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Entrevista con Andrés Solana en 1998


Hoy hace diez años que falleció el fotógrafo Andrés Solana. Como homenaje a su memoria, reproduzco la entrevista que le hice un año antes de su muerte, en la que aparecen todas las claves humanas y artísticas de uno de los fotógrafos que elevó en Canarias la fotografía a la categoría de arte.

-En 1983 mostrabas personas, ahora sólo muestras objetos.
-Es porque descubro que los objetos hablan del propietario o de quien de alguna forma se ha relacionado con ellos, hay una huella. Empiezo obsesionarme por los objetos pero como halo de quienes los habitan o quienes los utilizan, y además me reportan una gran comodidad, pues me resulta más difícil instrumentalizar a una persona que a un objeto, cuando lo que estoy haciendo es intentando decir algo que a lo mejor no tiene nada que ver con la persona fotografiada.
em>-Pero eso lo hacen cada día los autores de teatro o los directores de teatro y de cine.
-Sí, por supuesto, y muchos fotógrafos, pero en mi caso a lo mejor es una cuestión de timidez. En un principio me resultaba áspero, porque de alguna manera es cosificar al personaje para adaptarlo a mis pretensiones; yo no intento hacer un retrato del que emerja el personaje, y puede que la persona instrumentalizada como modelo ni siquiera pertenezca al pequeño universo que se está intentando mostrar a su alrededor.
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-Tú eres de los contados nombres que sobrevivieron a «La Movida Canaria», que en realidad fue una «Meneada».
-La verdad es que estoy tan inmerso en mis historias que no tengo tiempo de estar calibrando si soy esto o lo otro. Hombre, la «Movida» de Madrid o la «Meneada» de aquí eran como un especie de balón que en algún momento tenía que reventar. Lo que pasa es que ha llegado el momento de preguntarse qué es lo que ha quedado de todo aquello, y se constata que los que quedaron no es que hubieran desaparecido, sino que estaban trabajando. Entonces era muy importante el encuentro en la calle, comentar lo que hacía cada uno, pero eso tuvo su momento y punto.
-¿No crees que siempre hay una movida de las generaciones que van incorporándose?
-Sí, pero aquel fue más intenso. Yo creo que el proceso era consciente, pero también hubo una eclosión; de repente empieza a aparecer un montón de gente que encuentra vías de proyección, que está trabajando en cosas muy dispares, y sí creo que en ese proceso de activación social sí hay una conciencia de esa efervescencia y una instrumentalización del proceso. Empezó a encontrar hueco gente que antes no lo tenía, como es el caso de los fotógrafos, pues fue entonces cuando se empezó a dar a la fotografía un espacio artístico.
-¿No ha quedado claro que todo aquello pudo ser un bluff?
-Yo empiezo en el 82-83 y veo que hay una especie de empatía general, que no sólo era el efecto creado desde los poderes públicos, sino que la gente estaba conectada.
-Pero curiosamente, los que se mantienen en diversos campos es que venían de más atrás, antes de ese paradigmático curso 82-83, y que luego siempre estuvieron de alguna forma «au-dessus de la melée». ¿Cómo personalizas esto?
-Lo que he notado a posteriori es que, cuando supuestamente se apaga el fenómeno «Meneada», ese auge social de mi producción cae, y empieza a moverse en circuitos mucho más concretos y ajustados a lo que haces. Incluso llegas a darte cuenta de que existe una concurrencia de interés desmedido en relación con lo que estás haciendo.
-Está claro que tú no crees en el victimismo tan propio de los canarios, sobre todo los que se mueven en la cultura.
-No, desde luego que no. Jugar al victimismo es jugar a perder. A mí me parece que ese es un error de partida.
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-Y todo eso de que no nos comprenden tampoco es tu película.
-Tampoco, a mí me encanta que no me comprendan, lo que hay que superar es que lo distinto es raro, lo raro no gusta, pero eso es así. Desde que empecé, estaba, y sigo estando, en una tesis muy personal y al mismo tiempo muy planetaria, si quieres que la defina.
-Pero muchas veces se malentiende que determinadas instituciones abran cauce o hagan un encargo a un artista. Se le ve como un protegido.
-Es que en muchas ocasiones se entiende la historia justamente al revés; la producción necesita luego una gestión, eso está claro, y desde aquí, un espacio periférico, como hay miles, la gestión es más difícil que en un gran centro como Madrid, París o Nueva York, no estamos en el eje de las cosas y reclamamos de alguna manera que se nos facilite esa conexión exterior; pero confundir la gestión con lo que es la producción, y sustituir el valor de lo que haces haciéndolo pivotar solamente en una gestión, y que encima que te la hagan, es un error. Al final, el argumento es tu trabajo y tu producción, lo que tú haces. A partir de ahí se generan dinámicas.
