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Proyectos, programas, nada

 

Desde siempre, en Canarias hay creatividad y talento en todas las facetas de la actividad humana, y la artística e intelectual no es una excepción. No entiendo entonces por qué se niega tan a menudo la capacidad creadora de los artistas canarios si se reconoce la imaginación en la agricultura, el turismo o la supervivencia. No todos los que esculpen son escultores, pero les aseguro que hay grandísimos escultores, ni todo el que tiene una guitarra es compositor, pero hay excelentes compositores; y así en todo. Canarias ha padecido todas las crisis del mundo, pero nunca la creativa. De modo que las carencias de eso que llamamos cultura hecha en Canarias no están en la creación, sino en la difusión y el conocimiento de lo que se crea.

 

 

Lo siguiente es obvio: no hay que estimular, promocionar o subvencionar a nadie para que escriba, componga, pinte o baile (que es lo que a menudo se hace, es lo más fácil), hay que dar a conocer lo que existe, pues la creación nace por sí misma pero la difusión necesita cauces que no están en las manos de los creadores. No hay más: así de sencillo y así de complicado, y ahora que se anuncian curvas, ya verán cómo desaparecen muchos presupuestos culturales, pero siempre habrá para las grandes puestas en escena y de siempre. Y se olvidan que la cultura es una parte del PIB, y acaba siendo una actividad muy diversa, pues tiene que ver con el comercio, la comunicación y hasta la hostelería.

 

En el siglo XXI la cultura también es negocio de una forma general, un nicho de empresas y un surtidor de puestos de trabajo. Pero las cosas funcionan de otra manera, o al menos deberían hacerlo, porque hay experiencia en el mercado de la cultura. Y este mercado es cada vez más globalizado, controlado a menudo por multinacionales o en el caso de España por grandes empresas que a su vez son tributarias de otras de mayor calado. Es frecuente encontrar grupos mediáticos, que tienen brazos en discográficas, productora audiovisuales, editorial y otros caminos. Es verdad que hay pequeñas empresa culturales monográficas, pero también es frecuente que acabe enganchando con otras mayores o distintas. Canarias es una terminal de ese mercado global, pues aquí vemos las películas hechas en Hollywood, y también forma parte del mercado hispano, y del español. Es una suerte de muñecas rusas hasta que llegamos a la más pequeña: el mercado canario-canario. Y ahí se acabó la posibilidad de negocio y con ello de supervivencia.

 

A estas alturas soy incapaz de entrar con ganas en discusiones sobre lo que es cultura propia de esta tierra. Es se me hace muy cuesta arriba volver a lo del pleito insular, la existencia de Dios, y muy especialmente sobre cuestiones tostadas y molidas como la identidad canaria. Y no es falta de pasión, es puro agotamiento. Los argumentos -sean los mío o los de mis interlocutores- son como tornillos a los que se les ha desgastado la rosca de tanto uso. Ya no agarran. Por eso me asombro cuando veo a las mismas personas debatir con furor el mismo guion de hace diez, veinte, treinta años. Es que hasta Serrat se cansaba de cerrar conciertos cantando Mediterráneo.

 

A veces estos debates se arman sin premeditación, y puedo entender que de pronto alguien se vea por sorpresa machacando lo ya pulverizado. Me ha ocurrido alguna vez, como cuando me encontré en una mesa que de pronto se volvió redonda, metido en un debate recurrente sobre no sé qué aspectos de la cultura que ya renuncio a llamar canaria o con-de-en-por-sin-sobre-tras Canarias, como decían los viejos profesores de latín. Me sentí tan fuera de lugar que, aun a riesgo de parecer maleducado, hilvané una urgencia inverosímil, pedí disculpas y desaparecí. Cuando quise darme cuenta estaba a un kilómetro de distancia, y todavía no sé si fue un ataque de valentía o de pánico. Recuerdo el Congreso de Poesía de La Laguna de 1976, la carajera de los intelectuales después del Manifiesto del Hierro, las sesiones de fundación de un sindicato de educación en las que participé, el Congreso de la Cultura que se hizo en 1985 con el primer Gobierno de Saavedra, docenas de mesas redondas en Gran Canaria, Tenerife y hasta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Siempre el mismo tema, y siempre en el mismo punto. No se avanza, no se retrocede, no se evoluciona.

 

Tengo memoria desde los años setenta del siglo pasado, y siempre se da vueltas a la misma noria. Proyectos, impulsos, programas… nunca hay respuestas ni cambios; solo ese zumbido debatiente que unos radicalizan y otros moderan, pero que al final ambos se diluyen en la cerveza de después. Cuando veo a gente volviendo a dar coces contra el aguijón, tengo una sensación que es mitad cansancio mitad admiración por el aguante. Pero siempre hay un peligro, porque las palabras, por insulsas y repetitivas que sean, a veces ponen a funcionar mecanismos que luego resulta difícil controlar. Y esa es una grave responsabilidad de todos.

 

Siempre se ha dicho que Canarias es tierra de poetas (lo interpreto como una metáfora de cualquier vertiente de la expresión creativa), que aquí hay una especial sensibilidad para la música y que nuestra luz da lugar a una plástica distinta. Es verdad, como que también hay grandes poetas en Turquía, excelentes pintores en Brasil y una sensibilidad característica para la música en las altas mesetas del Nepal. Cada sociedad se acerca al arte y se manifiesta a través de él con toda su historia a cuestas, y no hay culturas superiores a otras, pues todas tienen al ser humano como último referente, aunque lo vean desde perspectivas dispares. Y eso se ve sin ir a Zaire, basta con echar un vistazo a los libros de nuestra mesilla de noche, que suelen ser miradas diversas desde y hacia puntos distintos de la rosa de los vientos. Lo que hace a una sociedad similar a otras es precisamente que, como todas, tiene unas características muy especiales. Es la gran paradoja de que somos iguales precisamente porque somos distintos.

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