Publicado el

Cuestión de autoestima

Cuando era pequeña, era una niña peluda. Tenía pelos en los brazos y en las piernas. Ya un poquito más adolescente, pero pronto, a los once años o así, también en el pubis. Pronto también, un incipiente bigote que se volvía más oscuro para mi gusto, cada día. Era una niña y me daba vergüenza. En días de calor, yo siempre iba con rebeca y pantalón largo. ¡Qué calor he pasado! Mi madre era de la idea de que era demasiado pequeña para depilarme y había que esperar. Lo pasé realmente mal. A esa edad y en aquel tiempo, no me planteaba, ni yo ni nadie, quién había impuesto ese orden de belleza. Es verdad que a mí, personalmente, no me gustaban pero tampoco me gustaba que me los viesen los demás. Era una niña y mi autoestima ha ido creciendo conmigo y en aquel tiempo mi autoestima era muy joven e inexperta, sólo tenía 11 años.
Mi madre decidió un día que iba a decolorarlos. Seguía negándose a la depilación y fue a comprar “andina”. ¡Qué picores! ¡Qué sufrimiento! Y aunque esa “melena rubia” (entrecomillo porque según mi madre soy una exagerada y no era para tanto) en mis brazos y en mis piernas no me parecía muy bonita, era muchísimo mejor que esos pelos negros que fueron mi pesadilla tanto tiempo.
Pasaba el tiempo y el permiso para la cuchilla estaba cada vez más cerca. Y llegó. Qué felicidad, entre corte y corte, especialmente en los tobillos, donde siempre me llevaba un trocito de piel.
Otro momento de felicidad llegó leyendo Los pilares de la tierra. Recuerdo un capítulo, en el que se describía a Aliena bañándose desnuda en el lago mientras era observada por Jack. Describía el espeso vello negro que cubría su pubis como algo realmente hermoso. Me sentí totalmente identificada y lo subrayé.
Con la adolescencia ese complejo fue superado pero sustituido por otros: tobillos muy delgados, muñecas muy delgadas, muy flaquita…Mi autoestima crecía al mismo ritmo que la inseguridad adolescente.
Pasó la adolescencia. La juventud. Y llegó la madurez. Y mientras yo hacía lo que quería con mi pelo, estuviese este donde estuviese, mi autoestima también creció.
Hoy vuelvo a recordarlo porque todo el mundo habla de pelos. Claro que no estoy de acuerdo con que se critique o menosprecie a nadie por unos pelos de más o de menos, cada uno es libre de hacer con ellos lo que le dé la gana. Pero llevar este tema otra vez al patriarcado, al machismo, al modelo impuesto por los hombres. No. No puede ser que las mujeres echemos la culpa al patriarcado de absolutamente todo, porque responsables de este orden de belleza en todo caso, lo seríamos todos.
Yo no me depilo porque me lo imponga el patriarcado, lo hago, primero, porque soy una mujer libre de hacer lo que me dé la gana; segundo, lo hago porque me gusta ver mis piernas depiladas, mi pubis depilado y mis axilas depiladas; tercero, porque me parecen mucho más higiénicas unas axilas depiladas, tanto en hombres como mujeres (se suda menos y huele menos); cuarto…esto ya pertenece a mi intimidad.
Y no, no echo la culpa de mi gusto por la depilación a ningún hombre, pero si con ello también un hombre disfruta, me alegro. Ya somos dos.

Publicado el

Oportunistas

Leía hoy a Javier Marías como lo hago siempre, con la intensa sensación de saber incluso antes de empezar, que pondría en mi
boca todas o casi todas sus palabras. Hoy hablaba del miedo que se ha instalado en nuestra sociedad como un habitante habitual. Hablaba de gente joven y ahí sí que yo hubiese ampliado el espectro: adolescentes, jóvenes, adultos y más adultos.
Observo, casi cada día, cómo la sombra de la censura, deja de ser eso, una sombra, para cubrir vallas publicitarias, para obligar a un camionero a quitar los adornos de sus camiones por considerar ofensivo el cuerpo desnudo de una mujer. Quemar cuentos infantiles. Insultar al disidente. Criminalizar a un género. Institucionalizar un lenguaje. Demonizar palabras. Y observo, también, cómo ante un río revuelto, ganancia de pescadores. Pescadores oportunistas. Pescadores que adoptan como propias ideas de las que antes renegaban. Que son capaces de cambiar el color de sus escamas si con el cambio pasan de sardinas a lubinas. Cómo se pretende llegar sin el valor del esfuerzo, el compromiso y el trabajo duro. La incultura ocupando asientos con letras de un nuevo abecedario.

Publicado el

La libertad se aprende ejerciéndola (Clara Campoamor)

A veces pienso qué me ocurre para ver las cosas tan diferentes a como las ve la gran mayoría que navega por estas aguas. En el intento de ser mejor persona que me lleva acompañando desde hace tiempo, he dejado a un lado mi prepotencia anterior en la que me creía poseedora de la verdad, convencida de que lo que yo opinaba era lo correcto y que era así como debían ser las cosas. Y lo intento. Cada día. Pero a veces he de decir que me resulta muy difícil. Abro el periódico, pongo la televisión, entro en las redes…y saltan una y otra vez, noticias, estados, comentarios, que me hacen preguntarme qué está pasando para que no se den cuenta de que no se están haciendo las cosa bien. Y de nuevo, hago un receso, intentando comprender y sigo sin lograrlo.