-Dicen que hay que tener dos talentos, el de producir la obra y el de imponerla.
-El vaciado que se produce en esa «Meneada» de que me hablabas antes es que en algún momento, al ver que se empiezan a gestionar cosas, hay gente que produce en función de la gestión. Y al final se ha visto que el que ha pervivido es aquel que estaba en una dinámica de producción, en una obsesión personal con lo que está haciendo, y que sí, se vincula porque necesita esa apoyatura de la gestión para dar a conocer lo que ya ha hecho, pero trasponer los términos es el gran error.
-¿No crees que hay demasiada gente que espera a que vengan a buscarlos bajo palio, con coche a la puerta y alfombra roja? Si alguien sale de su guarida a imponer su obra y lo consigue, todo son críticas y medias palabras contra quien ha ido pasando todas las cuentas del rosario, que es muy largo.
-Así es, y a la hora de percibir lo que no deja de ser una consecuencia de una insistencia y una obsesión de alguien que no deja de trabajar se produce con frecuencia la mezquindad. Y es que te lo tienes que currar si quieres un mayor refrendo y ampliar el ámbito en el que se proyecta tu trabajo.
-Empezaste pintado fotos. ¿Has continuado en esa línea?
-No la he abandonado porque permite utilizar unos recursos que la foto directa no permite, lo que pasa es que últimamente estoy más volcado en la fotografía directa y además descubriendo el valor y la capacidad fotográfica de la fotografía. Son recursos distintos. Pintar las fotos me permitía desde el blanco y negro, que es muy dúctil, modificarlo o alterarlo, y ahora por imperativo del trabajo estoy utilizando la fotografía en su más estricto sentido, y empiezo a descubrir las posibilidades de estos recursos. No renuncio a lo anterior, son cosas distintas.
-¿Cada fotografía tiene su discurso?, ¿no se puede fotografiar porque sí?
-Claro, se puede hacer una foto y establecer el discurso a partir del azar, se hace una reflexión a posteriori. Eso me ha ocurrido alguna vez, es esa foto que se dispara sin planteamiento previo y luego empiezas a descubrir cosas, lo que pasa es que esa no es mi línea habitual, pues yo suelo partir de unos conceptos sobre los que quiero trabajar. Y el proceso me va generando nuevas situaciones que yo no he previsto en absoluto, hay una interacción que lo hace todo mucho más vivo.
-Es como el que escribe una novela, que a menudo tira del autor, cuando teóricamente debiera ser al revés.
-Sí, pero eso de dejarlo todo al azar para luego plantearte cosas a partir de ahí no es mi método habitual de trabajo, aunque es un método muy válido y hay gente que así lo hace; fíjate que hay fotógrafos ciegos, que fotografían lo que no ven. Yo ahí no sé ni siquiera cómo se puede establecer un discurso a posteriori, ni cómo vincular una foto al autor.
-Has hecho una serie de fotografías del patrimonio canario.
-Sí, grosso modo es Bellas Artes, Arqueología y Etnografía. El planteamiento no ha sido ir a buscar lo elementos más tópicos conocidos sino intentar buscar elementos que pasaban más desapercibidos; por ejemplo, en los temas de Etnografía hay una foto de un objeto que es un cepo como para cazar ratones, y a mí me parecía precioso, porque de alguna manera se estaba hablando de la articulación de los recurso materiales de un pueblo que en un momento dado tenía que enfrentarse a una situación concreta. Todos los objetos hablan de cosas que no están en la fotografía.

-Lo más fácil hubiera sido sacar un arado americano, que es un arado cargado de tipismo isleño.

-Qué mala leche tienes… Sí eso era lo fácil, pero frente a sacar un arado o un trillo, me pareció más adecuado sacar un cepo de ratones, que está hablando de lo mismo y está incluso aportando datos enriquecedores de cómo se vivía en una época determinada. Lo del arado y el trillo ya lo conocemos.
-Entonces, no es un reportaje.
