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Domingo de Resurrección

 

La memoria suele fijarnos unas pautas que luego se cumplen de aquella manera. Cuando mi generación era muy joven, la Semana Santa se vivía intensamente (pleno Nacionalcatolicismo) y parecía un mensaje divino que el Jueves y el Viernes Santo fuesen días grises, y a veces hasta con lluvia. Luego venía el Sábado de Gloria que era un día de transición y estallaba la luz con el Domingo de Resurrección, en el que siempre había mucho sol. Seguramente todo eso tiene que ver con que estas fechas se rigen por el calendario lunar, o yo qué sé.

Por eso extraña que este Domingo de Resurrección amaneciera entoldado, frío y tristón. Luego, a media mañana se han diluido las nubes y luce un día soleado, pero son ideas grabadas a fuego desde niños, y que sobrepasan las creencias religiosas y se convierten en memoria infantil. Cuando no se cumplen, uno se extraña.

Así que estamos en un día que debe ser soleado por memoria, aunque los servicios de meteorología digan otra cosa. Y el día aparece después de una noche de toque de queda en el centro de la ciudad, en el que los sin techo que se mueven por el barrio se ponen maldecir. Algún vecino les gritó que se fueran a sus casa, pero, ¡ay!  ¿Cuál es su casa? ¿Un zaguán aparente? ¿Una habitación callejera construida con cartones?

El caso es que ya es media mañana y, por fin, ha salido el Sol propio de la fecha. Enfilemos la primavera con esperanza y crucemos los dedos para que los anuncios de Carolina Darias se hagan realidad. Feliz mes de abril y mejor primavera.

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En el filo de la navaja

El destino parece dispuesto a dar una lección a la Humanidad, aunque tal y como están sucediendo las cosas, más que de una lección, se trata de un máster con muchas variantes. Esencialmente, lo que se nos está diciendo es que vivimos en un mundo de fantasía, en el que creemos que todo está controlado, pero no nos damos cuenta de lo rápido que puede cambiar. Si ya tenemos una lección permanente con la pandemia, vemos que hay otras muchas dependencias de las que no somos conscientes.

La más reciente advertencia es el accidente que ha tenido el carguero portacontenedores en el Canal de Suez. Una tormenta de arena que lo complicó todo y el barco se atravesó en la parte más estrecha del canal. Aparte de las cuantiosas pérdidas por los largos desvío o por la tardanza en la entrega de los materiales, hay otras consecuencias que sería muy largo enumerar, pero el mensaje es claro: no tenemos nada controlado, como ocurrió hace unos años con el volcán islandés que paró todo el tráfico aéreo en Europa.

Pero el mundo sigue sin darse cuenta de que nuestra civilización se sostiene a veces por casualidad. Pensamos que cuando pase la pandemia (no sé cuándo, pero se acabará) ya no habrá problema, y la gente parece haberse olvidado de asuntos muy peligrosos como los microplásticos, los vertidos y, en general, el cambio climático. Estamos en el filo de la navaja, pero los dirigentes siguen obsesionados con las materias primas, y a expensas de cualquier factor natural sea un huracán, un terremoto o vaya usted a saber qué.

Y, sobre todo, el gran problema que amenaza al planeta es el agua potable. En unas zonas se despilfarra y en otras escasea, y no sabemos cómo evolucionará la climatología con el calentamiento global. A veces pienso que la gente sí es consciente de estos peligros, pero como no los puede prevenir… Y ese es el error, algunos son imprevisibles, pero otros tienen que ver con la intervención humana.

La estupidez, o la avaricia, crean situaciones tremendas. Ahora mismo manda más la industria farmacéutica que una entidad supuestamente tan poderosa como la Unión Europea. Las empresas incumplen contratos de entrega de vacunas y los gobiernos nada pueden hacer porque están a su merced.

Creo que deberíamos pensar que cada uno de nosotros podría hacer lo que está en su mano, y muchas cosas mejorarían. Pero los dirigentes políticos solo se mueven por el poder y los económicos por el dinero. Estamos en mitad de una pandemia y es una catástrofe planetaria, pero quienes tienen capacidad para resolver problemas siguen a lo suyo: poder y dinero. Es lo que hay.

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Primavera y esperanza

Ha entrado la primavera, que es el tiempo en que los romanos hacían comenzar el año. Contaban los meses a partir de marzo, por eso septiembre debe su nombre a su séptimo lugar en el listado (ahora es el 9), y lo mismo pasaba con los otros tres meses del otoño, hasta llegar al décimo que por ello llamaron diciembre. De esta manera, enero y febrero eran los últimos, por lo que los meses tenían mucha relación con las estaciones. Pero como en muchas cosas, llegó Julio César y planteó una nueva distribución del año, que es el actual, con algunos ajustes auspiciados por el papa Gregorio XIII (siglo XVI), que es el actual calendario.

 

Así que, la primavera es el comienzo de un ciclo en el que todo vuelve a revivir, aunque las sociedades han ido organizando arbitrariamente otras distribuciones del año, como el curso escolar, que comienza en otoño y acaba en verano. Este año, la primavera nos llega casi por sorpresa, porque el ambiente pandémico tiene a la sociedad algo despistada. Aunque todavía queden los últimos fríos atribuidos al invierno, la primavera astronómica está aquí desde el sábado 20 de marzo.

 

Creo que debemos afrontar la estación primaveral como un tiempo nuevo. Es verdad que sigue ahí la pandemia, y que hay restricciones porque el virus no tiene más límites que nuestra prudencia, pero estamos en una fase en la que las vacunas traen una nueva esperanza, y estamos confiados porque de las inmunizaciones depende la aminoración de la capacidad del virus para transmitirse. También nos ilusionamos con la idea de que entonces se podrán hacer más cosas porque habrá una defensa biológica. Por eso son tan importantes las vacunaciones, cuya evolución hacia la inmunidad colectiva será la señal de salida de la reactivación económica y de otra óptica social.

 

Este año comienza de verdad con la primavera. Es verdad que las primeras vacunas se comenzaron a administrar casi al comienzo del invierno, pero esa masiva inmunización no ha sido posible por el acaparamiento de los países anglosajones. En unos meses, esa avaricia vacunal habrá terminado porque tendrán a toda la población pinchada. Y entonces sí que habrá vacunas en cantidad suficiente para Europa. Lo que tenemos que hacer es prepararnos para tener capacidad de vacunación masiva, menos burocratizada, y de eso podemos tomar ejemplo de los países anglosajones, porque de ellos poca solidaridad vamos a aprender.

 

Tendríamos que afrontar este tiempo como si fuera un Año Nuevo, y creo que ahora es cuando deberíamos extremar las precauciones, y olvidarnos de esos objetivos que, uno detrás de otros, han ido fallando porque no han aportado gran cosa a la economía y encima nos han generado una segunda y una tercera ola de contagios. Por eso deberemos ser delicados con esta primavera en la que se anuncian vacunaciones in crescendo, hasta llegar al verano en el que vamos a depender más de nuestra capacidad organizativa que de la llegada de vacunas. Por eso saludo a la primavera y espero que sea lo que siempre ha significado poéticamente: el florecimiento de lo que serán frutos en verano, una población con un porcentaje de inmunización que haga posible soñar con esa vida que nos arrebataron hace ahora un año.