Dicen que este año el otoño se ha resistido. Así es en la práctica, porque, hasta hace un par de décadas, a finales de septiembre desaparecían las canículas de julio y agosto, y refrescaba un poco, aunque el otoño-otoño no llegaba de verdad hasta las puertas de diciembre, porque en medio surgía los llamados veranillos con calor juliano, en los alrededores de fechas señaladas en el santoral, del que recibían los nombres, San Miguel, del Pilar, los Difuntos y el último, el veranillo de San Andrés, fijado al último día de noviembre, cuando el refranero decreta la fundación del vino (“por San Andrés, el mosto vino es”). A este clima confuso y disperso, un viejo campesino lo llamaba “tiempo de Guadiana”, porque va y viene, y siempre contaba sus andanzas bélicas por Villarrubia de Los Ojos, un lugar manchego que linda con Urda, y por donde el río Guadiana nacía, se ocultaba y renacía, en el acuífero que nutre el humedal de Las Tablas de Daimiel.

Lo que ha ocurrido es que los veranillos, que eran de dos o tres días, este año se han alargado por delante y por detrás, que casi no se han sentido los frescores de los atardeceres. Pero ya parece que noviembre nos anima a que vayamos retirando las sandalias, eso sí, sin prisas. Y el planeta seguirá girando, porque puede que un día sea inhabitable para los humanos, pero sobrevivirá a cualquier evento. Cuando la gente dice que estamos destrozando el planeta, lo que quiere decir es que cada vez es más hostil a los humanos, pero eso nos daña a nosotros, porque el planeta seguirá millones de años en su danza hasta que sea absorbido por el Sol. El ejemplo es Marte, que tal vez albergó vida, y con atmósfera o sin ella, ahí sigue tan campante.
Publico esta columna los martes, y hace siete días no imaginaba que el miércoles 28 de octubre nos dejaría helados por el accidente ferroviario de Urda, en esa Mancha literaria y trágica que evocaba mi vecino recordando los Ojos del Guadiana. Siempre hemos sabido de la generosidad de los españoles, de su solidaridad y su entrega cuando vienen mal dadas. Lo hemos visto siempre en la desgracia, fuese en Valencia, en Adamuz o cualquier rincón de este país tan pasional. Las gentes de Urda no fueron la excepción, ni los de sus pueblos vecinos (Los Yébenes, Consuegra, Alcázar de San Juan…) Todo el mundo en primera línea de la ayuda, asumiendo riesgos, y sin preguntar por esas capas de cebolla que a veces se vuelven de acero, como la política, la religión o la intolerancia de lo que no sea como tenemos grabado en nuestro cerebro. Esa España es la que me gusta, porque entre toda esa gente había personas con distintas maneras de pensar, que votarán diferente el 29 de noviembre, y en la tragedia, personas nobles y generosas, no se puede ser más.
Por otra parte, apenas se fue conociendo que el número de muertos y heridos aumentaba, también hubo quienes se ocuparon de despertar lo peor de la gente. Daba miedo ver lo que se decía en las redes, barbaridades que uno nunca pensó que nadie en su sano juicio diría en medio del dolor que, paradójicamente, les era ajeno. Este es un pueblo pasional, pero quienes azuzan esas conductas hacen un daño terrible a esa idea de colectividad diversa pero armónica, que dicen defender pero que pisotean cada vez que generan odio, porque a la Transición se le pueden colgar muchas críticas desde el punto de vista técnico o ideológico, pero nunca se la podrá acusar es de alentar el odio. Y me molesta que ahora esos “constitucionalistas de última hora” promuevan justo lo contrario de lo que viene de aquellos tiempos, también difíciles, de hace medio siglo.
Por esas tierras manchegas por donde abren camino las vías del tren hacia Extremadura, el Sur y Levante, por donde discurre hacia Ayamonte el río Guadiana, también caminó bajo un sol de justicia el Cid literario (el histórico me gusta menos, era un vulgar mercenario). Cuando la gente lo veía pasar hacia el destierro, decía en ese poema épico fundacional de nuestra literatura: “Dios, qué buen vasallo, si hubiese buen señor”. Ya no estamos en tiempos de vasallos y señores, aunque parece que algunos quieren volver a eso con otros nombres, pero el significado es claro: este pueblo no tiene los dirigentes que su nobleza merece. La política en estos tiempos, en lugar de liderar lo que engrandece, alimenta lo que envilece, desprecia los elementos básicos y se olvida del más esencial de todos: el diálogo.
Vivienda, educación, sanidad, dependencias, infraestructuras, justicia social, fiscalidad racional… ¿Sigo? De eso hay que hablar y exponer, y en estas circunstancias lo que parece que es prioritario para los agentes políticos es el poder que pueden conseguir o conservar. Me indigna ver cómo se arman discursos básicos que simplemente niegan pero no proponen, que desde los púlpitos diversos se arengue a base de medias verdades, ocultamientos, calumnias y mentiras directamente, que los partidos llamados progresistas se dispersen en una contradicción vergonzosa, que los nacionalismos identitarios se comporten como mercado puro y duro (si es que siempre no fue así), que la gente de buena fe no sabe qué votar porque no parece que ninguno de los asuntos enumerados al principio de este párrafo les importe demasiado.
Me indigna ver cómo a las soluciones posibles a este o aquel problema se alega que son procesos burocráticos muy complejos, agravados porque para mover algo intervienen varias administraciones. Digo yo que, sin todo es tan embarullado, ¿por qué no simplifican los procesos si está en sus manos? Ah, ya, porque tienen que dialogar, y han perdido la costumbre. Estoy convencido de que se puede llegar a acuerdos en favor del interés general, porque en el fondo de esta sociedad hay una enorme capacidad de entendimiento, pero quienes pueden alentarla se empeñan en destruir al otro, y así no vamos a ninguna parte. No es solo cuestión de intereses económicos, y a menudo suena como si fuese el resultado de resquemores personales que nada tienen que ver con lo que la sociedad necesita. Me quito el sombrero ante ese espíritu del pequeño municipio toledano de Urda (2.500 habitantes), de esa Mancha quijotesca, porque es una lección que los “Campeadores” de este tiempo debieran aprender, ya que lo humano es lo único que otorga grandeza. Debieran entender de una vez que el griterío estéril no es España, Urda sí.



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