Lo del agua es ya una humillación
Si ya estamos viendo que la política parlamentaria va a ser cosa de ricos que pueden permitirse no cobrar salario, en Canarias el agua lleva el mismo camino. De todas las partidas presupuestarias del mundo, incluso antes que Educación, Sanidad y Servicios Sociales, la última que se le ocurriría tocar a quien tenga dos dedos de frente es la de la subvención a las desaladoras. El agua es como el aire, sin ella no hay vida ni es posible todo lo demás. Tener agua a precios altísimos generará un desastre en cadena que afectará a todo, y a lo primero a esas tres áreas básicas de lo que soñábamos como Estado del Bienestar. Nombrar el agua en Canarias es mencionar al diablo, porque siempre ha sido una constante que ha determinado el decurso de nuestra historia. Con la eclosión turística y el pelotazo demográfico que Canaria ha experimentado en las últimas décadas, el agua potabilizada no es un lujo sino una necesidad. Pensemos en islas como Fuerteventura y Lanzarote, secas por definición, o en una población como Las Palmas de Gran Canaria, que necesita agua a todas horas. No sé qué pretenden quienes hacen estos presupuestos, pero negarle el agua a la gente de un territorio es la mayor humillación que puede cometerse. Se ducharán quienes puedan pagar enormes facturas de las compañías, y llevaremos la camisa sucia por imposibilidad de pagar el recibo. Además, me temo que con la ausencia de las subvenciones a las desaladoras se pierde un mecanismo de control indirecto de los precios, con lo que la cuenta subirá más de lo debido. He buscado en el diccionario de sinónimos un adjetivo para calificar esta cacicada y ninguno sirve para dar una imagen real de la brutalidad inhumana que tal medida supone.
El escritor Alberto Vázquez Figueroa es siempre un invitado interesante y ameno en las entrevistas que concede. Gran viajero desde su juventud, es interlocutor en muchos temas, y hace unos días volvió a capar mi interés cuando hablaba de la maldad. El asunto venía a cuento de su áltimo libro, que tiene como protagonista a Irma Grese, una mujer que existió realmente y que fue brazo ejecutor de las atrocidades nazis del holocausto en varios campos de exterminio, especialmente en el de Belsen. Fue juzgada en 1945 en el jucio de Bergen-Belsen, de similares características al de Nüremberg, y ejecutada en la horca. Tenía solo 22 años, y con tan corta edad figura entre los personajes más sanguinarios, crueles y psicópatas de la historia, hasta el punto de que los medios británicos la bautizaron irónicamente «El ángel rubio de Belsen». Era una joven bien parecida y su aspecto era muy agradable, pues no denotaba que una muchacha tan hermosa fuese capaz de perpetrar atrocidades terribles que pueden calificarse directamente de inhumanas. Comentaba Vázquez Figueroa que es una excepción, porque la mayor parte de las veces la maldad se va reflejando en el rostro. Con 22 años, no hubo tiempo para eso. Como ejemplo contó que entrevistó a Gadafi en 1969, cuando acababa de hacerse con el poder en Libia, y dice que era un joven con una gran presencia, muy carismático y atractivo tanto para las masas como cuando se le trataba de cerca. La maldad que le atribuye el escritor fue reflejándose en su rostro, y en los últimos años era casi una caricatura diabólica. No sé si una cosa es consecuencia de la otra, y no puedo saber qué grado de maldad anidaba en Gadafi, pero sí que daba miedo mirarlo, como si de pronto se hubiese hecho realidad el retrato de Dorian Gray. Lo que sí es cierto es que a veces la maldad se nota al menos en la mirada, que casi nunca engaña.