Aunque lleva dos meses calentando la caldera y resoplando en la estación, hoy parte de verdad el tren de Obama. También es verdad que a veces ha habido demasiado silencio por parte del presidente electo, que se tostaba al sol de Hawaii, calladito, mientras el horror se desencadenaba en Gaza. Es una paradoja que un hombre que pasa por ser uno de los mejores oradores que se recuerdan (lo llaman el nuevo Cicerón), desaproveche esa elocuencia cuando más falta hace, aunque me parece que sé lo que habría dicho de haber hablado.
Todos dicen que Barak Obama -Barry para los amigos- tiene un pico de oro, lo cual es una gran virtud cuando se ocupa un escaño parlamentario, porque de eso tratan los parlamentos, de construir con palabras un proyecto común. Pero las palabras no son la panacea cuando se tiene el poder real, porque no funcionan como conjuros mágicos. En política -y menos en política internacional-, no hay abra/cadabra que valga, sólo cuentan los hechos.
Y el bueno de Barry ha querido homenajear a Lincoln, lo cual me parece un gran detalle porque el mítico presidente que ganó la guerra contra el Sur fue el adalid de la lucha contra la esclavitud de la raza de Obama; es de ley que se lo agradezca realizando su legendario viaje en tren desde Filadelfia (ciudad donde los padres fundadores dieron forma al nuevo estado) hasta la capital federal. Las palabras son importantes y los gestos también. Pero ha llegado la hora de los hechos.
Que tenga usted mucha suerte, Señor Presidente Obama, y ojalá responda a la esperanza que sus palabras generan. Se lo deseo por usted, por Estados Unidos, por el planeta y por la cuenta que nos trae a todos. Se acabó la campaña, comienza el viaje real. ¡Viajeros al tren!
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