-No, no, incluso fotográficamente el planteamiento es distinto, porque se me brindó la oportunidad de hacerlo así; no era tanto referir el objeto que tenía delante sino propiciar una lectura sobre él, al tiempo que ese objeto no perdiera su esencia. Por ejemplo, en la maqueta de Luján Pérez que aparece fotografiada en esos carteles, la foto es un detalle del Nazareno que está en primer término, y luego hay un desenfoque de la figura que está en el fondo. Yo me he permitido entrar en el espacio entre las dos figuras para establecer la relación entre ambas, me he centrado en el primer término hasta el punto de que algunos entendidos no reconocieron de entrada la pieza. He descrito la pieza y al tiempo he relatado las características de trabajo de Luján Pérez, que en esta ocasión realizó un trabajo muy perfeccionado; el reportaje a secas hubiera sido hacer la foto de la pieza completa y punto.
-Pero todos los objetos no darán el mismo juego.
-Siempre hay algo, como el trozo de vasija de los aborígenes de Tenerife, en el que lo que me obsesionó fueron los arrastres y los punzamientos que se percibían en el borde del barro, donde yo casi percibía la huella del señor que estuvo trabajando aquello. Y eso me parece mejor que la foto de «jarra con dos asas y vertedero».
-Tampoco te prodigas en el paisaje.
-He rehuido el paisaje porque me parecía tan tópico y tan blando que preferí eludirlo. En este último trabajo tenía que fotografiar paisajes, pero lo que me ha interesado es la intervención del hombre en su modificación. En el fondo, aunque no fotografíe personas, el tema es el hombre en relación con el medio en que se mueve. El paisaje que me atrae, por ejemplo, es el del sur de Gran Canaria, una tierra llana, árida, casi desértica, y de repente sobresale en el corte del horizonte un paso de peatones aéreo con una estructura durísima en medio del erial. Son las fotos que hace Win Wenders en la película «París, Texas», donde aparece de golpe un avión estrellado en mitad del desierto, y así encontramos restos de humanidad en el vacío. Ese es el paisaje que me fascina en Gran Canaria, más que el Roque Nublo tópico o el valle lleno de palmeras. No me atrae el paisaje convencional, sino la intervención del hombre en ese paisaje, aunque realmente no me he metido a desarrollar el tema.
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-¿El material que utiliza un fotógrafo define su trabajo, o el buen fotógrafo es capaz de hacer una obra de arte con sólo un caja negra?
-Se puede hacer una gran fotografía con una caja negra, lo que pasa es que el camino siempre debe ser de vuelta, meter todos los recursos en un saco, puedes volver con la caja negra, pero puedes requerir artilugios muy sofisticados. La cuestión es no adquirir una dependencia en relación a los recursos, sino que estos estén siempre en función de lo que se quiere hacer.
-Pero un fotógrafo como Dios manda suele usar elementos técnicos que el aficionado sólo ha visto en revistas.
-Hay que estar renovando constantemente el equipo, porque a veces se presentan problemas que no puedes resolver si no tienes los soportes adecuados.
-¿No te atrae la fotografía publicitaria?
-A mí me gustan los bodegones, los objetos, sí que me atrae la publicidad, pero…
-Puede ser un desafío.
-Puede serlo, yo he hecho trabajos siempre que se me ha asignado una mancha que yo ocupo, trabajando siempre a partir de ideas, y donde se me propone esa idea y yo trabajo desde ella. Pero la publicidad se trabaja con unos parámetros predefinidos y muy encorsetados, y de esa manera ese campo no me interesa.
-¿Y el retrato?
-El retrato me está interesando últimamente, pero de momento prefiero moverme con objetos, que al fin y al cabo hablan de personas; de hecho, una vez pensé fotografiar las mesillas de noche de los amigos, porque indirectamente los estoy fotografiando a ellos, o hacerme una serie de autorretratos en el tiempo, y de cuando en cuando vaciar los armarios y fotografiar la ropa. Y así año tras años. Con el tiempo, estoy seguro de que eso contaría algo, como fotografiar zapatos para hablar de quienes los calzan.
-Pero el retrato-retrato dice a veces mucho más de las personas que sus palabras. Te confieso que a veces veo los retratos que hace Tato Gonçalves a las personas que entrevisto, antes de confeccionar el texto que se va a publicar. Me ayuda a entender muchas cosas que no he visto cuando estaba cara a cara con esa persona.
-De hecho, el retrato te da una impunidad tremenda, porque puedes recorrerle el rosto a alguien con un descaro que no puedes utilizar cuando lo tienes en vivo. Te puedes obsesionar con detalles. Y hay, además, elementos de carácter personal que pueden deducirse de un retrato. Pero ya te digo, seguramente se trata de un problema de timidez por mi parte.
