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Historias de Tokio: La amistad del señor Azúcar

Después de haber trabajado como relaciones públicas en un restaurante español durante mi primer año en Tokio, nuevas oportunidades laborales me surgían en aquella ciudad. Algunas las rechacé, como un trabajo maravilloso para Lladró Asia, pero que, de haberlo aceptado, hubiese significado encerrarme en una oficia de sol a sol y perderme el Tokio que yo quería vivir. O aquel, como correctora en el periódico latino. Gracias a Alberto, conseguí una entrevista en las Academias Roland para ser profesora de español, trabajo que me encantaba y que ya realizaba en la NHK (Televisión y Radio Nacional de Japón). No fue difícil conseguirlo, a pesar de que mi inglés en aquel tiempo era bastante malo, las entrevistas laborales siempre habían sido mi fuerte. El trabajo era sencillo. Yo ponía mi horario. Clases individuales, semi (dos alumnos) o de grupo (cuatro o cinco). Me compré un libro, Español 2000. Y ahora, solo esperar a que fueran llegando alumnos. Estos tenían la potestad de elegir profesor. Podían acudir a una clase gratuita con cualquiera de los profesores y luego escoger. He de confesar que mi éxito era rotundo. Tras esa primera clase, ninguno se resistía a volver conmigo. Fui llenando todas las horas que me había marcado, dejando los jueves y domingos libres. Jueves para acudir al trabajo en la tele y domingos para disfrutar de mi futón, de mi tatami y de las tardes en Shibuya, Harajuku o el Parque Yoyogui.
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Historias de Tokio: Nezumi I (Ratoncitos)

Había sido un duro día de trabajo. Llegaba cansadísima y serían casi las once de la noche cuando volví a casa. Era martes. Lo sé a ciencia cierta porque era el único día que trabajaba hasta tan tarde. Me quité los zapatos y entré en el tatami, fui hasta el teléfono y casi me desmayo cuando vi una bolsa de millos (kikos, traídos de mi último viaje a España) abierta en la mesita y todos desparramados por el suelo. Cogí el teléfono y, con la bolsa en la mano, llamé a Jin, que estaba en la universidad en medio de una entrega: ¡¿cómo has dejado todos los millos tirados por el suelo?! ¡nos van a comer las cucarachas! ¡que yo no fui! ¿no? ¿y entonces quién fue?…Y de repente toda la escena pasó como una película delante de mis ojos: bolsa cerrada con una pinza hermética, millos derramándose por un pequeño agujero de la parte posterior con huellas de dientes finitos….ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh ¡ratones! Ahhhhhhhhhhhhh….
-¡Han sido los ratones! ¡Ven! ¡por favor!
– Lo siento Guada, estoy en plena entrega no puedo irme…
– Buaaaaaaaaaaa, buaaaaaa, ¡que vengas!¡por favor!, que pueden estar en cualquier sitio, me voy a la calle, yo no voy a dormir aquí…
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Historias de Tokio: El comienzo II

Sí recuerdo la entrada a mi primer hogar. Nunca antes había salido de la casa de mis padres. Por eso, aquellos quince metros cuadrados, aquel baño oriental, aquel tatami, aquel frío infernal, aquella…falta de casi todo a lo que estaba acostumbrada, me pareció maravillosa.
Lo que más sorprende al extranjero en Tokio, por lo menos fue lo que me ocurrió a mí, es que te imaginas viviendo entre rascacielos y casi con coches volando y circulando por autopistas celestiales. Y sí, existen esos rascacielos y falta poco para esos coches voladores, pero a no ser que seas un alto ejecutivo americano enviado a Tokio con todos los gastos pagados o un directivo de Sony, los rascacielos los ves desde abajo, o si te permites un día el lujo de ir a comer a uno de esos restaurantes de la planta 55, en Shinjuku, en un ascensor que tarda tres segundos, y desde donde ves toda la ciudad si dejas volar tu mente e imaginación más allá de las luces que se van difuminando en el horizonte. En un restaurante como ese fue decidido el nombre de Yui.
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