Decía Saramago que los negros, los asiáticos, los homosexuales, los inmigrantes y todas las minorías injustamente tratadas no son iguales. Son diferentes, y es esa diferencia la que hay que respetar por encima de todo.
Por otra parte, es irrenunciable la igualdad jurídica, social y doméstica de mujeres y hombres. Es decir, respeto y justicia. Hay que seguir, queda mucho camino. Se tambalea el cambio que se inició en el siglo XIX con las sufragistas y la lucha por la igualdad de todas las opciones sexuales; ha sido una avance tremendo, bendecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y remachado por actuaciones como la de la OMS cuando decretó que la homosexualidad NO es una enfermedad. En buena parte del planeta esto no sirve, porque solo hay que ver el trato a la mujer o los homosexuales. Creíamos que Europa ya estaba ganada, pero vienen otra vez los reaccionarios de siempre y se apoyan en religiones, costumbres y casi diría que en la maldad para volver a los tiempos oscuros.
Quieren cercenar derechos y libertades. En España ya han empezado con las mujeres y no me extrañaría que pronto tocaran los avances alcanzados en la igualdad de las personas que se relacionan con su mismo sexo. Hablan de tradición y esa es una palabra que me da pánico, porque no todas las tradiciones deben ser conservadas; es más, muchas deberían ser abolidas hasta de la memoria. La tortilla de carnaval es una tradición conservable, pero no lo es lanzar cabras desde los campanarios, martirizar toros o perseguir homosexuales; y así otras muchas. Hay que seguir alerta.
No perdamos de vista lo que significa el 8 de marzo.



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