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Habrá que preguntarle a Montesquieu

Montesquieu estableció claramente los tres poderes de una democracia: legislativo, ejecutivo y judicial. Se supone que los tres se equilibran entre sí, pero es evidente que cada uno de ellos tiene unas tareas concretas. Cuando estas se entremezclan, se crea la confusión y no queda clara esa división de poderes.

 

Ahora mismo está pasando en España. Para generar unas políticas paralelas, es necesario que el poder legislativo trace unas normas que deban ser seguidas por todos, en este caso por las comunidades autónomas. No se entiende que, en la actual situación de la pandemia, cese el Estado de Alarma, que confiere capacidades a las autonomías por delegación del ejecutivo central, que es lo que ha sucedido en los últimos meses. Y cesa sin que se haya producido un corpus legislativo que respalde decisiones de los distintos territorios según sus circunstancias. Es como si no hubiera Parlamento, porque la mayor parte de las sesiones se pierden en guerritas estúpidas que luego no se concretan en algo tangible. Se parecen más a discusiones de barra de bar, en las que no se toman decisiones.

 

Por otra parte, en ese juego diabólico y peligroso en el que ha entrado la política española, no sería ninguna novedad que, quienes ahora demandan esa legislación se hubieran opuesto a ella en el Congreso, en un juego digno de los más hábiles trileros. La conclusión es que quienes están hoy en la dirigencia política no están dando la talla, porque no se afrontan los asuntos, solo se descalifica al adversario.

 

Esto determina que, para este tema, estemos en un limbo jurídico, y se da la circunstancia de que las decisiones finales las bendicen o las anulan los poderes judiciales, y en las mismas circunstancias en unos territorios ven denegada por los tribunales la misma propuesta que es aprobada en otros. Esto, de entrada, es injusto, pero si luego hay recursos será el Tribunal Supremo quien tenga la última palabra. Es decir, el poder judicial toma decisiones que tendrían que estar en manos del ejecutivo. Pero, claro, si el legislativo no ha hecho su trabajo, se crean estas situaciones en las que parece que quien gobiernan son lo tribunales. Esta judicialización forzada de la política es el resultado de la mala gestión, tanto del gobierno como de la oposición.

 

Así las cosas, no hay que dejarse llevar por alarmistas que hablan de que es el caos, pero también es cierto que en una situación tan compleja como la actual cada palo debe aguantar su vela, y cada institución debe asumir las responsabilidades que le son inherentes. A menudo, el miedo al error hace que no se tomen medidas, porque los políticos cuidan a veces más su imagen que su gestión, y a nadie le gusta que un tribunal le anule unas medidas. Está claro que aquí no se han hecho los deberes (ni gobierno ni oposición), y todavía los porcentajes vacunales no permiten que se pueda recuperar la normalidad soñada. La desescalada debe basarse en datos científicos, no en pulsos de soberbia de unos y de otros. Solo espero que el pueblo sea más fiable que sus dirigentes, aunque los antecedentes tampoco invitan al optimismo. Habrá que preguntarle a Montesquieu.

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La tentación de la literatura

Desde hace unos meses, los nuevos libros de autores y autoras de Canarias están llenando los estantes de las librerías, y esta llegada de nueva literatura se ha intensificado este mes de abril, digo yo que por aquello del Día del Libro. Solamente enumerar las nuevas ediciones llevaría mucho espacio, pero es importante señalar que han aparecido varias colecciones, algunas rescatadas, otras muy novedosas, pero todas con una calidad y un rigor importante.

 

Bastaría para estar contentos que se haya ampliado la Biblioteca Básica Canaria con la intención de añadir nombres de mujer, unos porque en su momento quedaron relegados, otros porque se han hecho acreedores en este nuevo tiempo a formar parte de esa colección, que en este caso es del Gobierno de Canarias, pero hay otras que son totalmente privadas, y sin menoscabo de nadie tengo que nombrar la recién llegada colección Nectarina y la ya clásica y de largo recorrido temporal Puentepalo.

 

En tiempos tan complicados, hay que quitarse el sombrero ante las editoriales, la mayoría muy pequeñas, que hacen un esfuerzo por mantener viva la edición en Canarias. Si ya era difícil el mundo del libro antes de la pandemia, ahora lo es mucho más, pero tal vez esas dificultades han espoleado la necesidad de poner en circulación nuevas obras.

 

No estamos hablando de diletantes, tratamos de gente muy profesional, que ha sabido escoger sus libros, y la gran noticia es que da gusto ver cómo se llena el ambiente de nueva narrativa y sobre todo de mucha y buena poesía. Hay pocos momentos que yo recuerde en el que se edita tanto y de tanta calidad.