-¿Timidez?, ¿no te parece que fotografiar mi mesilla de noche es más agresivo que hacerme un retrato?
-Claro, es invadir la intimidad, y se trataría de eso, de conocer cómo es una persona por lo que tiene alrededor de su cama.
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Las fotos son del autor de este blog, hechas siguiendo la idea que Andrés Solana tenía del uso de la fotografía como delatora de las personas a través de los objetos que usan.

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Andrés Solana diez años después

A Andrés Solana le gustaba sorprender. Una vez le dije que era una sorpresa con patas, porque cuando más a gusto parecía estar en un lugar, se esfumaba y ya no volvías a saber de él hasta nuevo aviso. Era un hombre de apariciones intempestivas, fueran las tres de la tarde o las doce de la noche, nunca sabía muy bien cuándo y por dónde iba a entrar o en qué momento cambiaría el viento de sus intereses.
Aunque parezca una contradicción y es una paradoja, ya no sorprendía que sorprendiera, ese era su estado normal y permanente. Vivía como si flotara y un día entró en mi casa -a veces imagino que volando- y me dijo que iba a hacer su primera exposición fotográfica. Siempre había sabido que en Andrés había un artista, pero no estaba seguro de por dónde iba a explotar, aunque ya me había hecho a la idea de que su dispersión a veces irritante lo estaba conduciendo a un territorio deshabitado.
autor Andrés Solana.JPGY ahí cambió todo. La exposición fue en «La Factoría», un bar que formaba en la calle Perdomo, junto a «Yurfa», otro bar-sala de exposiciones nocturno, uno de los pilares de la que fue la pequeña movida de los años ochenta en Las Palmas. Era el polo de la zona de Triana, uno de los centros de gravedad de nuestra movida particular, una época vampírica, porque todo se hacía en alianza con la noche. El título de la exposición da una idea de lo barroco y a la vez lo sencillo que podía llegar a ser Andrés; se llamaba La huella, la ausencia, el estado de las cosas, la arquitectura de la nada o un paseo por las paredes, ahí es nada, toda una declaración de principios que él mismo se encargaría de desarrollar punto por punto en su corta pero fulgurante trayectoria artística. Era como si en aquel título estuviese contenido el guión de lo que habría de ser su obra posterior.
Fue una noche mágica, no sólo para Andrés, también para todos sus amigos, que mirábamos sorprendidos -esta vez de verdad- aquella primera aparición en la que usaba la fotografía con una vocación clara de artes plásticas. Eso ahora suena a normalidad, pero en los años ochenta los fotógrafos no eran respetados como artistas, se consideraba la fotografía como un arte menor.
Andrés Solana fue una pieza fundamental de un grupo de fotógrafos que trataron de cambiar la idea que popularmente se tenía en Canarias sobre la fotografía. Y lo consiguieron, amparados en una corriente que entonces fue importante y que emanaba de la potencia que las nuevas creaciones fotográficas generaban en Madrid, con Ouka Lele como abanderada. Aquel Andrés disperso, que llegaba como un tornado y siempre estaba a punto de irse se ancló a su vocación artística, y a partir de entonces supe que no habría más sorpresas; mejor dicho, que sólo habría sorpresas fotográficas.
Pocas veces he visto de manera tan clara cómo el arte incide en la vida personal de un artista. Generalmente es al revés, pues es el artista el que dicta su discurso. Y Andrés Solana tenía discurso, pero creo que era la imagen la que generaba las palabras, y no al revés. El artista hace al hombre, no el hombre al artista. También pocas ves he visto crecer tan rápidamente, hasta agigantarse, una carrera artística. Siempre estaba un punto más allá, era como si la fotografía tirase de él.
Los que fuimos -y somos- sus amigos sabemos de la fecunda personalidad de Andrés Solana. Exigía mucha atención cuando hablaba porque su cerebro siempre estaba en ebullición, es como si su inconsciente le estuviera gritando constantemente que había mucha tarea por hacer y poco tiempo para desarrollarla, un mecanismo que le anunciase que su corazón sólo iba a aguantar hasta el 18 de julio de 1999. Y había que hacerlo todo antes, por eso no paraba. Cuando escarbo en mi memoria la imagen de Andrés en aquellos años -los 90 sobre todo- lo percibo como alguien que tenía una misión que cumplir y que ha de hacerse sin demora.
