Perros
El asunto de los perros feroces que son capaces de atacar incluso a sus amos va a traer cola. Por una parte, ya hay normas por las que se necesita pasar un test psicotécnico para tener uno de eso animales, pero no se dice nada de la esposa o el marido de quien figure como dueño, ni de sus hijos o de la cuñada que vive en su casa. Ocurre como con los permisos de armas, que por mucho test que haya, cuando a quien posee una pistola se le cruzan los cables acaba liándose a tiros. Si las armas son finalmente para ser disparadas, los perros feroces terminan siempre haciendo lo que les es propio, atacar con saña. Ya hay demasiados muertos para andarse con paños calientes, y encima ahora, para evitar problemas, muchos de los dueños de estos perros asesinos se deshacen de ellos en cualquier sitio. Si ya de por sí son peligrosos teniéndolos controlados, imagínense un mastín o un pit-bull abandonado y hambriento. Un animal así es como un tigre de Bengala suelto en mitad de la calle de Triana.
Ultimamente estamos asistiendo a través de la televisión a bodas principescas, una detrás de otra. Los herederos de Dinamarca, Holanda, España y Suecia se ha casado con plebeyas (la realeza ya no es lo que era, que diría Peñafiel), y pronto veremos la del príncipe William británico, que hace princesa a otra plebeya aunque a este le quedan dos escalones para llegar a ser rey. También nos anuncian que Alberto de Mónaco, tal vez deslumbrado por los festejos recientes de Estocolmo, ha decidido casarse con su novia, y eso está bien, porque un hombre como él, que es jefe de todo en un país sin elecciones (¿cómo se llamaba a eso?), va a poner en orden su vida, porque el chico ya tiene una edad y debe sentar la cabeza.