 

Escribir en tiempos de pandemia tiene un plus, porque son otros los ruidos que nos llegan de todas partes. Pero se ha escrito, y bien; sobre todo, se ha editado. Probablemente el Día del Libro de este año haya sido uno en los que más novedades isleñas han llegado a las librerías. Y es que la literatura es vida, y es necesaria para ayudar a caminar por este mundo que a veces se nos hace incomprensible, como salido de una novela del género fantástico.

 

Por eso saludo esta eclosión de literatura y la que se anuncia para próximos meses. Están publicando todas las generaciones vivas de Canarias; los recién llegados anuncian con sus obras que hay creatividad y calidad para rato. Las generaciones con más recorrido, están todas en un gran momento. Cuando vas a la librería, tienes el gran dilema de que hay que escoger entre muchas tentaciones, aunque la mayor parte de las veces lo que ocurre es que caes en ellas. Caer en la tentación de la literatura creo que no es pecado.

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Democracia es un término unívoco

 

La política suele jugar con las grandes palabras, que por lo visto son polisémicas, porque para cada uno de ellos significan cosas distintas conceptos supuestamente universales como libertad, convivencia y, sobre todo, democracia. Si esto ya era una tónica habitual, en el que la libertad y la democracia se las adjudicaban cada uno de ellos para sí mismos, en la campaña electoral de la Comunidad de Madrid esto ha llegado al disparate, con eslóganes delirantes y teorías basadas en hipótesis, porque de los programas electorales poco se ha hablado. Y mira que se ha hablado.

El punto de inflexión llegó hace unos días en un debate mañanero de la Cadena SER, a resultas de que la representante de Vox no quiso condenar explícitamente las cartas con balas enviadas al ministro del Interior, a la directora de la Guardia Civil y al candidato Pablo Iglesias. Lo que iba a ser un debate acabó casi antes de empezar, y se saldó con el abandono del estudio radiofónico de los candidatos de la izquierda, que se negaron a debatir con la señora Monasterio. Quedó el candidato de Cs predicando en el desierto, como si ellos no hubieran sido partícipes de la presencia de Vox en los pactos para el gobierno de Madrid y otras comunidades y ayuntamientos

Políticos y voceros de la izquierda se han apresurado a aplaudir el abandono del debate de Iglesias, Gabilondo y García, el supuesto bloque de izquierdas, y suena el sonsonete de que no habrá más debates con Vox en esta campaña. El PP quedó fuera de entrada, porque la señora Ayuso no asistió al Debate de la SER.

Pilares esenciales de la democracia y la convivencia son el diálogo y el debate, que son los instrumentos para confrontar programas frente al electorado. Si no hay, asistiremos a una cadena de monólogos en los que no se hablará de proyectos, sino que seguirán dando giros a la noria de la incapacidad para hacer una verdadera convivencia democrática. En democracia no se trata de vencer, sino de convencer (que diría Unamuno), y eso reduce esta semana antes del día 4 a declaraciones de principios rimbombantes, cuando no del uso de las descalificaciones del adversario. Eso no es democracia, es frentismo.

Se dirá que solo son unas elecciones autonómicas, pero ha de entenderse que Madrid es la gran caja de resonancia de la política estatal, y lo que allí ocurra o se diga reverbera hasta en el último rincón de España. Es obvio que soy contrario a que se hurten los debates al electorado, porque son los argumentos que sopesarán a la hora de escoger sus votos. Otra cosa es que esos debates sean monólogos consecutivos, cuando no un candidato hablando encima del otro como si fuera un gallinero. Ya lo vimos en el debate de Telemadrid, en el que solo faltó que algunos candidatos corearan “chincha rebincha”, mientras no estaba en posesión de la palabra.

Es decir, con el frentismo no vamos a ninguna parte, porque los discursos solo van a degradar al adversario. Hay que hacer propuestas, y debatirlas, y si alguna fuerza política insulta o descalifica se le cierra el micro, porque la gente tiene derecho a saber qué vota. En la actual situación, no se razona, solo se alimentan las pasiones, y gran parte del voto será emocional y cabreado, sin más argumento que los disparates que ha escuchado. Una democracia se basa en el diálogo y los acuerdos, y en el respeto a las mayorías que de ello resulten. La democracia no es patrimonio de ninguna fuerza política, es algo que está por encima de ellas y tiene un significado unívoco que se sostiene en la palabra (de ahí el término Parlamento). Así que es necesario el debate, pero de conceptos no de sentimientos.