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Una realidad extraña

 

Este es un mes tonto. Todo parece detenido pero este año tengo la sensación de que algo está moviéndose por debajo. Por esa costumbre de relacionar todo lo importante con el Sol, los romanos nombraron este mes como Augusto, que era el dios-emperador que iluminó el nacimiento del imperio. Es el mes de la trilla, que cuantifica finalmente qué cantidad de cereales tendremos para el invierno y el de la maduración final de las uvas, que serán vendimiadas en septiembre, aunque últimamente se empieza a vendimiar mucho antes. El pan y el vino son los galardones del mes, y no es casualidad que el rito central del cristianismo -que surgió al compás del Imperio- se relacione con estos dos elementos que simbolizaban la vida.

 

 

A medida que ha pasado el tiempo, ese mes tan activo en el que se aprovechaba el calor para guardar como las hormigas, se ha convertido en un mes pasivo, en el que se descansa mayoritariamente hasta el punto de que gran parte de las actividades están paralizadas o a ralentí. Es evidente que para que unos descansen y lo pasen bien otros tienen que trabajar y es por eso que este es el mes estrella de las agencias de viajes, los transportes, la hostelería y la restauración. Pero este mes se asimila contradictoriamente con la quietud y el relax deseado de unos o la frenética actividad viajera de otros, cuando se realizan eso viajes que muchas veces parecen una competición en guagua para ir tachando de un listado lugares del que solo se ha visto el hotel o el restaurante en el que se come, y que hace unos años se llamaba en tono humorístico «cinco días, doce ciudades». Y en esas contradicciones están también quienes prefieren quedarse en su población habitual porque está más tranquila y plácida que nunca, siempre que no sea lugar de destino costero.

 

El caso es que agosto es como una frontera, porque, aunque el año oficial empieza el 1 de enero, la realidad es que casi todo funciona en ciclos que suelen comenzar en septiembre, y el paradigma es el año escolar que es finalmente el que marca el resto de la actividad colectiva. Las fiestas, tan abundantes en este mes, también tienen que ver con la actualización de las lejanas celebraciones de las cosechas. La Iglesia Católica ha ido cuadrando cada rito pagano con una fiesta religiosa; desde San Lorenzo a las mil advocaciones marianas, ha pasado todo por el tamiz de las conveniencias, fueran de un emperador romano, de una religión o de las estructuras económicas de las sociedades. Y ahora ya solo falta que se invente el mes Trump, pues el caprichoso gerifalte de la Casa Blanca no tardará en pedirlo, porque no va a quedarse sin su mes. No va a ser menos que Julio César y Augusto.

 

El mundo entero está de vacaciones, que consisten en hacer un simulacro, levantarse tarde e imaginarse nadando en dólares, euros y libras. El problema será el despertar, y no porque de pronto se haya dejado de ser el producto de un sueño, sino porque el maldito despertador empezará a sonar a deshoras, el muy criminal. Y es que ser rico consiste en levantarse tarde y no dar clavo, no seduce mucho la idea de ser multimillonario levantándose temprano y trabajando hasta la madrugada. Y como las vacaciones son para todo el mundo, incluso para los gobiernos (he oído que algunos países tienen gobierno), supongo que también estarán de asueto los mendigos, pararán los delincuentes porque agosto es inhábil judicialmente y no habrá infartos ya que un porcentaje importante de la Sanidad también descansa. Puesto que el mundo se ha detenido como una foto fija (no sé por qué lo dicen ya que todas las fotos son inmóviles) y lo único que se mueve son las olas del mar, pues, donde haya costa, nos vamos todos a la playa.

 

Claro que, eso era antes. Porque este año, aunque sigue habiendo vacaciones y se baten récords de ocupación, se ha abierto la caja de Pandora y las amenazas vienen de todas partes. Ya no es que Occidente se horrorice con los desmanes que suceden en lejanos y pobres países (bueno, países ricos habitados por personas pobres, para ser exactos), ahora el horror ha llegado a la vieja Europa, y hasta nuestra bonanza turística tiene en ese horror una de sus fuentes de visitantes. Es decir, tenemos turismo prestado. Pero, como por costumbre hay tendencia estival a que se pare el mundo, aproveche ahora si tiene intención de bajarse. Por el momento, yo voy a seguir en este tiovivo, no porque pueda hacer algo para reconducirlo, sino porque tengo la curiosidad de ver en qué termina este desastre general, cuya simple enumeración nos llevaría horas.

