos, cosa que el cerebro humano no puede hacer, pero si queremos alcanzar algo que pudiera oler aunque sea de lejos, a pensamiento libre, debemos usar la demora, la maceración de las ideas, porque ya saben lo que dijo el clásico: “El tiempo no perdona lo que se hace sin contar con él”.