Una noticia: “El espacio también es de las niñas” “…medio centenar de adolescentes de entre 13 y 14 años se bajaba de una guagua en Montaña Blanca. 50 chicas del Instituto de Guanarteme que se disponían a participar en el evento Las niñas y el sector espacial organizado por Inspiring Girls.” “Cinco «voluntarias»: Nuria Trujillo, ingeniera de Telecomunicaciones; Herenia Barrera, ingeniera de Electrónica Industrial; Andrea Peña, estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones; Cristina Pérez, directora de comunicación de Hispasat y la propia Pisonero, serían las mujeres que contarían su experiencia vital a las 50 jóvenes.” Con esta iniciativa se quiere animar a las niñas a que “con 15 años no digan que profesiones como bomberas, astronautas o científicas no son de chicas…”

Leía la noticia y me preguntaba dónde estaban los compañeros de estas niñas mientras ellas iban de excursión. Probablemente se quedaron en clase porque, siendo hombres, no se considera necesario que puedan participar en una actividad tan enriquecedora como esta. Porque, siendo hombres, seguro que no tienen dudas acerca de lo que podrían estudiar en un futuro. Porque, siendo hombres, se les considera absolutamente capacitados para ser astronautas y que, siendo hombres, no cabría esperar que piensen ni por lo más remoto que eso de la NASA está reservado a superhombres. Porque, siendo hombres, no tienen dudas.

Y pensaba también qué había hecho de especial en la educación de mi hija para que ante una situación semejante, se plantase y se negase a participar en una actividad en la que sus compañeros eran excluidos por el solo hecho de ser hombres y ella admitida por el solo hecho de ser mujer. Qué había hecho de especial, para que mi hija nunca se plantease que no podía hacer algo por ser mujer o que había profesiones en la que ella pudiese ser excluida. Por qué mi hija, aceptaba como algo normal que había profesiones que por determinadas razones (con base científica) son preferidas por uno u otro sexo. Preferidas, pero no excluyentes para ninguno.

Esta noticia, como muchas con las que me encuentro casi todos los días, tienen un carácter tan machista que me hace volver a esos tiempos en los que me creía en posesión de la verdad. Pero, otra vez, hago un receso e intento comprender.
Y me pregunto y busco respuestas. Siguiendo la mayéutica de Sócrates, preguntando y preguntándome, contestando y volviendo a preguntar sobre la respuesta, contradiciéndome y afirmándome, he intentado liberarme de prejuicios. Mis opiniones pueden ser acertadas o no, pero de lo que sí estoy segura es de que para llegar a ellas he partido de la aceptación de mi ignorancia para seguir aprendiendo. Y entre mis preguntas: ¿es el feminismo de género machista? Y mi respuesta: sí, desde el momento en el que trata a la mujer como un ser incapaz que ha de refugiarse en las leyes o en un comité para crecer y protegerse. Que a pesar de llamarse “de género” niega la mayor, porque no ayuda el instalarse en un “negacionismo biológico”. Porque el “género” sí es algo. Porque la biología debe ser materia de obligado estudio para cualquiera programa de género que se precie.

Simone de Beauvoir, estandarte de este feminismo llamado de género con el que no me identifico, decía que “ninguna mujer debería ser autorizada a quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Si tienen esta opción la tomarán. Así forzamos a más mujeres en esa dirección. Mientras que el mito familia, maternidad e instinto materno no sean destruidos, las mujeres seguirán oprimidas.” Y me pregunto: ¿esto es libertad? Yo que decidí LIBREMENTE quedarme en casa los primeros años de vida de mi hija, porque soy feminista y LIBRE, ¿debería haber visto coartada mi libertad de elección en aras de ese otro feminismo? ¿Debía liberarme de la autoridad del hombre, de ese patriarcado que supuestamente me obligaba a tomar esa opción, para someterme a esa otra autoridad ‘más válida’, la del feminismo hegemónico, porque sabe qué es lo mejor para mí?

Clara Campoamor decía: “La libertad se aprende ejerciéndola.” Y vuelvo a preguntarme: ¿soy feminista? Sí, porque soy libre. ¿Soy víctima de un patriarcado y por ello deben protegerme? Mi respuesta: considero humillante y machista que se adoctrine en la creencia de que partimos de una situación de inferioridad por la que se nos debe tratar de forma especial para igualarnos a los hombres.

Decía Marie Curie, que “la vida no es fácil para ninguno de nosotros. Pero ¡qué importa! Hay que perseverar y sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que sentirse dotado para realizar alguna cosa y hay que alcanzarla, cueste lo que cueste.” Y yo añado: y no me considero inferior a nadie para lograrlo por mis propios medios.