Esto sí es el Sur de Gran Canaria
Sobre la teórica diferencia entre humanos y bestias
Para los que pertenecemos a cierta generación, el asalto y robo al tren-correo Glasgow-Londres en agosto de 1963 es una especie de epopeya mítica, porque fue un delito sin sangre y tenía algo de romántico. Robar el equivalente a 60 millones de euros es sin duda un gran golpe, el mayor que se había dado hasta entonces. Pero era un delito y por lo tanto perseguible, porque encima estaba en juego el prestigio de Scotland Yard.
Y, claro, Ronnie Biggs, el líder de los 15 asaltantes, se convirtió en un personaje de leyenda, con fuga a Brasil incluida. El caso es que finalmente acabó en la cárcel y ahora, a los 80 años, se le excarcela porque está gravemente enfermo y deja la celda para morir. Es un final triste, pero dice que al menos irá a un pub y pedirá una pinta de cerveza.
Decía Concepción Arenal que hay que odiar el delito y compadecer al delincuente. Comparados con el crimen organizado, las mafias que secuestran, matan o trafican con todo, sea órganos, mujeres, menores o diamantes manchados de sangre, un falsificador de pinturas, un ladrón de guante blanco o un personaje como Ronnie Biggs resultan hasta simpáticos, como Robin Hood, Dick Turpin o Luis Candelas, porque es casi un juego de inteligencia y habilidad, sin sangre de por medio. Pero ya este tipo de «artistas» sólo pueden verse en películas de corte clásico, como El caso de Thomas Crown, y otras con protagonistas como Steve Mc Queen o Peter O’Toole.
La reciente visita de Bill Clinton a Corea del Norte y su entrevista con el dirigente Kim Jong-il, un personaje que parece sacado de un cómics de los años cincuenta, nos devuelve a la realidad de que la política es una gran pantomima. Corea del Norte, que ha anatematizado a los norteamericanos en reciprocidad con lo que ha hecho Washington, llega a un acuerdo con Clinton para liberar a dos periodistas norteamericanas.
La Casa Blanca se apresuró de entrada a echarse a un lado diciendo que era una iniciativa personal de Bill Clinton, y yo me tengo que creer que Kim Jong-il, sin preparativos diplomáticos previos ni la implicación de Obama, recibe a un e -presidente norteamericano (que funcionan como grandes embajadores plenipotenciarios del Presidente en vigor), y que, para más gracia, es el marido de la Secretaria de Estado, segunda persona de peso en política exterior del Gobierno Federal.
Luego, Bill llega a casa con las dos periodistas rescatadas (ya conoceremos el precio) y Hillary le suelta aquello de «Oh, Bill, qué has hecho, en menudos compromisos me pones». Y tras la bronca, manda a Bill a dormir sin postre y ya está. Obama, por supuesto, a lo suyo, no va con él que nada menos que Bill Clinton se presente en Pyongyang, por la cara, y como este Bill es tan revoltoso ha vuelto a romper el tarro de la mermelada.
Ya, y los burros vuelan. Al final, han tenido que admitir que era una gestión amparada en eñ Gobierno. No sé a qué están jugando, pero en los días que se cumplen los aniversarios de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, no me creo que la Administración Obama no esté en el asunto, precisamente cuando está de por medio un dirigente díscolo que se entretiene haciendo estallar misiles nucleares.
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Nota al margen 1: Podrían tomar nota en España del valor político que tienen los ex-presidentes, a los cuales aquí se les arrincona y, en palabras de Felipe González, son como jarrones chinos «que dicen que valen mucho pero que nadie sabe dónde colocarlos». La verdad es que ellos tampoco se esmeran en colaborar.
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Nota al margen 2: La foto podría ser una composición de la bandera americana, pues juega con sus mismos colores, pero no, no es una bandera. A ver fíjense bien…¡Exacto! es ¡UN CULO! (ya saben lo que significa).