 

El gran diálogo nacional es ridículo y sonrojante. Aunque uno no quiera, acaba por enterarse de todo (de todo lo que quieren que se entere), como si España fuese un portón de vecindad. Abres los periódicos, miras una revista, oyes la radio, paseas por Internet o ves la televisión, y tienes que saber casi por decreto qué temperatura hizo ayer en Badajoz porque ahora el tiempo meteorológico es centro de atención y es noticia -cambio climático aparte- que en verano haya calor y en invierno frío. Sabemos quién es el desgraciado que hace sufrir de amores a una cantante y qué señora ha lucido en un evento el mismo vestido que otra dama de más nombradía llevó en otro acontecimiento reciente muy fotografiado.

 

También nos informan con todo detalle sobre la última filtración sobre el fichaje de una figura del deporte que pretenden los equipos más poderosos, sobre por qué un personaje del papel couché no ha asistido a una boda de tronío de una supuesta gran amiga. ¿Qué puede esperarse de un país en el que llaman maestro a un tipo que mata toros en público, por muy bien que los mate? Y no hablo de política porque, sea en Canarias, en España, en Europa o en el planeta entero, eso que nos cuentan no es lo que está pasando de verdad. Estoy convencido de que son cortinas de humo, y lo que realmente ocurre lo sabremos cuando nos haya pasado por encima. Una realidad extraña: hasta el Sol y la Luna se distraen jugando a los eclipses.

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Los eclipses y la fin del mundo (sic)

 

Ahora que hay eclipse total aunque desde Canarias no pueda observarse a plenitud, tal vez sea el momento de recordar el que sí pudimos ver los habitantes de estas islas hace 67 años.  Desde la realidad de la literatura, se vivió así:

“César Ayala tenía los mismos años que el siglo. El tiempo había hecho realidad el sueño de su juventud: ser dueño de un puesto de venta en el mercado en el que vio pasar su adolescencia trabajando por un jornal. Atrás quedaron las guerras del Rif, la vida de emigrante en Santiago de Cuba y el miedo de la Guerra Civil. Seguía frecuentando el bar de la calle La Pelota, donde cada madrugada Toribio le hacía leer en voz alta el periódico. En 1959, César ya era abuelo, y Toribio había legado el bar a su hijo.

 

 

Las costumbres también habían cambiado para ellos. Ahora no se veían al amanecer. La hora de la cita en el bar era a mediodía, después de que cerrara el mercado y César Ayala dejara el puesto limpio por si al día siguiente pasaban los inspectores de Abastos. A esa hora, de camino a su casa en uno de los riscos que dan anfiteatro a Vegueta y Triana, Ayala entraba en el bar y se sentaba a la única mesa que sobrevivía entre aquellos vestigios de serrín y barricas añejas.

Toribio lo esperaba como todos los días, acomodado en una banqueta, debajo de un almanaque de hacía varios años y barajando las cuarenta cartas con las que jugarían el inexcusable subastado de cada mediodía. Estaban preocupados porque Roquito no se había dejado ver en toda la mañana. Y él nunca faltaba a un subastado. No importaba. La vieja amistad entre César y Toribio les llevaba siempre a los buenos años en que Ayala, aún muy joven, leía el periódico a los clientes.

-La carta de Fátima me tiene hablando solo -comentó el anciano-; ¿se acuerda cuando usted nos leyó lo de las apariciones de la Virgen, en el año diecisiete?

¡Claro que Ayala se acordaba! Y las predicciones de las dos cartas que habían sido abiertas se habían cumplido. Faltaba la tercera, la que según se decía abriría el Papa en 1960. En las tertulias se especulaba sobre el contenido de la tercera y definitiva carta que la Virgen había entregado a los pastores portugueses. Se decía que anunciaba la destrucción del mundo y el Juicio Final.

-Usted no haga caso a lo que diga la gente, Don Toribio -lo tranquilizaba Ayala-, el mundo se acabará para cada uno cuando se vaya para las chacaritas; aquí no vamos a vivir siempre, y si se ha de acabar, me gustaría verlo.

-No sea hereje, Ayala -le recriminaba el viejo, que con la edad se había vuelto temeroso.

Después de muchos años de guerra, hambre, emigración y cartillas de racionamiento, las cosas empezaron a enderezarse en los años cincuenta. La isla se entretuvo contándose verdades, mentiras y fábulas. El terrible asesinato de Chanrai daba para muchas conjeturas, y para acabar, el invento de la perra Chona desenterrando huesos en los alrededores de San Lorenzo y Almatriche metió el miedo en el cuerpo a quienes tenían algo que ocultar.

