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Fuego

No me gusta opinar sobre lo que desconozco pero desde el sentido común sí puedo hacerlo. El pasado viernes se nos anunciaban altas temperaturas en la isla. El sábado anunciaban “un conato” de incendio en la cumbre. Parecía que se controlaba pero seguía y se ampliaba. Calor+sequedad+fuego+viento+orografía complicada+ultraperiferia…
Leía un artículo ayer en el que una persona explicaba el porqué no era efectivo tener hidroaviones con base en la isla. Explicaba la relación cantidad/ calidad/ precio y otros parámetros aplicables al caso: seguridad/ eficacia/ coste. En un principio creí entenderlo, pero tras valorar lo que está ocurriendo que, efectivamente, un hidroavión está trabajando a destajo (con lo que entiendo que debe ser efectivo), sin duda, un hidroavión al menos en período estival con base en la isla, hubiese sido de gran ayuda para no empezar a actuar al día siguiente.
También, el sentido común me hace pensar que, tras lo ocurrido, los organismos competentes deberían valorar una revisión de la Directriz Básica de planificación de emergencias por incendios forestales y prever la gravedad atendiendo a otros parámetros más amplios como pueden ser los que describía antes. De esta forma, lo que se calificó como conato (nivel 1), debió haber sido enfrentado con más medios, los que autoriza el nivel 2, y no incorporase estos al día siguiente.
No debe ser fácil gestionar estas crisis. También entiendo que se debe seguir la normativa porque si no, no habría orden posible. Pero, a veces, el sentido común ante el fuego, debería ser la normativa a prevalecer.

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Cuestión de autoestima

Cuando era pequeña, era una niña peluda. Tenía pelos en los brazos y en las piernas. Ya un poquito más adolescente, pero pronto, a los once años o así, también en el pubis. Pronto también, un incipiente bigote que se volvía más oscuro para mi gusto, cada día. Era una niña y me daba vergüenza. En días de calor, yo siempre iba con rebeca y pantalón largo. ¡Qué calor he pasado! Mi madre era de la idea de que era demasiado pequeña para depilarme y había que esperar. Lo pasé realmente mal. A esa edad y en aquel tiempo, no me planteaba, ni yo ni nadie, quién había impuesto ese orden de belleza. Es verdad que a mí, personalmente, no me gustaban pero tampoco me gustaba que me los viesen los demás. Era una niña y mi autoestima ha ido creciendo conmigo y en aquel tiempo mi autoestima era muy joven e inexperta, sólo tenía 11 años.
Mi madre decidió un día que iba a decolorarlos. Seguía negándose a la depilación y fue a comprar “andina”. ¡Qué picores! ¡Qué sufrimiento! Y aunque esa “melena rubia” (entrecomillo porque según mi madre soy una exagerada y no era para tanto) en mis brazos y en mis piernas no me parecía muy bonita, era muchísimo mejor que esos pelos negros que fueron mi pesadilla tanto tiempo.
Pasaba el tiempo y el permiso para la cuchilla estaba cada vez más cerca. Y llegó. Qué felicidad, entre corte y corte, especialmente en los tobillos, donde siempre me llevaba un trocito de piel.
Otro momento de felicidad llegó leyendo Los pilares de la tierra. Recuerdo un capítulo, en el que se describía a Aliena bañándose desnuda en el lago mientras era observada por Jack. Describía el espeso vello negro que cubría su pubis como algo realmente hermoso. Me sentí totalmente identificada y lo subrayé.
Con la adolescencia ese complejo fue superado pero sustituido por otros: tobillos muy delgados, muñecas muy delgadas, muy flaquita…Mi autoestima crecía al mismo ritmo que la inseguridad adolescente.
Pasó la adolescencia. La juventud. Y llegó la madurez. Y mientras yo hacía lo que quería con mi pelo, estuviese este donde estuviese, mi autoestima también creció.
Hoy vuelvo a recordarlo porque todo el mundo habla de pelos. Claro que no estoy de acuerdo con que se critique o menosprecie a nadie por unos pelos de más o de menos, cada uno es libre de hacer con ellos lo que le dé la gana. Pero llevar este tema otra vez al patriarcado, al machismo, al modelo impuesto por los hombres. No. No puede ser que las mujeres echemos la culpa al patriarcado de absolutamente todo, porque responsables de este orden de belleza en todo caso, lo seríamos todos.
Yo no me depilo porque me lo imponga el patriarcado, lo hago, primero, porque soy una mujer libre de hacer lo que me dé la gana; segundo, lo hago porque me gusta ver mis piernas depiladas, mi pubis depilado y mis axilas depiladas; tercero, porque me parecen mucho más higiénicas unas axilas depiladas, tanto en hombres como mujeres (se suda menos y huele menos); cuarto…esto ya pertenece a mi intimidad.
Y no, no echo la culpa de mi gusto por la depilación a ningún hombre, pero si con ello también un hombre disfruta, me alegro. Ya somos dos.

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Oportunistas

Leía hoy a Javier Marías como lo hago siempre, con la intensa sensación de saber incluso antes de empezar, que pondría en mi
boca todas o casi todas sus palabras. Hoy hablaba del miedo que se ha instalado en nuestra sociedad como un habitante habitual. Hablaba de gente joven y ahí sí que yo hubiese ampliado el espectro: adolescentes, jóvenes, adultos y más adultos.
Observo, casi cada día, cómo la sombra de la censura, deja de ser eso, una sombra, para cubrir vallas publicitarias, para obligar a un camionero a quitar los adornos de sus camiones por considerar ofensivo el cuerpo desnudo de una mujer. Quemar cuentos infantiles. Insultar al disidente. Criminalizar a un género. Institucionalizar un lenguaje. Demonizar palabras. Y observo, también, cómo ante un río revuelto, ganancia de pescadores. Pescadores oportunistas. Pescadores que adoptan como propias ideas de las que antes renegaban. Que son capaces de cambiar el color de sus escamas si con el cambio pasan de sardinas a lubinas. Cómo se pretende llegar sin el valor del esfuerzo, el compromiso y el trabajo duro. La incultura ocupando asientos con letras de un nuevo abecedario.