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El Siglo Internacional del Idiota

 

Ya es costumbre que, cada tercer lunes de enero, los medios insistan en que se trata del día más triste del año. Esta deducción procede de un psicólogo británico; imagino que si fuese esloveno o paraguayo no habría Blue Monday planetario, porque lo que marca el paso es lo que tiene procedencia anglosajona. Este señor llegó a tal conclusión por diversos motivos muy obvios, como que a mediados de enero se desinflan los propósitos de Año Nuevo, se han acabado las fiestas (debe desconocer que aquí ya está la gente cosiendo sus disfraces para carnavales) y otros elementos depresivos. La verdad es que para llegar a semejantes conclusiones no hace falta ser un eminente doctor universitario, se lo podría decir una pastelera de Lisboa o un albañil de Birmania. Lo que da más risa es que incluso aporta una sofisticada fórmula matemática, basada en gran parte en razones que no son universalmente válidas, porque una es que el tiempo es gris, lluvioso y frío (en Gran Bretaña, claro), y desestima a todo el Hemisferio Sur, donde ahora es pleno y luminoso verano; la otra es que lo coloca en lunes porque es el primer día laboral de la semana, después del festivo domingo, y desprecia costumbres de otras culturas en las que los sagrados días de descanso son el viernes o el sábado. Es decir, proclamar que el tercer lunes de enero es el día más triste del año en el planeta Tierra es una majadería cósmica y cómica.

Desde hace medio siglo o más, organismos internacionales o estatales han ido señalando fechas para recordar asuntos importantes para la convivencia, la salud, la cultura o cualquier otro aspecto importante de nuestra vida en común. Y se hace porque es necesario recordar la lucha contra la violencia machista, velar por los derechos del niño y por la igualdad de todos los seres humanos, visibilizar determinadas enfermedades, apoyar la cultura en distintas vertientes o estimular la búsqueda de la paz. Hay fechas que todos tenemos presente, e incluso se declaran años dedicados a asuntos fundamentales. Así, tenemos muy claro que hay jornadas importantes, y solo pongo tres ejemplos, aunque hay otras con parecida relevancia: el 8 de Marzo, el 30 de enero o el 23 de abril, porque son recordatorios para la igualdad de géneros, la paz o el libro como transmisor de cultura. De este modo, hay bastantes días en los que tratamos de renovar nuestro compromiso humano con distintos asuntos cruciales para el avance y el beneficio de la Humanidad en su conjunto.

Y en el mismo listado, resulta vergonzante que aparezcan días, incluso internacionales, dedicados al tequila, al chiste, a la tapa o la cerveza, que se igualan en el ránking con aquellos que llaman nuestra atención sobre asuntos tan graves como la trata de seres humanos, el Alzheimer o el ictus. Bien está que se reivindique que se pueda llevar el perro al trabajo, o que haya gente que encuentre importante promover la broma, pero eso no debería estar mezclado con asuntos como el cáncer, el comercio de armas o el agua potable como elemento vital. El caso es que son tantos los días de esto o de lo otro, que el año no puede contenerlos a todos, y por ello es frecuente que en cada fecha del calendario coincidan varios. Lo que se consigue con esto es que las cosas verdaderamente importantes queden diluidas en un cajón de sastre en el que tienen el mismo rango los días dedicados a la croqueta y el que nos recuerda que la voz es un instrumento fundamental para la comunicación y que es, además, una herramienta de trabajo en muchas profesiones importantísimas.

Y ahora también aparecen apéndices no oficiales pero sí muy mediáticos como el mencionado Blue Monday, una estupidez que no resiste el menor análisis, por muchas fórmulas matemáticas que aporte el iluminado psicólogo inglés al que se le ocurrió semejante chorrada. Me temo que muchas de estas iniciativas no surgen por generación espontánea, sino que se fabrican por encargo, y por ello necesitan una autoridad científica que las respalde para que tengan cierta credibilidad. Y como ya todo se compra y se vende, con tanta memez institucionalizada lo que se pretende es que apartemos la mirada de lo importante y nos entretengamos en mamarrachadas. Como ahora la incidencia de los medios se multiplica a través de las redes sociales, nos pasamos el día con sandeces inútiles. ¿Creen que es necesario decretar el Día Internacional del Retrete o del Gin & Tonic? Pues existen, y ya se encargarán los noticiarios de recordárnoslos. No sé si por culpa de otros o por nuestra propia inercia para seguir la corriente, pero está claro que hoy estamos más idiotizados que ayer pero menos que mañana. Si no ocurre un milagro que nos despierte de esta hipnosis colectiva, habría que proclamar no el día, la semana ni el año, sino el Siglo Internacional del Idiota.

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