Al final de la década, una conversación acabó por empequeñecer a todas las demás: la tercera carta de Fátima. Acaso por deformación indiana de tanto ir y venir al Caribe, al cataclismo final lo llamaban en Canarias «la fin del mundo», en femenino, como a los huracanes antillanos que entonces eran bautizados irremediablemente con nombre de mujer. Según pasaban los meses de los años de la década de los cincuenta, el temor iba apoderándose de aquellos que menos información tenían. El temporal del 55 y la plaga de langosta del 56 parecieron avisos claros de que la supuesta profecía estaba a punto de cumplirse.

En eso, llegó al bar la noticia de que Roquito había muerto, y citaban para el entierro al día siguiente a las diez. César Ayala consoló a Toribio y se fue a comer. El día del entierro, Ayala cerró el puesto del mercado a las nueve y acudió a despedir a Roquito. Como el difunto era de Santo Domingo, el trámite acabó pronto. Antes de las once ya habían dado el pésame a los doloridos en la puerta del cementerio de Las Palmas. Era casi obligado pasar por un cafetín a echar una copa en memoria del finado, y a Ayala no se le ocurrió nada mejor que llevar a Toribio a un tienducho de aceite y vinagre que también despachaba copas por la zona de plataneras más allá de Vegueta.

Caminaban despacio por la vieja carretera de salida a Telde y el Sur cuando empezó a oscurecer. Eran las doce menos cuarto de la mañana del 2 de octubre de 1959. No había una sola nube. Toribio se paró en seco y empezó a atar cabos:

-Esto es la fin del mundo, Ayala, y se ha adelantado.

César Ayala tampoco las tenía todas consigo. Todo aquello del fin del mundo le pareció siempre pura charlatanería, pero que se le hiciera de noche antes de las 12 del mediodía eran palabras mayores.

– … Pues … no sé qué decirle, don Toribio -titubeó César, que iba contagiándose del miedo de su amigo, a medida que se echaba encima la imprevista noche cerrada, las palomas dejaban de volar y las gallinas buscaban un palo horizontal donde dormir.

Los dos hombres quedaron sin habla hasta que el día comenzó a clarear de nuevo, dos minutos después. Poco a poco, el Sol recobró su brillo primaveral y César empezó a pensar que todo aquello debía tener alguna explicación que él desconocía; para Toribio, era otro aviso.

-Pero si usted ha vivido casi 80 años, ¿qué más le da morir de una cosa o de otra? -le dijo Ayala cuando hubo recuperado el ánimo.

Si César Ayala hubiera conservado la costumbre juvenil de leer el periódico, se habría enterado con antelación de que acababan de presenciar uno de los mayores eclipses de Sol del siglo XX. Para decepción de Toribio, el mundo no se acabó en 1960, y el Papa, si es que entonces abrió la tercera carta de Fátima, no dijo lo que ponía.”

(Fragmento de Crónicas del Salitre, libro del autor del artículo)

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Agosto, qué bien

 

No voy a entrar en el galimatías las migraciones, las regularizaciones y todo lo que se ha chillado en estos días alrededor de lo acontecido en Ceuta, que a su vez es irrebatible consecuencia de varias cadenas de errores que vienes de muy lejos. Dejarlo todo para luego es norma tanto en España como en la UE. Cuando encima se entrecruzan factores varios como la locura de quienes manejan las políticas en este planeta, que usan la miseria y el dolor de las personas como proyectiles contra los de enfrente, las soluciones que escuchamos, desde los responsables de Bruselas hasta el mismísimo Santo Padre de Roma, se quedan en palabritas de buena crianza y ya veremos cómo llegamos hasta la semana que viene, hasta la próxima reunión de no sé qué comité o a las elecciones estas, esas o aquellas.

 

Es estos casos siempre vuelvo a la Historia, porque por lo visto hay un empeño generalizado en repetirla. La mentira, las componendas, que parecen de buena fe pero que casi nunca lo son, y los discursos de Grouchos, Cantinflas y Chiquitos sin gracia son las recetas habituales, y parece darles lo mismo que haya 30, 60 o equis muertos (daños colaterales), jóvenes, hambrientos y ahogados. Y todo tiene que ver con las políticas de embrutecimiento. Es que por lo visto existe la ciencia infusa, aunque a veces se vuelva en contra incluso de quienes desmantelan la única educación a la que tienen acceso las clases menos pudientes.

