Muchos ven en este siglo XXI una superposición del siglo anterior, lo cual, aparte de ser entre decepcionante y terrorífico, puede concordar en fechas y poco más, porque en el siglo XX hubo sociedades que fueron el soporte de distintas corrientes políticas y económicas, pero entonces esas visiones del mundo parecían mucho más nítidas que ahora, seguramente porque los discursos populistas de toda índole tratan de simplificar en pocas palabras asuntos muy complejos, que es la manera de llegar lo más pronto posible a la mayor cantidad de gente posible. Ya entonces hubo personas que descubrieron el truco que sigue en vigor un siglo después: soluciones simples a problemas difíciles y rebuscados. Aquí vale el consejo de El Padrino don Vito Corleone a su hijo Michael: “El que te ofrezca una solución rápida (en este caso un encuentro con otro mafioso), ese es el traidor”. Siguiendo esa lógica, miente quien predique soluciones simplistas para resolver el abigarramiento laberíntico de estos tiempos.

Vivimos una época muy contradictoria. Los grandes avances del siglo anterior, que se han acelerado en este primer cuarto del actual, dotan a la sociedad de instrumentos inimaginables hace tan solo un par de décadas. La gran ironía es que esas enormes capacidades generan nuevos problemas, o se utilizan demasiadas veces contra el avance colectivo de la Humanidad. Había hace un siglo otra característica de las ideas: se expandían, con una lógica territorial, que se mantuvo durante mucho tiempo, primero con el auge y la caída de los fascismos, y luego con la división del mundo en dos bloques, con algunos vanos intentos de fuga como el movimiento de los No Alineados. China todavía era el monstruo que dormía y que ya ha despertado. Ya entonces, algunos dirigentes de la democracia liberal veían con buenos ojos dictaduras de facto como las de Omar Torrijos en Panamá o la del Mariscal Tito en la antigua Yugoslavia. Al final, los intereses pasaban por encima de los cantares de libertad. Casos así aguantaron (y todavía aguantan) las supuestas democracias inmaculadas, porque el capitalismo siempre iba y va un paso por delante.
Entonces había el mismo racismo que ahora, pero se disimulaba con un colonialismo que en los años sesenta pasó a ser poscolonialismo, y no sé qué es peor. La exacerbación de los fanatismos religiosos y políticos empieza a irse de las manos. Esas grandes capacidades que la Humanidad tiene a su alcance son a la vez vías para entrar en ideas delirantes. El debate empieza a no ser posible, no hay sosiego, y así no vamos a ninguna parte. Al mismo tiempo, al menos en Occidente, el mundo parece que funciona con normalidad, ajeno a hechos que pueden cambiarlo todo, como las disparatadas guerras comerciales lanzando aranceles en lugar de bombas, o las propias bombas cayendo en Europa oriental o en un lugar tan necesario para Occidente como el Estrecho de Ormuz.
De esa época entre los siglos XIX y XX, es una conocida zarzuela de ambiente aragonés titulada Gigantes y cabezudos, en la que se canta la famosísima jota “Si las mujeres mandasen…” Y durante el siglo anterior y lo que llevamos del actual fueron muchas las mujeres que alcanzaron poderes de distinta índole, pero poderes al fin y al cabo. ¿Qué diferencia hay entre mujeres con poder como Golda Meir, Indira Gandhi o Margaret Thatcher, Ángela Merkel, Christine Lagarde o Ursula von der Leyen con los hombres con poder al uso? Sin embargo, es en esta primera mitad de siglo XX donde encontramos a tres mujeres que no tuvieron poder, pero lo estudiaron y lo sufrieron, hasta el punto que lo que hicieron, dijeron o escribieron hace cien años sigue teniendo una validez extraordinaria. Me refiero a Rosa Luxemburgo, Hannah Arendt y Simone Weill. La clarividencia de su mundo contemporáneo fue portentosa, y lo que ahora más asombra es que siguen teniendo una vigencia casi profética.
Con la primera crisis de los imperios, que luego llevaría a la Gran Guerra de 1914, combinada con la llegada del marxismo-leninismo a Rusia, era una consecuencia tan obvia como la ley de la gravedad que activistas como Rosa Luxemburgo se acercaran al marxismo y a los primeros partidos de la familia de comunismo, que entonces llamaban socialismo real. Muy pronto se dio cuenta de que un cambio sustancial y positivo de la Humanidad nunca llegaría por medio de los pelotones de fusilamiento. Esta oposición hacia la verdadera libertad personal le costó la vida, asesinada a tiros y lanzada a un canal berlinés por quienes en teoría eran sus correligionarios, pero las ansias de poder y la pertinaz defensa del pacifismo la condenaron. En tiempo revueltos, ir contracorriente suele pagarse muy caro.
No voy a descubrir aquí a Hannah Arendt, nacida judía que atravesó buena parte del siglo XX siendo muy crítica hasta con el mismísimo Theodor Adorno, y trabajando por la libertad de pensamiento en todo tipo de circunstancia. No está de más darse una vuelta sobre sus ideas sobre muchos temas, uno de ellos muy actual, cual es la creación del estado de Israel y el entendimiento entre judíos y palestinos. También defendió siempre que la guerra nunca es la solución a nada, y eso le valió la marginación intelectual.
La más asombrosa de esas tres figuras es la filósofa y activista francesa Simone Weill, una mujer con un cerebro privilegiado y una salud muy endeble, lo que no le impidió alistarse como miliciana en la Guerra Civil española, donde estuvo en el frente de Aragón y en Barcelona; pronto volvió a Francia, por su salud y por el horror y el rechazo que le causó ver cómo los que ella creía suyos y justos fusilaban sin necesidad ni argumentos a joven falangista. Luego se unió a la resistencia francesa contra Hitler, pero otra vez su salud la relegó a una mesa de oficina en Londres junto al General De Gaulle. Murió con solo 34 años a mitad de la II Guerra Mundial, pero su obra sigue vigente gracias al rescate que hicieron de ella intelectuales como Albert Camus, que sin duda recibió una gran influencia de su pensamiento, cosa que nunca negó el Premio Nobel franco-argelino.
Estas tres mujeres son columnas recias del pensamiento y de la lucha por la libertad real y la justicia. La obra, especialmente de las dos últimas, puede arrojar mucha luz sobre los debates que hoy están sobre la mesa: nacionalismo, feminismo, racismo, migraciones, capitalismo, socialismo… En cuanto a Rosa Luxemburgo, tal vez valga la base de su pensamiento: “La libertad siempre es la libertad del que piensa diferente”. Qué peligro.



El contenido de los comentarios a los blogs también es responsabilidad de la persona que los envía. Por todo ello, no podemos garantizar de ninguna manera la exactitud o verosimilitud de los mensajes enviados.
En los comentarios a los blogs no se permite el envío de mensajes de contenido sexista, racista, o que impliquen cualquier otro tipo de discriminación. Tampoco se permitirán mensajes difamatorios, ofensivos, ya sea en palabra o forma, que afecten a la vida privada de otras personas, que supongan amenazas, o cuyos contenidos impliquen la violación de cualquier ley española. Esto incluye los mensajes con contenidos protegidos por derechos de autor, a no ser que la persona que envía el mensaje sea la propietaria de dichos derechos.