Murió en la isla de La Palma, a donde había viajado para realizar las últimas fotos que le faltaban para cerrar su obra magna en libro: La Enciclopedia del Patrimonio de Canarias. Y logró terminarla, no vio la obra publicada pero dejó hechas todas las fotos, la última disparada apenas unas horas antes de que su corazón se parase. Unas semanas antes estuvimos juntos, en la presentación del tomo III de la Enciclopedia, de pie, mientras alguien de la política hablaba de las personas que hicieron posible esa maravilla de libro. Al nombrarte, le comenté al oído: «Ahí están esos segundos de gloria que a todos nos corresponden, según Andy Warhol». Sonrió, siempre sonreía, porque seguramente sabía -más bien intuía, Andrés era pura intuición- que su gloria sobrepasaría en mucho los breves momentos prescritos por Warhol.
Justo el día antes de partir al que sería su último viaje (en todos los sentidos) nos vimos en la terraza del Hotel Madrid, después de la inauguración de la exposición colectiva en la que participaban Tato Gonçalves, Angel Luis Aldai, Javier Betancor y el propio Andrés. Esa noche será para siempre una marca para quienes fuimos sus amigos, porque pocas veces coincide la gloria del arte con la fatalidad de La Parca. Claro, que, tratándose de Andrés Solana, no es extraño, porque su mente iba siempre a velocidad de vértigo, y por lo que ahora sabemos también su corazón. Salía al día siguiente para La Palma, su última isla…
117_solana_3[1].jpgSu sonrisa de aquella cálida noche de verano era como el anuncio de su paso fugaz, cuando con el vaso en la mano subía por las ya lejanas y casi míticas gradas de «Utopía», otro de los templos de aquella movida de los ochenta en Las Palmas de Gran Canaria, y se sentaba a hablar de cosas profundas en medio del ruido de los bafles. Pero él seguía, y creo que disfrutaba con el desconcierto que creaba a propósito. Cuando hizo aquella primera y mítica exposición de fotografías en blanco y negro sobre las que pintaba, yo escribí una nota, que fue lo primero que se escribió sobre él, y hasta le compré una foto, que ahora mismo está colgada en la pared frente a la entrada de mi casa. Esa fotografía reúne muchos valores artísticos y otros tantos sentimentales, porque además, me la devolvió una semana antes de irse a La Palma, pues yo se la había cedido para una retrospectiva.
Era como si cerrara frentes antes de irse, y la noche de la exposición, en el Hotel Madrid hablaba de que el veterinario había «dormido» a su perra, ya vieja, ciega y tullida, y de que se sentía mal porque se había ido un ser vivo que le dio catorce años de afecto. Por muchas vueltas que le he dado, siempre llego al mismo punto: Andrés no sabía su límite, pero su inconsciente sí, y lo hacía actuar en consecuencia.
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Este trabajo fue publicado el miércoles 15 de julio en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7. Las fotos son de Andrés Solana

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Colesterol sí, no, quién sabe…

Mi abuela tenía el colesterol muy alto, pero tenía unas costumbres alimenticias que cumplía aunque en ello le fuera la vida. El médico le decía:
«Señora mía, tiene usted que bajar ese colesterol, y para ello olvídese del pescado azul, que es muy dañino, deje de comer sardinas, caballas y longorones. Tiene usted que tomar pescadito blanco, lubina, gallo y cosas así. Tiene que dejar de chorrear las papas sancochadas y las rebanadas de pan con aceite de oliva, ¡es veneno de lo grasienta que es! Y ni se le ocurra comer jamón serrano, y mucho menos ese que llaman ibérico de bellota. Y deje de tomar nueces, que son pura grasa. Comiendo esas cosas terribles está usted viviendo con permiso del enterrador».
vv92.JPGPero mi abuela tenía firmes convicciones, y en asuntos alimenticios era fundamentalista: Que nadie le tocase su lata mensual de aceite de oliva de cinco litros, su paletilla de Salamanca, sus caballas asadas y sus majados de nueces diarias. Las nuevas investigaciones dietéticas determinaron que los «Omega 3» (que no sabemos qué son pero por lo visto son muy saludables) abundan justo en los alimentos que el médico prohibía a mi abuela y ella se empeñaba en consumir diariamente.
Murió la buena señora de años y vida, siempre con el colesterol alto. Si entonces, aún en contra de la voluntad del médico, tomaba justamente lo ahora resulta que es beneficioso, la pregunta que me asalta es: ¿por qué demonios le subía el colesterol a mi abuela, si tomaba preferentemente y a espuertas los alimentos que ahora dicen que lo bajan? ¿Será verdad que lo bajan o dentro de unos años nos dirán otra cosa?