 

Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos las políticas de inmigración y los planes de formación que se aplican a las nuevas generaciones, cabe preguntarse si lo que se pretende es fomentar la escasa capacitación y tener mano de obra barata para que los de siempre sigan beneficiándose de la ley del embudo. Supongo que no niegan la alfabetización porque eso perjudicaría el uso de las redes sociales, con la consiguiente pérdida de mercado en instrumentos y aplicaciones digitales. La consigna pudiera ser que aprendan solo lo necesario para que los distintos sectores del mercado sigan funcionando. Eso puede explicar cómo, una y otra vez, se genera deterioro en los sistemas educativos al hacer que los tipos de formación que se imparten sean a menudo opuestos a las necesidades. Es más, hay gente que no encuentra trabajo porque está muy preparada, y un currículum lucido puede echar para atrás a los empleadores de puestos de trabajo muy por debajo de la formación que han conseguido con gran esfuerzo quienes lo solicitan.

 

Es un embrollo difícil de explicar e imposible de entender, pero está ocurriendo que se promociona la ignorancia. Esto, que es un suicidio colectivo, viene en el ADN generación tras generación. Es como una noria, vuelve y vuelve: en el Renacimiento y el Barroco, se abrieron en España muchas escuelas, que entonces eran privadas, en las que se adiestraba en lectura, escritura y números. Las había también de niveles más elevados, que eran la antesala de las universidades. Esto propició que mucha gente humilde se fuera formando y que esa inquietud diera lugar a que algunos pobres de solemnidad pudieran llegar a ocupar puestos importantes si su capacidad intelectual les daba para ello. Las zonas rurales se despoblaron y los trabajos más humildes de la agricultura, la ganadería, la artesanía o la pesca fueron desempañados por los moriscos (musulmanes conversos).

 

Como la torpeza de los gobernantes españoles no es cosa de ahora, entonces fueron capaces de darse un tiro en el pie, de modo que, en los albores del siglo XVII, al rey Felipe III y a su inseparable Duque de Lerma no se les ocurre otra cosa que expulsar a los moriscos. La consecuencia lógica de tal disparate es que no se podía construir porque los albañiles y los carpinteros se habían marchado, empezó a escasear el pescado porque se quedaron sin pescadores, faltaban carne, leche y queso porque no había pastores y no se encontraba verdura porque los calabacines no se plantan, se riegan y se recogen solos. Lo siguiente fue el desplome de la actividad económica. Es decir, la ruina y el hambre.

 

Así de mal iban las cosas cuando accedió al trono Felipe IV, que era un imberbe de 18 años manejado por su valido (especie de primer ministro), el Conde-Duque de Olivares. Pues el cerebro condeducal de inteligencia (la calificaré de extravagante, para no molestar) dicta lo que ahora llamaríamos un paquete de medidas (lo de paquete es seguro), todas dignas de entrar en la antología del disparate, pero me centraré solo en una. Para que hubiera brazos destinados a los trabajos físicos, se redujeron drásticamente las escuelas de los pueblos y las de mayor nivel de las ciudades; para acceder a ambas había que tener determinada renta, más lo que costara vivir fuera de casa, pues para que se pudiera abrir una escuela era necesario un número determinado de habitantes, que la mayor parte de las zonas rurales no tenía. Como dato, consta que se pasó de más de 4.000 escuelas de nivel medio a solo 100 en toda España. En la práctica, lo que se hacía era destruir cualquier posibilidad de formación intelectual básica, y así pensaban crear mano de obra barata y diligente.

 

Con esas medidas, España retornó a estructuras feudales, perdió todos los trenes en los dos o tres siglos recientes. Ha sido un desastre hasta para quienes propiciaron semejantes políticas. Cuatrocientos años después, seguimos igual: las necesidades del mercado laboral por un lado, la formación por otro. Y todavía hay quienes culpan a los inmigrantes de nuestros problemas, cuando ellos, en su mayor parte, han ocupado y ocupan el lugar que hasta el siglo XVII tenían los moriscos expulsados. Pues eso, a echarlos, como hizo Felipe IV, ya ven los resultados. Dejen de discutir sobre quimeras insustanciales y echen un vistazo a la verdadera Historia de España. Esa estructura cuasi feudal, muy disimulada pero real, no solo hará más pobres a los pobres, sino que arruinará a los poderosos. Ya ha pasado varias veces y está volviendo a pasar. Cae en el olvido porque el sistema considera que estudiar la Historia es una pérdida de tiempo. Eso sí, a algunos les interesa que todo siga pudriéndose para seguir teniendo esclavos. Lo de Ceuta es solo una anécdota en esta destrucción irresponsable de los avances logrados con no poco esfuerzo y mucho sufrimiento. Y nuestros dirigentes de vacaciones. Agosto, qué bien.